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NOVELA DE ZANE GREY TRADUCIDA POR LA SEÑORITA ISABEL LACASA (CONTINUACIÓN) T e n í a que agarrarse al asiento para no ser lanzada fuera del c o y che. U n salto m á s brusco que los d e m á s hizo que se diera u n golpe violento en la rodilla contra una clavija de hierro que habia en el asiento de delante, y el dolor fué tan intenso, que tuvo que morderse los labios para reprimir un grito. Después entraron en una parte del camino un poco m á s transitable, y Carley se alegró intensamente, pues no podía resistir m á s aquellos vaÍ- V venes. j Volvieron a entrar en el bosque. Carley observó que, por fin, había dejado a t r á s los bosques quemados y devastados. E l f r í o viento gemía, agitando las copas de los árboles, y hacía caer sobre la muchacha las gotas de agua que en ellas había. S u rostro estaba completamente mojado. Carley c e r r ó los ojos y se hundió en su asiento, sin fijarse en absoluto en el paisaje que le circundaba. -L a s chicas rio me creerán cuando les cuente todo esto- -monologó- Y, en realidad, estaba asombrada de. sí misma. Después, el recuerdo de Glenn la reanimó. Verdaderamente, no significaban nada los sufrimientos que le ocasionara el i r a su encuentro. L o ú n i co que le disgustaba era su falta de fuerza vital y lo terriblemente que sufría con las incomodidades. -Bueno, ya estamos en O a k Creek Canyon- -gritó el cochero. Carley despertó de sus tristes preocupaciones y abrió los ojos, viendo q u é el cochero se había detenido en un recodo del camino, donde aparentemente descendía en una pendiente intenslsima. Parecía que aquella tierra rodeada de bosque se había abierto en un profundo abismo, bordeado por muros de roca roja y óbstruído por gran cantidad de troncos de madera verde. E l abismo tenia forma de V y era tan profundo, que Carley sintió un estremecimien. to. de horror y de emoción a l m i r a r hacia abajo. Desdedonde ella estaba- parecía estrecho y terminando en una caja: E n la dirección; opuesta se ensanchaba y profundizaba, extendiéndose m á s y más entre aquellos enormes muros rojos. É l suelo estaba cubierto de una alfombra verde, cuyos reflejos se mezclaban con los de un riachuelo rutilante, lleno de guijarros y de espuma blanca, que se formaba en los puntos en que l a pendiente era mas intensa. U n murmullo sordo y suave de agua corriente llegó hasta los oídos de Carley. j Q u é sitio m á s salvaje, solitario y terrible! ¿E r a posible que Glenn viviera en aquella escarpada grieta abierta en la tierra? Se asustó a l pensar en tenerse que hundir de repente en ella des é l a altura en que se encontraba. U n resplandor purpúreo iluminaba las profundidades de aquel barranco, y en aquel momento e l sol atravesó las nubes y l o inundó con sus dorados rayos, transformándolo de una manera incalculable. L a s grandes rocas parecían de oro, el arroyo rutilante, plata, y los rayos de sol penetraban en las grietas donde antes reinaban las azules sombras. Carley no había contemplado nunca una escena, semejante. A pesar de su hostilidad y sus prejuicios, tuvo que reconocer, su belleza y grandiosidad, j Pero aquella belleza era violenta y salvaje! Imposible qué nadie viviera allí! Aquella hendidura ais- lada, abierta en plena corteza terrestre, era una gigantesca madrigüera para- los animales salvajes, quizá pudiera servir de refugio a los hombres fuera de la ley, pero no era habitación apropiada para un hombre civilizado como Glenn Kilbourne- -N o se. asuste usted, señora- -dijo el cochero. -N o hay peligro si se va con cuidado. Y- h e pasado por aquí infinidad de veces. Se continuará, 7 1 soplaba con regularidad, Carley no podía estar en guardia para protegerse contra él. D e vez en cuando disminuía su intensidad, permitiendo a la muchacha que mirase a su alrededor, pero, de repente, volvía a azotarle fuertemente el rostro, llenándola de polvo. E l olor del polvo era tan desagradable como su punzada. L a s aletas de l a nariz le escocían. E r a muy penetrante, y si hubiera soplado con un poco m á s de fuerza, hubiese resultado sofocante. U n grupo de pesadas, nubes grises pasó por encima de su cabeza. y el viento empezó a soplar con m á s fuerza. E l frío era cada vez mayor. Antes estaba escalofriada, pero aquel aire la heló por completo. Aquel bosque parecía interminable, y cuanto m á s avanzaba, m á s triste. y sórdido se hacía el paisaje. Carley se olvidó de las magníficas montañas que había a sus espaldas. Como el viaje duraba horas enteras, se sintió tan incómoda y desilusionáda, que- se olvidó por completo de Glenn Kilbourne. N o llegó hasta el punto de deplorar el haberse puesto en viaje. pero se sintió intensamente desgraciada. De vez en cuando veía ruinosas cabanas de madera, y el paisaje era a ú n m á s desnudo que cuando atravesaron el bosque devastado. ¡Q u é viviendas m á s miserables! ¿E r a posible que alguien las hubiera habitado en tiempos? Imaginaba que s u s d u e ñ o s no tendrían m á s que a sus mujeres y sus hijos. Se olvidó d e q u e tanto las mujeres como los n i nos son muy escasos en el Oeste. E n m a r a ñ a d o s fragmentos de bosque- -pinos amarillos, según- dijo el cochero- empezaban a aparecer en aquella tierra quemada, estéril y árida. A Carley le pareció aquella vegetación m á s triste y terrible al pensar en- lo que debió de ser en tiempos. ¿P o r qué habían cortado aquel bosque de varias millas de e x t e n s i ó n? Suponía que sería obra de los que iban en busca de fortuna, como sucedía con los que devastaban los Adirondacks. Cuando el cochero tuvo que detenerse para reparar o ajusfar algo que se había salido de su sitio en e l a r n é s Carley agradeció el verse libre durante unos instantes de aquella inacción, que tanto frío le producía. Se bajó del coche y echó- a andar. E m p e z ó a caer aguanieve, y, cuando volvió al vehículo le pidió al cochero l a manta para taparse. E l olor de aquella manta de caballo era poco m á s sufrible que el frío. Carley se arrop ó en su asiento, dominada por u n estado de apática aflicción. Y a estaba harta de su estancia en el Oeste. Pero l a borrasca de aguanieve cesó, las nubes se rompieron, danáo paso a los rayos del sol, y mitigando grandemente su i n comodidad. E l camino s é adentraba poco a poco por un verdadero bosque, que no había sufrido devastación alguna. Carley vio ardillas grises, de gran t a m a ñ o con copetudas orejas y peludas colas. E l cochero le señaló un grupo de enormes aves. Carley vio que se trataba de pavos, pero eran lustrosos y satinados, con manchas fcron- cineas, blancas y negras, muy diferentes de los que había visto en el Este. -Debe de haber una granja por aquí cerca- -dijo Carley mí- rando. a su alrededor. N o señora. Son pavos silvestres- -contestó el cochero- y su carne es l a m á s deliciosa que puede usted comer en su vida. Poco después, cuando salían del bosque y avanzaban ¡por un paraje menos frondoso, señaló a Carley una manada de animales grises, de ancas blancas, que la muchacha tomó por carneros: -Y aquéllos son antílopes- -dijo- E n tiempos estaba este desierto lleno de antílopes. Después desaparecieron casi por completo, pero ahora van de nuevo en aumento. L o s parajes áridos, el mal tiempo y especialmente el pésimo camino que recorrieron a continuación, volvieron a deprimir inten sámente a la muchacha. L o s saltos que daba el coche al pasar por encims, de raíces, rocas y baches, era altamente desagradable. 1
 // Cambio Nodo4-Sevilla