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r, hombre simpático era un principio de muchas cosas que no le servían para nada, aparte de aumentar su simpatía natural. E l hubiera continuado cualquiera de sus profesiones iniciadas. si el éxito personal no se lo hubiera impedido a fuerza de hacerle la vida fácil y amable... porque el hombre simpático parecía ejercer la simpatía por oficio y con tal perfección, ue todos se disputaban su trato y le rogaban su compañía. Sus amigos le sufragaban los gastos como cosa naturalísima, que él aceptaba sin la menor protesta y sin el más leve gesto de contrariedad. E l hombre simpático estaba por encima del dinero como esos archimillonarios, que, sin haber tocado jamás una moneda, satisfacen todos los caprichos. Se le invitaba a todas las Cestas y felices conmemoraciones, y aunque repetía las mismas frases, las mismas anécdotas y los mismos ademanes con que había conquistado su fama, siempre era inédito para alguien que le encontraba muy simpático y le brindaba su amistad. En los duelos y en las situaciones adversas jamás se le veía, porque su ingenio no se producía en la desgracia... pero todos sus amigos se lo perdonaban a fuerza de compensivos: A un hombre simpático no se le debe molestar con nuestras preocupaciones Cuando el hombre simpático sabía que algún conocido suyo tenía la desgracia de poseer una cantidad imprevista de dinero -cobro de lotería, recuerdo familiar, venta dé algún cuadro, premio literario- -él, solícitamente, se encargaba de formar el plan que debía consumirlo: organizaba una excursión, preparaba una cena, disponía unbaile, compraba aquello que necesitaba el amigo, etc. etc. En fin, tanta era su simpatía, que le- conocían hasta los ministros, y cuando estando ausente le nombraba alguien, detrás de su nombre, como unido a él, sonaba el adjetivo simpático, como si fuera un apellido de plus que le correspondiera por derecho propio. Sus familiares y algún amigo- -quizá envidiosos- -le habían sermoneado en repetidas ocasiones para que abandonase aquella vida evaporada y emprendiera un camino serio que desembocase en un porvenir seguro. pero el hombre simpático desaten- día aquellas voces que le exigían un esfuerzo superior a sus posibilidades, y continuaba en el ejercicio de su simpatía, cada vez nías universalmente. reconocida. Además, a él no le preocupaba el porvenir ni poco ni mucho, porque fiaba en los amigos, y tenía buenos amigos en todas las partes del mundo. Su mayor ambición y su máximo orgullo era poder decir de cualquier hombre ilustre de la índole que fuese: F u lano y yo, como hermanos Era frecuente que el hombre simpático superase la liberalidad ele aquellos que le invitaban: elegía para sí los platos y los v i nos más caros del menú, disponía el alojamiento más confortable, hacia partícipe de la invitación a otro amigo, etc. etc. pero esto era inconscientemente y por desconocer en absoluto el valor de! dinero, Se podía decir que él jamás había visto el dinero en sus manos; hasta de las propinas del sereno se encargaban sus acompañantes. Si en alguna ocasión alguien iniciaba una tímida protesta por un exceso del hombre simpático, siempre había una voz de condena contra semejante desagradecido, que se veía obligado a disculparse y aun a reparar su falta enviando una corbata o un sombrero al pobre, simpático ofendido. Por otra parte, el hombre simpático se mostraba tan espléndido y tan magnánimo, que los demás siempre se sentían ante él un poco inferiores y como arrepentidos de que su poco dinero no les permitiera estar a la altura de aquél a quien invitaban... Naturalmente que la esplendidez y la magnimidad del hombre simpático no podía ser más que de palabra; pero, era tan conmovedor oírle decir sus proyectos Siempre estaba alegre y alegraba a los tristes, y si alguna vez, involuntariamente, se quejaba de su pobreza- -de otras cosas jamás se quejaba- lo hacia en una forma tan encantadora, que no había más remedio que adorarle. Sus palabras finales, después del breve lamento, eran éstas: Sólo quisiera ser rico para hacer felices a mis amigos... Si yo fuera rico, en lugar de un automóvil tendría un autobús; en vez de vivir en una casa viviría en un hotel de viajeros en donde no se cobraría nada. Compraría hasta un estanco para mis amigos No había corazón tan duro que no se emocionase escuchándole estas declaraciones. Nadie como el hombre simpático criticaba con gracia al ausente; nadie como él imitaba al cine sonoro, ni había viajado tanto, ni se había visto en mayores peligros, ni había despertado tan fuertes pasiones, ni, en suma, tuteaba a mayor número de celebridades. Llegó una época, sin embargo, en que se inició la decadencia del hombre simpático, entre otras razones porqué comenzaban a agotarse los recursos de su simpatía, y sobre todo porque sufría la competencia de tres o cuatro nuevos simpáticos que habían renovado su viejo repertorio, conocidísimo ya en todas partes. -L a lucha que. el hombre simpático entabló contra la adversidad fué breve y desesperada, porque pronto comprendió su derrota. Tuvo que resignarse con su suerte y abandonar a sus antiguos amigos, que habían aprendido a deshacerse de sil compañía con pretextos y engaños, que a él se le clavaron en lo más profundo del corazón. El hombre simpático descendió de clase social y volvió a conquistar fama y amigos entre aquéllos que jamás se permitieron el lujo de tener un amigo simpático. En esta zona social, el rango de su vida tuvo que descender, como es natural; pero... un buen pasar lo tenía al menos asegurado durante algunos años. A su probada simpatía se había añadido una dulce melancolía de mejores tiempos que gustaba mucho a su nueva clientela Los recuerdos de todo lo perdido se habían incorporado a su repertorio, reforzándolo considerablemente. Despuésde almorzar con unos amigos en un sencillo comedorcito burgués, les hablaba de sus grandes cenas de gala en el palacio más inmediato, y entonces las mujeres, además de llorar conmovidas, le servían tina copita de licor, que simbolizaba su categoría superior... superior hasta el jefe de familia. Como todo es limitado, aquella zona social también se cansó del hombre simpático, y como allí la delicadeza era inferior, el cansancio se demostró de forma más v i sible y más humillante. Su. paciencia fué entonces mayorpero no pudo evitar que estallase el conflicto, a raíz, precisamente, de necesitar una dentadura postiza que nadie quiso comprarle. Se impuso la ruptura, y con ella el hombre simpático tomó una re-
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