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compusieron su artículo de fondo evocando solución extrema; decidió ingresar en un la gran figura desaparecida... L a magnífica Asilo de ancianos. figura del hombre simpático que jamás penRecurrió a las amistades de sus buenos só en sí mismo y se sacrificó siempre por tiempos, y aunque su edad no era reglamenel bien de los demás. taria, gracias a las magníficas reconiendac ones que se movieron en su favor, consiLa comitiva fúnebre no pudo ser más sunguió una plaza en ei mejor de los Asilos... tuosa. Fué uno de esos entierros que paran Una mañana se apeó de un Rolls ante la a los transeúntes y hacen abrir los balcopuerta de su nuevo domicilio, y se despidió nes. Fué uno de esos entierros que paraliseñorialmente dei amigo que ie rendía ei zan la vida dei comercio arrastrando hasta penúltimo tributo de ia amistad. las puertas dé los establecimientos a los clientes y a la dependencia... E l hombre E n el Asilo consiguió, gracias a su simpatía, el primer puesto y la categoría de simpático iba a la cabeza en elegante caasilado predilecto de la Institución. Los di- rroza seguida por numerosa manifestación rectores le distinguían con su afecto y los y un rosario interminable de automóviles compañeros, con su adoración. Gracias al de todas las marcas. A su paso se descuhombre simpático, prendió la fantasía en brían los hombres y hacían la señal de la las sucias paredes de aquel lugar y se transcruz las mujeres, pero no con la acostumformó la gruta desolada dé la peor amarbrada indiferencia de una fórmula establegura en un paraíso. E l lo embellecía todo cida, sino con la emoción y la sinceridad a fuerza de mantener siempre vivos los re- con que se rinde ese último homenaje a cursos de su simpatía. una persona querida... talmente como si el Los ancianos le cedían sin discusión las cadáver desde su ataúd les devolviera cortésmente el saludo. Este fué el último triropas más nuevas, los mejores alimentos y los puestas de honor. Tanto, tanto le mi- buto de la amistad. niaban que cuando el hombre simpático saE l hombre simpático, tendido indolentecaba un pitillo todas las manos se adelan- mente, -ecibió el adiós definitivo y quedó taban ofreciéndole una cerilla encendida... en la sala de observación del cementerio, como si le regalara cada uno una rosa de en. espera de que a la otra mañana le un gran ramo deshecho. A tal- extremo llellevaran al nicho adquirido, generosamente gaba la solicitud de los buenos asilados que por los amigos y que había de cubrir una hubieran querido meterle. en los bobillos os lápida de mármol con su nombre grabado cigarros encendidos para que el hombre sim- y el adjetivo que había merecido, allí más pático no tuviera que mokstar. se en encen- convertido en apellido, que nunca. E l homderlos en los momentos de soledad. bre simpático no se emocionó mucho cuando vio desaparecer a sus antiguos amigos Cuando tomando el sol calentito, entre la guardia de sus rieles admiradores, el homporque él no podía olvidar ciertas cosas... bre simpático recordando los consejos de Además no estaba descontento, porque se sus familiares y de sus amigos previsores, encontraba bastante cómodo dentro del muese sonreía irónico de puro feliz. ble de caoba. E l se comparaba con los hombres más enCuando se le pasó el mareo de las despevidiables y encontraba a su favor mayor d dns. inspeccionó el lugar y lo encontró cantidad de fe icidad. bastante desagradable. No quiso, sin emEs más, tocia su vida anterior k parecía bargo, ceder a lo desapacible del decorado, simplemente un trabajo doloroso para la y comprendiendo lo transitorio de aquella consecución de magnífico presente que dissala de espera, procuró distraer su ánimo con frutaba. Su puesto de asilado lo desempeña- otros pensamientos: proyectos para el futuro. ba con el orgullo y ¡a vanidad de aquel que lo ha conseguido tras de reñida l u c h a en oposición. Pero... Pocos días después de un banquete homenaje que organizaron los asilados en su honor, se murió el hombre simpático asistido de varios especialistas de fama. Se rr- wió de enfermedad inexplicable que había aumentado en los últimos momentos de su vida los quilates de una. simpatía que parecía insuperable. L a muerte r e v e r d e c i ó el recuerdo de sus buenos tiempos entre- aquellos que le h a b l a n abandonado, y todos, sin excepción, se apresura r o n a tributarle público d e s a g r a v i o. acompañándole en su paseo hacia a otra v i da. Le amortajaron como se merecía, como correspondía a tan alta fama como había conquistado: chaquet, plastón con perla, zapatos de charol, botines y hasta dentadura de oro. E n los periódicos se dio la noticia de su muerte; en lasTcvistas se publicó su fotografía y dos o tres amigos p e r i o d i s t a s 1 Su obligada rigidez no le permitía ver más que el techo y el arco de un ventanal cubierto con espesas cortinas obligando mucho el rabillo, del ojo... por eso no había visto a varios compañeros que estaban esperando lo mismo que él. Una voz. impaciente que preguntaba la hora, le advirtió que estaba acompañado, y entonces su alegría no tuvo límites... hasta se tiñeron con el carmín de la vida sus pálidas mejillas de muerto. E l hombre simpático, se puso en seguida en actividad, como si hubiese sonado la hora de comenzar su trabajo. Hizo chistes con su mortaja, contó los últimos, chismecilios de la vida, preguntó por el cadáver de los hombres ilustres, pidió humorísticamente un pitillo, murmuró de los empleados de la funeraria y de cómo había burlado las intenciones de un mocetón que intentó arrebatarle la perla de la corbata. En fin, habló, durante una hora larga con tanta despreocupación y gracejo- -entre el impresionante aparato funeral- que hubiera hecho las delicias del más exigente de los hombres v i vos... L o extraordinario fué la absoluta indiferencia de sus compañeros, que no se dignaron ni a dirigirle una sola sílaba, ni siquiera un s i o un no a todas las preguntas que el hombre simpático había formulado. En realidad, a los otros cadáveres no les importaba ni poco ni mucho la presencia del hombre simpático. Cada cuál estaba ensimismado en sus pensamientos y en sus preocupaciones. No había allí nadie que no estuviera inquieto por aquellos que había dejado en la tierra, o por la labor que había realizado en la vida, o por la obra que dejó sin concluir. Todos estaban serios, fríos solemnes, haciendo el recuento definitivo de su esfuerzo. Todos callaban para no distraer su pensamiento. E l silencio de los otros llegó a hacerse insoportable para el hombre simpático, acostumbrado al éxito personal. Tan insoportable se hizo que, al fin, harto de la indiferencia de sus compañeros, comenzó a protestar ruidosamente: -I Es que aquí no se conoce la cortesía. ¿No hay entre ustedes ningún caballero ni ninguna señora bien educados... Fs intolerable semejante conducta... ¿Saben ustedes acaso quién soy yo? Nadie le- contestó y el pobre hombre simpático sufrió un ataque de nervios por aquel fracaso que p a r e c í a íiiás fuerte que todos los éxitos de su vida. Su tono de protesta se convirtió en humilde tono de ruego hasta que un señor- que estaba en la mesa próxima, con barb ta b anca y anticuada levita- -sabio ilustre en ciencias naturales- -compadecido al fin le dijo con suave voz: ¡Caballero... No se e x t r a ñ e usted... Nosotros vemos la v i da al revés A l revés, y todos los cadáveres dijeron al hombre simpático su única palabra a coro: Antipático SAMVÍ. L ROS (DHrajos de Esplandlu.
 // Cambio Nodo4-Sevilla