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N O V E L A D E ZANE G R E Y TRADUCIDA P O R L A SEÑORITA SSA 3 EL L A C A S A (CONTINUACIÓN E l corazón de Carley empezó a latir con una violencia que desmentía sus afirmaciones de absoluta tranquilidad. E l desvencijado vehículo se lanzó por una pendiente tan intensa, que Carley no tuvo más remedio que agarrarse al asiento para mantener el equilibrio, CAPITULO II Cada cuarto de milla, poco m á s o menos, cruzaba el camino la corriente, y entonces Carley volvía a agarrarse con ahinco a su asiento, y en su rostro se reflejaba una gran intranquilidad, ya que el río era profundo, rápido y lleno de guijarros. N i al cochero ni a los caballos parecían preocuparles los obstáculos. Carley estaba empapada a causa del agua que salpicaba, y se veía zarandeada de un lado para otro. Pasaron por sitios cubiertos completamente de robles, y Carley dedujo por eso se llamaba Oak Creek Canyon (i) A ambos lados se erguían murallas, frías, h ú medas, sombrías y silenciosas, y pinos que extendían sus ramas con aire solemne. Carley vio que bajo las masas de enormes rocas había remansos profundos y verdes, y tranquilas superficies blancas de agua. A mucha altura, y por encima de las copas de los árboles, se recortaba la salvaje silueta del borde de la cañada, destacándose violentamente contra el cielo. L e pareció que estaba completamente aislada del mundo y perdida en una inabordable grieta de la tierra. E l sol se había ocultado de nuevo, y la obscuridad que reinaba en la cañada la oprimía intensamente. Carley se sintió extrañada al comprobar que no podía evitar el dejarse Influenciar hasta por los cambios que sufría el tiempo, por la altura, la profundidad, las murallas de roca, los pinos y las corrlen- es de, agua. ¿E n realidad, qué tenían que ver con ella todas aquellas cosas? E r a n solamente sensaciones físicas, por las que estaba pasando. Sin embargo, a pesar de su resistencia, cada vez estaba más impresionada ante lo grandioso y lo salvaje de aquel lugar. E l camino se defviaba bruscamente hacia la derecha, y Carley vio una bajada muy pendiente, que conducía al río. E n la otra orilla había huerta? y campos. A los pies de la muralla rocosa anidaba una pequeña granja. E l rio era m á s profundo, y llevaba m á s agua que en los puntos que lo habían atravesado antes, y Carley se sintió m á s inquieta que nunca. Uno de los caballos se resbaló en la roca, y cayó al agua, volviendo a salir a la superficie después, y salpicando considerablemente a su alrededor. Sin embargo, cruzaron el río sin que Carley tuviera m á s accidentes que el empaparse completamente en aquel agua helada. A l llegar a aquel punto dio la vuelta el cochero, y bordeó el río, pasando entre huertas y campos. Siguió a lo largo de la base de aquella muralla roja, y, de repente, llegó a un caserón rústico de gran tamaño, oculto hasta entonces a la vista de Carley. Casi se apoyaba en las rocas, de las que caía una blanca y espumosa sábana de agua. E r a de troncos de árboles con corteza y todo, y tenía dos ga- lerías que la rodeaban, por lo menos, hasta llegar a la roca. L a s verdes plantas, que crecían en algunos puntos de la roca, caían sobre la galería superior. De la chimenea de piedra salía una columno de humo, que se elevaba perezosamente. E n uno de los barrotes de la galería habia un cartel, escrito en toscos c u r teres, y que decia: L o l o m i Lodge -O y e Josh, ¿trajiste la h a r i n a? -g r i t ó desde el interior, una voz femenina. ¡H o l a! M e parece que no se me ha olvidado nada- -contestó el hombre bajándose del coche- Y oiga usted, M r s Hutter, aquí tiene usted a una señorita de Nueva Y o r k Las últimas palabras del cochero hicieron que Mrs. Hutter apareciese en los soportales de la casa. -F i o ven aquí- -dijo a alguien que, evidentemente, no estaba muy lejos. Después saludó a Carley con la sonrisa en los labios. -Baje usted del coche y entre en la casa, señorita- -dijo- Me alegra mucho el verla a usted por aqui. Carley tenia los miembros rígidos a consecuencia del frío, y (Se continuará. Carley Se agarra Da a su asiento con la respiración entrecortada y la cara dolorida a causa del frío. S u mirada se fijaba con fascinación y asombro en el borde de la garganta. A veces las ruedas del vehículo correspondientes al lado en que estaba la muchacha pasaban a pocas pulgadas del. bordé del camino. L o s frenos rechinaban, y las ruedas resbalaban sobre el pavimento. O y ó el ruido producido por las herraduras de los caballos, que se echaban hacia atrás con las patas rígidas, obedeciendo a las voces del cochero. L e pareció que las primeras cien yardas de aquel pendiente camino abierto en plena roca viva eran las peores. Empezó a ensancharse, y su pendiente disminuyó. L a s copas de los árboles estaban a la altura de su mirada, ocultándole las profundidades azules. Después empezaron a aparecer matorrales a ambos lados, del camino. L a tensión de nervios en que estaba la muchacha fué disminuyendo poco a poco, al mismo tiempo que la contracción muscular que había tenido que hacer para no ser despedida de su asiento. Los caballos se pusieron nuevamente al trote, y las ruedas empezaron a rechinar. E l camino hacía violentos recodos, y las. murallas rojas y verdes de la cañada que había enfrente de la muchacha se acercaban m á s y más. E l sordo murmullo de agua corriente llegó hasta los oídos de la viajera. Cuando, por ú l timo, levantó la vista, que tenía fija en el suelo, no vio más que una masa de follaje verde, cruzada por troncos y ramas de á r boles marrones y grises. Después entró el vehículo en un sitio en que reinaba una obscura y fresca sombra, y que era una especie de túnel, formado por l a roca húmeda y llena de musgo que había a uno de los lados del camino y los apiñados árboles que se erguían al otro lado. -M e parece que ya estamos a buen seguro, a menos que nos encontremos algún vehículo que suba- -declaró el cochero. Carley sintió que sus nervios se relajaban, y lanzó un hondo suspiro de alivio. Por primera vez se le ocurrió la idea de que quizá su anterior experiencia en automóviles, trenes expresos, transatlánticos y hasta aeroplanos no serían las aventuras más emocionantes que le tenía deparada la suerte. E r a probable que en el Oeste se encontrara con cosas impresionantes y enteramente nuevas para ella. E l murmullo de una cascada sonaba cada vez más cerca. Carley vio que el camino hacía un recodo y penetraba en la cañada, cruzando un río claro y de rápida corriente. Aquel paraje estaba lleno de inmensos guijarros, cubiertos de musgo, y rojas murallas llenas de liquen. L a atmósfera era muy húmeda, y un estruendo dulce y sordo parecía llenarlo todo. Después de aquel cruce, el camino descendía por la parte Oeste de la cañada, apartándose del río y dejándolo a sus pies. Arboles enormes, distintos de los que Carley había visto hasta la fecha, se erguían majestuosamente, empequeñeciendo a los meples y sicamoros moteados de blanco. E l cochero dijo que se llamaban pinos amarillos. E l camino descendió, por último, de la intensa pendiente a la parte baja de la cañada. L o que desde lejos parecía una grieta llena de troncos verdes, se convirtió, viéndolo de cerca, en un valle que subía en zigzag, y que en su mayor parte estaba cubierto de árboles. Había, sin embargo, espacios libres, y todo él estaba seccionado por el río. (1) Oaír significa robiSr
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