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frío, especie de talism á n referente a los cero grados de ahora, hablaremos, ahí en l a barra, de lo de las ballenas, y lo de la flotilla pesquera, y las nubes de pájaros en ciertos islotes, y hasta de una beldad escandinava y su pijama, que suelen aparecer en cubierta a m e d i o d í a E s hispanófila l a prójima. L o digo porque luce una boina vasca y lee la Vida de Greta Garbo, por, nuestro Arconada, traducida al alemán. L e escribo en Reykjavik, de regreso de la visita a una de las aldeas de pescadores de bacalao. H e ahí otro tema interesante. Consume E s p a ñ a casi todo lo que sacan las redes irlandesas, y al ver extendidos y oreándose en un inmenso campo de lava miles de miles de abadejos, no pude- menos de saludarlos, brazo y casquete en alto, a la intención de la gula de Vizcaya y del ayun ó de las demás regiones peninsulares. E n trueque de tal consumo, no hay dificultad en que yo saboree en este momento una copa de Jerez. Porque, en virtud de la reciprocidad mercantil, Islandia, como Noruega, exceptuaron de su ley seca a los caldos jerezanos. Fuera de ellos, no se sirve bebida ninguna de las que emborrachan. Y aquí llega lo bueno. Así deben de exclamar los islandeses a la vista de un buque con pabellón extranjero. Su escala constituye una efemérides. I ierra austera, en su Gaviota del Océano Glacial Ártico. protestantismo religioso, y de altiva herencia aristocrática, ya que. la poblaron en un principio familias de la nobleza, que emigraban de Oslo, por rivalidad con su Monarca; olvida Reykjavik sus tradiciones en cuanto fondea la nave con bien provista bodega, a no ser que recuerde otra de esas tradiciones suyas, y con la que acabó el Ejército de Salvación, L o cierto es que los gigantones rubios y sus mujeres, con su chai de cachemira y sus guantes blancos de cabritilla, invaden el navio soñado y se embriagan, al comienzo con gravedad y por último entre cánticos y risas. Centenares de permisos o tarjetas se solicitaron para gozar del Sierra de Córdoba. Los barriles de cer- veza aparecían y desaparecían como dados en. el aire. N o comen nada los bebedores. Sólo tienen sed. Y la inacabable serie de bocks se inaugura con un vermut. P o r si acaso, no vaya a faltarles el apetito. Desde mi observatorio, en el puerto, contemplo el i r y venir de las gasolineras con sus ilusionados pasajeros. Operación difícil la del desembarco. Fueron nombres y damas y retornan focas y pingüinos. A todo esto, son las diez de la noche, y aún brilla el sol. Reykjavik, capital de Islandia, vive hoy la apoteosis de su alumbrado. Precisamente hoy que no enciende los faroles públicos. FEDERICO GARCÍA S A N C H I Z Spitzberg. Bahía Magdalena, en los meses de veratw.