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EL TRÓPICO Y M A R T ni JOSÉ El trópico y el mestizo M i r a n algunos el trópico como un agobio que pesa sobre la criatura, la descoyunta y la debilita. Como yo siento algo de esto en mí, no puedo negar el concepto enteramente. Admirando y amando como pc eos el trópico, le siento en mi cuerpo la perfidia de la succión blanda. T a n perfecto me parece él, sin embargo, como la medida cabal de l a riqueza- terrestre, tan natural como obra de un Creador al que imaginamos potente, tan noble en su generosidad que, en lugar de tacharle la luz plena y el calor genésico, prefiero creer que el mestizo no puede con él por penuria, que nuestro cuerpo se halla por debajo de su pulsación de energía y por eso no puede mirarlo sin pestañeo. Cuando me encuentro con un hombre semejante a M a r t i o a Bolívar, o a Vasconcelos, que en su trópico de treinta años no se descoyunta y se mueve dentro de él, lo mismo que el esquimal en la nieve, con naturalidad y desahogo, rindiendo la misma cantidad de energía que el hombre de clima templado, yo vuelvo a pensar que lo monstruoso, lo clefantiásico del Ecuador no existe, y que solamente existe l a pusilanimidad de la criatura mestiza, que no merece esta hermosura fuerte y no sabe gozarla: hay un defecto de proporciones entre l a geografía y la criatura nuestra, José M a r t í cayó en su molde propio al caer en el T r ó p i c o él no rezongó nunca contra la latitud, porque no se habla mal del guante que viene a l a mano. y piel. Hemos ciado a E u r o p a paisaje europeo, cadencia europea, española o francesa. clima europeo, desabrido o neutro es lo: que se puede ver en nuestra literatura. Antes y después de José M a r t í ninguno se había revolcado en la jugosidad y en las esencias capitosas de este suelo. H a y que llamar a este hombre, entre otras cosas, el gran leal. L o será por varios capítulos; pero también por éste de haber llevado a l a expresión hablada y escrita el resuello entero, caliente y oloroso de su atmósfera c i r cundante y haber vaciado en ella la cornucopia de geografía antillana. Marcas del trópico en Martí i Q u é hace el Trópico en la obra de nuestro M a r t í que es el único que lo contiene; qué exc lencia o qué fatalidad le a c a r r e ó? E n primer lugar, el Trópico aparece en su prosa como un clima de efusión. A lo largo de arengas, de discursos académicos, de artículos de periódicos, dé simples cartas, una efusión constante acompaña sus piezas, tan contrarias entre- ellas, m a r c á n dolas de- su naturaleza, que es l a efusión. Y o digo efusión y no dig o fiebre. Tengo por ahí explicada una vaga teoría de los elementos en nuestros hombres: los que se queden en el fuego absoluto se secan y se quebrajean; los que viven del fuego mixto con el agua, de calor m á s ternura, esos no se resecan ni se destruyen. M a r t í pudo ser un afiebrado, una criatura de delirio malo o maligno, como otros fogosos que se llamaron Ézequiel o L e ó n Bloy, profetas que crepitan o panfletarios que carnean y se carnean carneando. L a cifra media que da l a obra de M a r t í es la efusión. E l no nos apa rece frío, ni de esa frialdad que suele traer la fatiga y que es el desgano; siempre lo asiste la llama o. la brasa confortante, o un lescoldo cariñoso. S i como pensaba Santa Teresa, nuestro encargo humano es el de arder, y la tibieza repugna al Creador, y la frialdad agrada al diablo, bien cumplió este cumplidor su encargo de vivir encendido y sin atizaduras artificiales. E l ardía prescindiendo de excitantes, abastecido á e l c o m b u s tible que le daba una naturaleza rica, y del Espíritu Santo que circulaba por su naturaleza. L a segunda manifestación del T r ó p i c o en él sería la abundancia. E l T r ó p i c o es abundante por riqueza y no por recargo, como se cree; es abundante por vitalidad y no por perifollo, y yo quisiera saber pintar para hacer entender esto a los que no han visto el T r ó p i c o E l estilo barroco fué inventado por arquitectos no tropicales, y que, queriendo ser magníficos, caveron en ¡a bordadura obesa. M á s claro se v e r á el hecho en el árbol coposo, la ceiba o el amate tropical; él no aparece como un abnllonamiento de ramas continentales; él resulta espléndido sin cargazón. H a y que meter la mano en la masa de sus masas para conocer la complejidad de su tesoro, que en conjunto aparece esbelto y hasta ligero. E n el tropicalismo, de M a r t í y esto lo repasaremos al hablar de su- período, la abundancia es natural por venir de adentro, de los ríos de savia que lo asisten; en cuanto a natural, no es pesada, no carga ornamentos pegadizos, se lleva a sí mis- ma con la holgura con que los individuos de gran- talla llevan su cuerpo, que no les pesa m á s que los pocos huesos al que es flaco. L a abundancia de estilo d e M a r t í viene de varias causas, y es una especie de conjunción de vitalidades. H e r v í a de ideas, al revés del escritor que persigue una sola como hilito de agua en tierra pobre; c! r n razonazo caliente le echaba sobre la garganta el borbotón de la pasión constante; el vocabulario pasmoso le entregaba a manos llenas las expresiones, a ñ o n á n d o l e esa búsqueda de ia frase tan confesada en otroi, ¡Cómo no había de ser abundante! L o h i cieron en grande y no veo por que una LAS HORAS D E MAS CALOR PÁSELAS E N E L donde disfrutará un (ALFAGEME Y GUISASOLA) 10,45. El tropicalismo literario Existe una inquina especial de las tierras frías contra e l Trópico, que pudiese ser la del sietemesino contra el n i ñ o d e nueve meses. U n a de las manifestaciones de esta inquina la v- smos en el sentido de mofa con que se han usado los vocablos tropicalismo y tropical en la crítica literaria. Los dos vocablos se han vuelto motes de injuria y suele escuchárselos con un golpe de catapulta que derrumba a un escritor. Necia es su aplicación a la masa de los escritores que viven entre Cáncer y Capricornio, y que difieren entre ellos como planta y animal, con diferencias de género y orden; m á s tonta es todavía su significación de inferioridad. N o hay razón por la cual un escritor tropical haya de ser necesariamente malo. Pero la comicidad verdadera del asunto reside en que nuestro T r ó pico no ha- tenido verdaderos escritores tropicales, excepto uno, este M a r t í sobre el cual conversamos; e s t e M a r t í admirable, que es el único al que le conviene l a etiqueta pero bien aplicada, bien entendida. Pedro H e n r í q u e z Ureíia, al que debemos varias definiciones del hecho americano, se encargó en buena hora de explicar este mal enredo del vocablo. E l comprueba en no sé cuál de sus libros que nosotros llamamos tropicales ciertos estilos abundantes y empalagosos, exportados de tierra fría, por los románticos franceses y recibidos y hospedados aquí por escritores más malos a ú n tiue ellos y desprovistos de todo buen gusto. E l clima nada tiene que hacer con el pecado, y para no citar sino un caso, cerca de anuí nació y vivió su infancia esencial un poeta sin excrescencias viciosas, no dañado por la calentura del caribe en sus pulsos reguiares de buen f r a n c é s en la Martinica nació Francis James. La- soberana Naturaleza tropical de A m é rica se ha quedado al margen de nuestra l i teratura, sin influencia verdadera sobre el escritor, como aventada por él. Ojos, oreja (1; Fragmento de un estudio. inédito, s u a v e fresco y a g r a d a b l e S e c c i o n e s 4,30, 6,45 y a la Semana Grande de San Sebastián. V i a je, hotel y tres corridas toros, 225 pesetas. Informes: Casa Pichi, Los MaHrazo, 1. 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