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Informaciones y reportajes. El scensor qime jui $o ser aeroplano. las dos veces me extrajeron los compañeros medio asfixiado. L a muerte no me quiere de una vez; me quiere poco a poco, lentamente... con privaciones y sinsabores. Siete pesetas de salario, cuatro hijos... y ni siquiera puedo llevar al pequeño a una escuela municipal, porque no me le admiten. Lleva dos años haciendo el número 48 para ingresar. Y así continúa lamentándose Isabelo Revuelta, al que seguramente no alcanza ninguna responsabilidad por lo ocurrido. ¿A quién culpar entonces, si no al más débil? ¿A los frenos automáticos que no funcionaron? ¿A la impericia de los técnicos? A nadie: al ascensor, solamente a- este ascensor, tocado del espíritu del divino hidalgo manchego, que vino a dar en la extraña manía de volar, y fué a hacer su primera salida sin atender a la voz de la razón que le decía: ¡M i r e vuesa merced que no son alas lo que tiene, sino débiles cables... LEANDRO BLANCO -Inmediatamente. Antes de que el ascensor se golpeara contra la viga de hierro, ya estaban todos lanzando ayes. ¿Y no hay recurso alguno para tales casos? -E n absoluto. Esperar y encomendarse a Dios mientras se espera. Quá ocurrió después? Jn golpe, un chispazo, u n -No descenso, gritos, obscuridad, confusión... y poco después la extracción de nuestros cuerpos por los huecos que dejaron libres los cristales al romperse. ¿Es la primera vez que ocurre un accidente así? -La primera en las tres años que llevo en este servicio. ¿A qué atribuye el que la desgracia lio haya alcanzado mayores proporciones? -A la bandeja de reserva que va en la parte -inferior de la caja, primero, y en lo que a mí respecta, a la Providencia. Somos antiguos amigos. Cuando se construía el túnel del Mcir- o quedé enterrado una vez en la estación del Tribunal y otra en Chamberí; Isabelo Revuelta. N o iué mala calidad ele los materiales, no fué impericia de los que certificaron su buen funcionamiento, ni siquiera fué la clásica dejación de funciones del encargado de su manejo; fué, sencillamente, algo que aún no se ha puesto en claro, algo que hasta la aparición de un dictamen técnico, puede calificarse como una ambición desmesurada que rima con la época; una ambición desproporcionada a los medios de defensa. Imaginándose un arcaico simón con aspiraciones de camioneta, un alfiler que quisiera ser lanza... se tendrá idea de un ascensor, un modesto ascensor, que prestaba sus servicios, en la estación del Metro de la Gran Vía. que, rebelándose contra su discreta condición, como el amargado tranvía cangrejo que en vano aspira a llegar a la Puerta del Sol, sobrepasa el nivel del pavimento de Madrid y sigue su marcha ascensional desobedeciendo a los frenos oportunamente manejados. Y en vano fué que Isabelo Revuelta F e r nández, el encargado- del ambicioso vehículo, marcara con la manivela un punto p r i mero y otro después en el control; el ascensor, en franca indisciplina, desesperado por su triste condición de eterno paseante de un tubo negro y buscando su redención en los espacios, se entregó al azar de su aventura vertical y soñó con unas alas batidoras del hidrógeno y el oxígeno, y se vio dominando los horizontes, que son los bordes del pozo universal, y, arrojándose- de cabeza al cielo, se sintió acariciado por el infinito concreto. Pero la realidad le atajó abrumadora. U n a vigueta de hierro, límite de sus sueños de gloria, le despertó brutalmente; los cables cedieron a la acometividad del desmandado vehículo y éste se precipitó con sus locas ambiciones en el vacío, como uno de esos astros suicidas que cruzan el espacio con su larga cola de aves y lamentos desgarradores. Y en esta casaca de tres compartimentos diminutos, como- trazados por un arquitecto homeópata, donde a diario una mujer hace malabarismos inverosímiles con siete pesetas veinticinco céntimos, cuatro hijos y un marido, aventuramos ante Isabelo Revuelta la pregunta idiota: ¿P e r o no fué posible pararlo? -N o hubo manera. E l control no respondió, y el aparato rebasó la altura. ¿S e dieron cuenta los viajeros? Algunos de los restantes heridos. Antonia Santacruz (a la izquierda) y Pablo García. 1 f -S Ú Ángel Vicente. Valentín López María Blanco Jesús Alonso. (Fotos Duque, Zegrí y Días Emilio Antona. Casariego.
 // Cambio Nodo4-Sevilla