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Información T y reportajes. M u r c i a n o l a d e F e d e r i c o García S a n c l u 4 0 Federico García Sattchis en el patio del Casino, con algunos de los periodistas que asistieron al banquete organizado por la Asociación de la Prensa. L a estancia de Federico García Sanchíz en M u r c i a ha supuesto un grato acontecimiento. N o sólo. la noche de la fiesta que en homenaje al conde de Floridablanca organizó, con el éxito habitual en ella, la A s o ciación de la Prensa, y en la que pronunció, como mantenedor, el primer discurso de Juegos Florales qué ha ofrecido el caso insólito de gustar a todos y a nadie parecer largo, sino antes y después, en el hotel, en la calle, en el Casino, dondequiera que estuvo, la ciudad le acogió con cariño, dándole, sin necesidad de ningún requisito protocolario, él dictado de hijo adoptivo, o quizá esto otro, que se aviene mejor con la naturaleza de García Sanchiz: le dio el sí de novia, ya para siempre conquistada. P o r que Murcia, es esto para el insuperable causear, y a que Valencia ha de ser siempre- -y sola- -la madre. Madre y novia cobijadas bajo el mismo cielo, perfumadas por idénticos jardines, halagadas con las mismas exuberancias agrícolas, templadas por un soí igualmente fecundo, tibio y luminoso, de perol de cobre recién bruñid- 1 Así. cuando Federico García Sanch. z vie ne a M u r c i a es como si llegara a su propia ciudad, y los brazos que le acogen son siempre fraternales. Y no son estos brazos sólo los de. los buenos camaradas que salimos a recibirle, sino los de aquellos otros que se le ofrecen como tales de una manera espontánea, y los de esos niños callejeros que, no sé por qué recónditas afinidades sentimentales, por qué ternuras soterradas y simpatizantes, se par n anfs él y le miran confiados, recibiendo con ostensible complacencia la caricia inevitable o l a genero- sa dádiva, y los de aquella muchacha que le sonríe al pasar sin conocerle- -pero conociéndolo- y hasta los de estos buenos frailecicos de la L u z que al llegar a su eremitorio, en una excursión deliciosa, llena de mañana de oro otoñal de Sudeste, generoso y tibio como un vino de aüos, le obsequiaron con unas olivas recién aliñadas y un vaso de agua dulce y fresca, brotada de la entraña misma de la sierra. Y es que García Sanchiz posee, sobre todos sus otros méritos, el de la cordialidad, que es en él como un nimbo de efusión, contagiosa para quien le rodea, y que le hace a la vez invulnerable a los saetazos que no han faltado y a quienes le lancen, y de tan. afilado acero algunos como los que en M u r c i a pretendieron herirle llevando a toda 9 las esquinas, en pasquines furtivos, el grito de una amenaza comunista. P r o letarios- -decían- Federico García Sanchiz, el difamador de Rusia, viene a M u r cia. N o dejarle hablar, Y la noche de la fiesta, a teatro lleno de un público integrado por aristócratas, burgueses y obreros, entre el que figuraban mujeres bellísimas; de flores trepando por todas las columnas y antepalcos, de luces radiantes... aquella noche de exaltación literaria, en la que las estrofas inspiradísimas del fino poeta Manuel de Góngora- -premiado con los dos primeros premios- -dieron al acto el ritmo auténtico de su emoción líri 6 al aparecer García Sanchiz en el pros- cenio la primera ovación, antes de la charla inolvidable, cayó de arriba, de aquellas localidades donde los proletarios se sentaban. Pero este amor de la ciudad hacia el artista, este que pudiéramos llamar entregamiento amoroso, no ha sido, así como así, capricho del momento, fascinación de gloria, no; esta conquista la ha realizado García. Sanchiz como el que ronda un día y otro frente a la celosía enjoyada de claveles: a fuerza de piropos. E l ha llamado Custodia a nuestra torre y la ha sacado, de detrás del biombo de su imafronte para llevarla en hombros, reverencioso, por todos los: confines; él ha llamado carrozas dieciochescas a nuestros viejos caserones; él ha llevado como u n airón de orgullo, por encima de los rascacielos neoyorquinos, en la naveta del Zeppelin, nuestra típica montera huerta n a él lia exaltado en prosa barroca y efusiva desde las columnas de A B C el ambiente de su primavera entrañable... E l ha tepido la máxima gentileza, al fundir en una misma, alabanza las vegas de Valencia v Murcia, dejando, claro está, a cada cual fusgalas distintas: aquélla es más llana ésta más accidentada y varia. aquélla es mas pulida, ésta más geórgica, con remansos de égloga; aquélla es más expansiva, ésta más íntima... Y ha definido tan bien nuestra vega, que a los que sentimos la vanidad de nuestro murcianismo debiera ruborizarnos un poco el que haya tenido que venir este hombre andariego, inquieto, inestable siempre y siempre perdurable por donde pasa, a descubrírnosla, aq de un modo literario y superficial;
 // Cambio Nodo4-Sevilla