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B E R G S O N Y E l MISTICISMO Hubo un tiempo, y nosotros lo hemos alcanzado, en el que la más tímida afirmación mística padecía un desacato a la ciencia. E l materialismo filosófico, no satisfecho con definir el fenómeno, había fijado los límites de los problemas. Todo lo aue rebasase los linderos de lo racional, esto es, -todo lo que no fuese comprobable a voluntad por la experiencia, era relegado con desdén al continente inmensurable de lo absurdo. Traer a la polémica sobre un tema de psicología un texto religioso, por alta, qué f u e r a l a autoridad del autor, era tanto como arrostrar el ridículo. E n tre los doctrinarios del transformismo, entonces en plena boga, y sus discípulos literarios, habían compuesto un frente i n expugnable. E n vano un cardenal Mercier o un fray Ceferino González se esforzaban en delimitar los campos, estableciendo una separación entre lo que puede ser conquistado polla investigación científica y l o que pertenece al océano sin orillas de la divinidad. Los sabios no cedían. Según ellos, lo real deja de serlo en cuanto se evade del dominio de los sentidos. Desde esc punto de vista el misticismo no podía pretender una categoría psicológica por humilde que- fuese. Su destino estaba acordado; era una simple desviación morbosa, reparable con un régimen higiénico apropiado. N o quedó abolido lo misterioso, pero perdió todo prestigio. E r a una reserva experimental a disposición de l a ciencia. E n cuanto apareciesen, andando los años, un D a r w i n un Buchner o un Haeckel, un Vogt, cesaría la interinidad misteriosa y lo inexplorado entraría en el caudal de lo descubierto por los laboratorios. de un escobazo toda l a rocalla seudocientíñea que motivó la reputación de aquellos pedantes. E l misticismo revalida con el eminente pensador sus títulos al respeto universal, y, lejos de aparecer como un episodio morboso, adquiere el sentido de un privilegio en la espeta del espíritu. E l gran místico- -dice Bergson- -sería una individualidad que, traspasando los límites asignados a la especie por la materia, continuase y prolongase la acción de lo divino. E l misticismo completo- -escribe en otra página- -es el de los grandes místicos cristianos. N o hay sino, recordar las empresas que realizaron, en los dominios de la acción, un San Pablo, una Santa Teresa, una Santa Catalina de Siena, un San Francisco y una Juana de A r c o Cuando se considera la evolución interior de los grandes místicos- -añade el filósofo- -se pregunta uno cómo han podido ser asimilados a los enfermos. E s cierto que vivimos en un estado de equilibrio inestable y que la salud media del espíritu, como la del cuerpo, es difícil de definir; pero no es menos verdad que hay una salud intelectual sólidamente asentada, que, se reconoce fácilmente en el placer de la acción, en la facultad de adaptarse y de readaptarse a las circunstancias, en la firmeza y en la flexibilidad y en el discernimiento proí ético entre lo posible y lo imposible, y en una prontitud simplificadora, -que triunfa de- todos los obstáculos y se impone en nombre de un buen sentido superior. ¿N o son ésas las cualidades m á s visibles en los místicos de que hemos hablado? pregunta Bergson afirmando. Luego, a ñ a d e ¿Y no podrían servir esas cualidades para definir la voluntad intelectual? Aludiendo a la su. E n Alemania, la pedantería puesta anormalidad patológica científica se contentó con parede los estados místicos, Bergcer suficiente. A d o c t r i n a b a y son la explica, no como una c r i Hmri Bergson. (Foto EUiott Fry. educaba nada más. Pero, en sis demencial, sino como el trastorno pasajeFrancia, el espíritu satírico de ro que implica el tránsito de lo extático a lo extravagante criterio, que todavía hace fe la raza se infiltró en la polémica, prestando dinámico, en circunstancias graves. L a disentre los adeptos de la biblioteca Sempere, a la erudición un tono de burla que exaspeposición íntima del místico, que subordina todo humano impulso por franquear las- márraba a los creyentes. E l mismo Renán, tan siempre lo temporal a lo eterno, no difiere, genes de la experiencia cotidiana, en busca comedido en sus conclusiones y, en el fonpor su mecanismo, de la emoción que domide un más puro contacto con lo divino, i m do, tan ecléctico, no se rehusa una sola ocana al genio en el momento creador. Queplica un trastorno- funcional que solamente sión de asociar el humorismo a las preocubrantado en sus profundidades, el espíritu el neurólogo y el psiquiatra pueden corregir paciones m á s graves de la Humanidad, que cambia de orientación. Se detiene como si o remediar. Para ser normales debemos no el filósofo está obligado a examinar con tacoyese una voz que íe llamara, y parte sin salir de los carriles ordinarios, y así, el to irreprochable. vacilar en aquella dirección. E l alma no rasero común de la salud espiritual, es un E n aquel ambiente de petulancia cientípercibe claramente la fuerza que la mueve; egoísmo discreto aprobado por la razón que fica, viciado por las hipótesis m á s groseras, pero siente su inefable presencia o la adinos dé el bienestar cotidiano y nos preserve pudo publicar el doctor Binet- Sanglé su cévina al través de una visión simbólica. Sode las sorpresas de toda aventura en el reino lebre obra La demencia de Jesús, sin escánbreviene entonces Una inmensa alegría, éxtainfinito de lo misterioso. Esa regla de vida dalo de las minorías doctas, y ese libro, que sis que absorbe al espíritu. Dios está ahí y no se opone a nuestras relaciones con Dios. hoy no se encuentra entre las manos de ninel alma está: en él. Todo misterio se disipa. L o que nos prohibe es la ambición de idenguna persona medio culta siquiera, hizo el Los problemas dejan de existir; las obscutificarnos demasiado cóir él, en cuyo caso mismo ruido que uno de aquellos textos de ridades se aclaran; un gran resplandor, baña descuidaríamos lo meramente humano, incuLombroso, entonces a la moda, sobre las el espíritu... rriendo en un defecto de sociabilidad que características faciales y psicológicas del la moral corriente condena. criminal nato. ¡Qué ridículo periodo aquél Con razón lo- ha llamado León Daudct es- Son las palabras del. filósofo. Y H e n r í Pero debía operarse, con el concurso de tupido; Binet- Sanglé no inventaba nada Bergson es. como se dice ahora, un laico. los años, una reacción compensadora para el para criticar la vida de jesús. Se ponía en Pero ¡qué limpia conciencia la del eminente misticismo, dentro de la ciencia misma, y pensador! ¡Q u é lejos se sitúa de las m i la corriente que consideraba toda tendenestamos asistiendo a ella. Un filósofo emir serias de la polémica al uso de jacobinos cia mística como una manifestación patolónente, de la máxima autoridad, H c n r i Berggica. L a santidad, para aquellos sainos, era son, se ha pronunciado altivamente conenvanecidos! un fenómeno de hospital. A a la luz de ese MANUEL B U E N O tra aquella ramplona actitud, y ha barrido ASPECTOS
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