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GALERÍA D E LOS BUSTOS de tendones, que serpentean bajo la piel amarillenta, la cabeza aparece semimomifi. cada, casi reducida a los huesos de la calavera, y al cutis acordobanado. Los pómulos parecen agujerear la piel; la boca. se sume sobre las encías desdentadas; la nariz es una arista escueta; los ojos se hunden en las profundas cuencas, y desde allí brillan aún con un noble fuego y un mirar lleno de encanto, sereno, dulce, impregnado de resignación y de esperanza, que acompaña la muda plegaria de las manos ásperas, nudosas, casi rígidas va, unidas en un confiado gesto implorante. El brazo, la plancha del pecho que queda descubierto, son asimismo soberanos trozos de pintura realista, avalorados por las densas sombras de las peñas y del adusto fondo donde ásperas rocas cierran ferozmente el paisaje. La joya de la Galería Borghese es el conocido cuadro del Tiziano que se llama El amor sagrado y el amor profano. Los comentaristas no se hallan de acuerdo acerca de lo que el maestro quiso representar. Unos dicen que es Venus convenciendo a Elena de Troya para que huya con Paris; otros aseguran que es Elena la que trata de J convencer a Medea se marche con Jasón. 4 7 blemente fué cuadro pintado por el placer de pintar formas impecables, bellos ostros y ropajes espléndidos, y sin que el llrtista se preocupara de representar éste o el otro: apunto. Es esta obra de las pocas escogidas que se ven con la alegría con que se encuentra un rostro amigo. Todo en ella es hermosura, esplendor, perfección absoluta y sin mancha. Un sarcófago antiguo, de relieves paganos, se halla sobre la hierba de un ameno DOMINIQUINO, LA SIBILA P E CUMAS rODa u n lugar. Agua transparente lo llena y escapa en espeso chorro, refrescando las plantas vecinas. Al fondo, un niño, amor p genio, juega con las linfas, hundiendo en su claro cristal un brazo gordezuelo. En príhier término, sentadas al borde del sarcófago, se muestran dos mujeres. Ambas son hermosísimas. Una está vestida con rozagante holgado traje que cae en pliegues armoniosos. Sus brazos se cubren con amplias mangas, y las manos, ocultas en grandes guantes, sostienen, la derecha, algunas flores, en tanto que la otra parece resguardar una vasija donde espejea un misterioso líquido. El rostro de esta mujer es puramente ticianesco, de ojos límpidos. y de admirable mirar, óvalo perfecto, boca de rosa, coronado el bellísimo semblante por una crespa y desmelenada cabellera blonda. La otra mujer está desnuda y su cuerpo olímpico se recorta sobre un paño de púrpura que flota al viento. Un paño blanco cruza sus piernas, en tanto que una mano levanta en lo alto una pulida copa o tatarrete, y la otra se apoya sobre el mármol del sarcófago, confundiéndose sus blancuras. El rostro es asimismo rítmica belleza, armonía inefable de rasgos perfectos, dignos de diosas inmortales. Un paisaje por donde corren gentes que cazan; donde reposan ganados, pasan viandantes y suben campanarios y castillos, todo ello bajo el más deleitoso cielo de que pueden gozar los ojos, es fondo de las dos enigmáticas mujeres. Imposible soñar cuadro más bello. MAURICIO LÓPEZ ROBERTS Marqués de la Torrehermosa.
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