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N O V E L A BE T R A D U C I D A POR ZAMñ GREY LACASA L A SEÑORITA I S A B E L (CONTINUACIÓN) intuición femenina lo bastante desarrollada para ver en Fio Hutter una muchacha con la que había que contar. Sin embargo, Carley no quería reconocer que aquella muchacha del Oeste, sencilla y franca, fuera una posible rival. Carley no necesitaba recordar que había sido siempre blanco de la admiración masculina. No era precisamente su vanidad lo que hacía descartar a Fio Hutter como enemiga. Gradualmente, la conversación fué decayendo, hasta que los dos guardaron silencio. Carley no hizo nada por interrumpirlo. Observó a Glenn mientras éste miraba pensativamente a las ambarinas profundidades del fuego. ¿Qué estaría pensando? La perplejidad que invadía en tiempos a Carley volvió a resurgir. Y al mismo tiempo, sintió un insólito temor, que no fué capaz de dominar. Mientras estaba sentada junto a Glenn, comprendió que le amaba y deseaba apasionadamente. L a inconfundible alegría que mostró al verla, la expresión fuerte y hasta violenta de su amor, hicieron que se despertara en el fondo de su corazón una sensación completamente nueva. De no haber existido aquellos hechos innegables, Carley hubiera estado completamente aterrorizada. Su recuerdo tuvo el don de tranquilizarla, pero no consiguió otra cosa que sentirse más descontenta que nunca. -Cariey, ¿sigues bailando? -preguntó Glenn volviendo hacia ella sus pensativos ojos. -Naturalmente. Me gusta bailar, y casi es ése el único ejercicio que hago- -contestó la muchacha. ¿Han cambiado los bailes de nuevo? -Quizá sea la música lo que cambia los bailes. E l jass cada vez se hace más, popular, y la gente no baila casi otra cosa que infinitas variaciones del fox- trot. ¿No se baila el vals? -Me parece que en todo este invierno no se ha bailado el vals, ni lina sola vez. ¿Jass? ¿No es una especie de charanga a base de ruido de latas? -Glenn, es la fiebre del pulso público- -contestó Carley- El gracioso vals y el elegante minué reinaban en la época en que la gente se dedicaba a descansar en vez de a correr. -Pues es una lástima- -dijo Glenn- Después su mirada volvió a fijarse en el fuego, y preguntó con excesiva indiferencia: -i Sigue Morrisón yendo detrás de ti? -Glenn, no soy vieja, ni estoy casada- -contestó riéndose la muchacha. -No; es verdad. Pero si estuvieras casada, Morrison seguiría haciendo lo mismo. Carley no notó que en su voz se reflejara ni los celos ni la amargura. Se hubiera alegrado de que fuera así. Sin embargo, dedujo de su observación que sería más difícil de entender que nunca. ¿Qué habría dicho o hecho para que Glenn se encerrara en sí. mismo, y adoptara aquella actitud distraída, impersonal y poco familiar? No se conducía como un hombre enamorado. ¿Qué ironía del destino hacía que la muchacha deseara sus caricias y sus besos con más intensidad que nunca, mientras, fue Glenn airaba al fuego y le hablaba como a una simple conocida? Su aspecto era triste y distraído. ¿O es que todo aquello era imaginación suya? En aquel momento se sentía segura solamente ie liria cosa, y era de que el orgullo nunca sería su aliado. -Escucha. Glenn- -dijo acercando su silla a la de su prometido y alargándole la mano izquierda, delgada y blanca- En síi dedo central lucía un resplandeciente diamante. Glenn cogió aquella mano entre las suyas, la oprimió fuertemente y sonrió. -Sí, Carley, tienes una rñanecitá suave y encantadora. Pero flie parece que aún me gustaría más si estuviera tostada y fuerte con la palma, endurecida a consecuencia del trabajo útil. ¿Como la de Fio Hutter? -preguntó Carley, -Sí. Carley clavó su mirada orgullosa en los ojos de Glenn. -No todo el mundo nace en la misma esfera. Respeto a t í amiguita del Oeste, Glenn, pero supongo que no creerás posible que yo me dedicara a lavar, fregar, ordeñar vacas, cortar leña y demás cosas por el estilo. -No creo que pudieras hacerlo- -admitió él con una carcajada breve y un poco brusca. ¿Desearías tú que lo hiciera? -preguntó Carley. -Es difícil de explicar- -contestó Glenn frunciendo el entrecejo- No estoy seguro de lo que pienso respecto al particular. Me parece que depende de ti. ¿Pero no serías más feliz si hicieras esa clase de trabajos. -i Más feliz! ¡Glenn, me sentiría terriblemente desganada Pero, oye. Yo no quería que admiraras mi linda e inútil mano. Lo que te enseñaba era mi sortija de prometida. ¡Oh! ¿y por qué? -preguntó el muchacho lentamente. -No me lo he quitado ni un solo momento desde que te fuiste de Nueva York- -dijo Carley dulcemente- Me lo distes hace cua- tro años. ¿Te acuerdas? Era el día que yo cumplía veintidós años. Me díjistes que necesitabas el sueldo de dos meses para pagaf la cuenta. -Y así fué- -contestó Glenn con aire un poco burlón. -Glenn, durante la guerra, no fué tan difícil el llevar la vida que corresponde a una muchacha comprometida- -dijo Carley más seria- Pero después de la guerra, especialmente después de tu marcha al Oeste, me fué terriblemente difícil ser leal a la significación de este anillo de prometida. Todas las mujeres, habían perdido un poco de dignidad. ¡Oh, no es necesario que me lo asegure nadie! Así era. Y los hombres sufrían los efectos de esta falta de dignidad y de lo caótico de la época. Nueva York fué teatro de una vida de locura durante el año que has estado ausente. Nadie hacía caso de la prohibición. Bueno, dancé de un lado para otro, bailé, vestí bien, bebí, fumé y di paseos en auto móvil, como todas las demás mujeres de mi clase. Algo me empujaba. No descansaba ni un solo momento. Aquella excitación parecía representar la felicidad. Glenn, no pretendo disculparme Pero quiero que sepas en qué circunstancias más difíciles te seguí, siendo leal en absoluto. Entiéndeme. Digo que te he sido leal en lo que se refiere al amor. A pesar de todo lo que te he dicho, te seguí, queriendo lo mismo. ¡Y ahora que estoy contigo, mi amor me parece aún mucho mayor... T u última carta me produjo una impresión dolorosa. Pero vine al Oeste para verte, para decirte, lo que te he dicho, y para preguntarte... ¿Quieres que te devuelva este anillo? 4 1 -De ninguna manera- -contestó Glenn con fuerza, y su rostro se puso de color de púrpura. ¡Entonces, me quieres? -susurró Carley. -Sí, te quiero- -contestó él deliberadamente- Y a pesar H? e todo lo que dices, probablemente más que tú a mí... Pero fú, igual que todas las demás mujeres, hacéis del amor, y de su expresión el único objeto de vuestra vida. Carley, yo he tenido que luchar para que mi cuerpo no fuera a parar a la tumba y mi alma al infierno. -Pero, amor mío, ¿no estás bien ahora? -preguntó Carley con labios temblorosos. -Sí, se puede decir que he salido adelante. ¿Entonces, qué pasa? ¿Q qué pasa? ¿A ti o a mí? -preguntó Glenn, mirándola de una manera enigmática y penetrante. ue (Se cmiiwmá 12.
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