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ü O E L A D E ZANE G R E Y TRADUCIDA P O R L A SEÑORITA I S A B E L (CONTINUACIÓN) ¿Q u é pasa entre nosotros? H a y algo que nos separa. -Carley, un hombre que ha estado a punto de morir, como lo he estado yo, raras veces, o nunca, vuelve a sentirse completamente feliz. Pero quizá... -M e asustas- -gritó Carley, y, poniéndose en pie, fué a sentarse en el brazo del sillón, que ocupaba Glenn, rodeándole el cuello con sus brazos. ¿Q u é le voy a hacer si no comprendo? ¡T a n m i serablemente insignificante soy... ¿Glenn, es preciso que te lo diga? Ninguna mujer puede v i v i r sin amor. Necesito ser arriada. Eso es lo único que me pasa a mí. -Carley, sigues siendo una muchacha terriblemente dominalora- -contestó Glenn cogiéndola entre sus brazos- Yo. también necesito ser amado. Pero no es precisamente eso lo que me pasa. T e n d r á s que adivinarlo t ú sola. A m o r mío, eres una esfinge- -contestó ella. Oye, Carley- -dijo Glenn muy serien- Hablemos del amor. Quisiera que me c. -emprendieras. T e quiero. Estoy, hambriento de tus besos. Pero, ¿tengo derecho a pedir que me los. des? ¡D e r e c h o ¿N o somos acaso prometidos? ¿Y nc quiero yo dártelos acaso? S i tuviera la seguridad de que vamos a casarse? -dij Glenn en voz baja y tensa, como si estuviera hablando más bien consigo mismo. -i Casarnos! -exclamó Carley abrazándole convulsivamente- Claro que nos casaremos. Glenn, es imposible que me dejes. ¿Verdad? -Carley, lo que quiero decir es. que es posible que no te cases conmigo nunca, en realidad- -contestó él muy. serio. ¡Oh, si lo que necesitas es la seguridad de que nos hemos de casar, Glenn Kilbourne, puedes empezar a hacerme: el amor ahora mismo! E r a ya tarde cuando Carley subió a su habitación. Y estaba tan contenta, tan feliz y excitada, y, sin embargo, tan desconcertada de espíritu, que no hizo- ningún caso ni del. frío ni de l a obscuridad. Se desnudó rodeada- de la obscuridad m á s completa. Cuando ya estaba dispuesta a meterse en- la cama abrió el balcón, y miró al exterior. r LACASA de F i o H u t t e r! ¿T e n d r á aquello alguna relación cen la barrera que. les separaba? Carley comprendía que ocurría. algo incomprensible e intangible, que amenazaba sus sueños de felicidad futura. S i n embargo, i qué podía temer mientras estuviera cerca de Glenn? Y a pesar de todo, no dejaba de formularse insistentemente las preguntas que tan perpleja la tenían. ¿E r a egoísta su amor- ¿P e n saba acaso en Glenn? ¿N o veía acaso algo que él veía? Los días que habían de seguir prometían ser muy felices, por transcurrir en alegre camaradería con Glenn. S i n embargo, parecían líenos, al mismo tiempo, de disgustos, luchas y lecciones, que tendrían por, consecuencia el que ella se diera cuenta dé la verdadera significación de la vida. CAPITULO III A través de la densa obscuridad vio la cascada que se destacaba opacamente sobre la roca. Carley sintió que una suave neblina humedecía! su rostro. E l estruendo de l á cascada parecía envolverla. Bajo la muralla rocosa remaba una obscuridad impenetrable. Pero por encima de las copas de los- árboles brillaban las estrellas. E r a n maravillosamente blancas, radiantes y frías, contrastando violentamente contra- el azul. profundo del cielo. L a cascada rugía rodeada del m á s absoluto silencio. P a r e c í a que su estruendo hacía aún m á s p o t e n t e el silencio de. l á noche. Carley se estremeció, no sólo a consecuencia del frío, sirio al pensar en lo solitaria, perdida y escondida que estaba aquélla cañada. Después se metió rápidamente en l a cama, sintiendo, gran gratitud hacia las calientes mantas de lana. E l reposo y la reflexión hicieron que se diera cuenta del ardor de su sangre y del tumulto que había en su interior. E n la solitaria negrura de su habitación hubiera podido hacer frente a la idea del amor que sentia hacia Glen Kilbourne. ¡Q u é e x t r a ñ o! ¡Su amor se había renovado y aumentado considerablemente al volverle a. ver! Pero le preocupaba m á s su felicidad. L e había conquistado de nuevo. Su presencia y su amor habían vencido su frialdad, Se estremeció dulcemente al pensar en aquella conquista. ¡Qué maravilloso era Glenn! ¡H a b í a dominado su ternura física, las seiicillas expresiones de su amor, porque, temía que la coaccionaran indebidamente! Se había elevado bajo muchos aspectos. Tenía que tener cuidado en alcanzar sus ideales. ¡L o que dijo de las toscas manos Carley se despertó al oír- que alguien se movía en su habitación. A l levantar sus somnolientos párpados, vio a F i o Hutter de rodillas ante la estufita, encendiendo el fuego. -Buenos días, C a r l e y- -m u r m u r ó- H a c e frío. M e parece que hoy nevará. Q u é mala suerte que haga tan mal- tiempo. estando usted aquí. H á g a m e caso y estése en la cama hasta que se encienda bien la estufa. -N o pienso hacer semejante cosa- -declaró Carley heroicamente. -Tenemos miedo de que se enfríe usted- -dijo. F i o- Este país está situado a gran altura, y además, estamos en el desierto. Aquí no hay primavera más que cuando brilla el sol. Pero estos días no brilla m á s que a ratos. Eso quiere decir q u e a ú n hace tiempo inverna! Sea usted buena y siga. mi consejo. -Bueno, en realidad, no es un sacrificio muy grande el. quedarse en la cama un poco más- -contestó Carley perezosamente. Fio salió de la habitación después de haberle advertido que no dejara que la estufa se calentara demasiado. Y Carley, envuelta en las calientes mantas, -pensaba con horror en el momento de levantarse y vestirse en aquella habitación fría, y desnuda. T e n í a la nariz fría. Cuando se le enfriaba la nariz, que: le servía de barómetro, que reflejaba con toda exactitud la temperatura que había en el exterior, sabía Carley que había escarcha, en. el aire. P r e fería el verano. L a calefacción central y las flores de estufa, que perfumaban el ambiente de su. casa, no le habían preparado, paira hacer frente a tan primitivas, condiciones de v i d a S i n embargo, su espíritu se rebelaba un poco ante el temer que tenían todos de que se enfriara y a su probable debilidad ante, las privaciones. C a r ley se levantó. Sus desnudos pies se apoyaron sobre, el, entarimado del suelo, en vez de la alfombra de los Navajos, y le pareció que estaba pisando piedra completamente helada. A pesar de l a estufa y del agua caliente, a mitad de l a toilette estaba aterida de frío. -U n actor dijo en cierta ocasión que cuando se; va al Oeste se hace vida de campamento- -exclamó Carley chocando diente con diente- Creedme, tenía razón. E l hecho era que Carley nunca, había pasado, da noche, en una tienda de campaña. Sus amigos jugaban al. golf, montaban- a caballo, iban en automóvil y daban paseos en lanchas, pero. nunca hacían excursiones incómodas. Los albergues y hoteles Sé. los A d i rondacks eran tan confortables y lujosos como, su propia casa. Carley echaba de menos muchas cosas. Y realmente, rio era muy fuerte. L e costó un gran esfuerzo de voluntad y verdadero dolor, el acabar de atarse las botas. Como se había citado con Glenn para ir a visitar su cabana, se vistió de manera apropiada para anclar por el campo. Se preguntaba si tendría que ver algo el 1 (S e continuará. 18
 // Cambio Nodo4-Sevilla