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ELA DE Z ME G R E Y TRADUCIDA POR L A SEÑORITA ISABEL LACASA (CONTINUACIÓN) obscuras cuevas parecían irradiar un poder místico, mirando sobaderamente hacia el mundo que tenían a sus pies. Los riscos que se desmoronaban, las grietas que se venían abajo y las i n clinadas rocas, amenazaban derrumbarse, bajo la acción de viento, produciendo enorme estruendo. ¡Q u é profundo y suave resultaba el contraste del rojo y del verde! ¡Qué maravillosa la osadía de aquellos gigantescos escalones! Carley pensó en las fuerzas ocultas que habían erigido aquel violento, rudo y grandioso monumento a la naturaleza. ¡Q u é hay, paseante de l a Quinta A v e n i d a! -g r i t ó una voz alegre- S i l a pared que hay detrás de mi vivienda te asombratanto, ¿q u é harás cuando veas E l Desierto Pintado, escales Sunset Peak o hundas tu mirada en L a Gran C a ñ a d a? O h Glenn! ¿dónde estás? -gritó Carley mirando a. su alrededor. Pero Glenn no estaba tan cerca como ella hubiera supuesto. L a claridad de. su voz l a había engañado. D e pronto, le vio un poco m á s allá de donde ella se encontraba, al otro lado de un río, que no había notado hasta aquel momento. -V e n- -g r i t ó Glenn- Quiero ver cómo cruzas las pasaderas. Carley bajó corriendo una pequeña pendiente de roca lisa de color rojo. Llegó hasta la orilla de aquella corriente de agua verde. E l agua estaba muy clara, y la corriente era rápida. E n algunos puntos había mucha profundidad, mientras que en otros había poca agua. Alrededor de las rocas, que, evidentemente, ha- bían sido colocadas para cruzar el río, había blancas coronas de tizada espuma. Carley s e e c h ó hacia atrás horrorizada. -Glenn, me sería imposible, cruzar por aquí- -gritó. -Vamos, alpinista- -dijo él en tono burlón- ¿N o te vas a atrever con Arizona? ¿Q u i e r e s acaso que me caiga al agua y coja un enfriamiento? -gritó la muchacha desesperada. -Carley, las grandes mujeres serían capaces de cruzar los lugares peligrosos de l a vida moderna sobre pasaderas. formadas por sus propios cadáveres- -continuó diciendo Glenn en el mismo tono de burla- Estoy seguro de que puedes hacer perfectamente ese esfuerzo físico. ¿E s que estás repitiendo las palabras de Tennyson, o es que me tomas el pelo? -preguntó de manera poco académica. -A m o r mío, F i o cruzaría el río con los ojos cerrados. Aquellas palabras hicieron que Carley se decidiera a pasar. Glenn hablaba en broma, y, sin embargo, había algo de seriedad en sus palabras. Con el corazón latiéndole fuertemente, se lanzó a la pri- mera toca, y calculó la distancia que tenía que salvar de un salto para llegar a la otra. U n a vez. en marcha, le hizo el efecto de que estaba rodando de la cumbre a l a falda de una colina. Se tambaleaba, salpicaba, se resbalaba, y después de haber salvado de un salto l a mayor distancia, que era precisamente lá que había entre la última roca y l a orilla, perdió el equilibrio, y cayó entre los brazos de Glenn. Sus besos hicieron desaparecer tanto su pánico como su resentimiento. ¡C a r a m b a! ¡N o creí que te atrevieras nunca a intentarlo! declaró Glenn muy complacido- T e n í a la seguridad de que tend r í a que cruzarte en mis brazos; en realidad, me agradaba mucho la idea. -Te aconsejo que no vuelvas a emplear semejantes medios para empujarme a hacer alguna cosa- -contestó Carley. -Llevas un traje de sport muy bonito- -dijo Glenn en tono de admiración- H e estado pensando lo que te pondrías. Para las mujeres, gustan m á s las faldas cortas de sport que los pantalones. -La guerra hizo que el bello sexo perdiera la cabeza en eso de ios pantalones. -N o les hizo perder la cabeza sólo en eso. -contestó la muchacha- N i t ú ni yo viviremos lo suficiente para ver recobrar de nuevo el equilibrio a las mujeres. -Estamos de acuerdo- -contestó Glenn. Carley introdujo su brazo bajo el de su prometido, diciendo: -A m o r mío, quiero pasar un día feliz. N o hablemos m á s de las demás mujeres... Llévame a ver tu casita gris del Oeste. j; No es acaso g r i s? Glenn se echó a reír- -Sí, así es. E s gris, porque los troncos se han puesto un poco descoloridos. Glenn la condujo por un camino que subía entre guijarros, discurriendo por. encima de la alfombra de agujas color castaño, bajo los enormes y silenciosos pinos; se acercaba m á s y más a l a i m ponente montaña. Junto a su base de roca corría el río, que susurraba suavemente. E l sol no llegaba hasta allí, y no podía, por lo tanto, disipar l a f r í a obscuridad de aquel paraje. Después de atravesar bosques impregnados de una aroma muy dulce, volvieron a salir a la luz del sol. Atravesaron el río, que por aquella parte adquiría mayor anchura, y subieron una ligera pendiente, bordeada de magníficos pinos, hasta llegar a una cabana orientada hacia el Oeste. -Y a hemos llegado, amor mío- -dijo Glenn- Ahora veremos cómo eres realmente. Carley no hizo ningún comentario, pues el intenso interés que sentía hacía desaparecer todo lo demás que pudiera pensar en aquel momento. Hasta que apercibió la cabana de madera que habla erigido Glenn con sus propias manos, no había sentido u n gran interés por lo que la rodeaba- Pero su vista despertó en Carley sentimientos completamente nuevos. E n el momento en que penetraba en la cabana, su corazón latía de manera poco natural, en una muchacha que no se siente atraída a vivir con s ü a m a d o en una casa de campo. L a cabana de Glenm constaba de una habitación de quince pies de anchura por veinte de largo. Entre los pelados maderos había barro rojo, que al. secarse había adquirido una gran dureza. Frente a la puerta había una pequeña ventana. E n una esquina se veía un diván, hecho de maderos. Bajo las mantas que lo cubrían, aparecían verdes ramitas de pino. E l suelo estaba formado de losas planas de roca, colocadas irregularmente, y entre las cuales se veían muchos espacios cubiertos de barro. E l hogar abierto era excesivamente grande para las dimensiones de la habitación, pero tanto su tamaño como la chisporreante leña y el brillante rescoldo, atraian fuertemente a la muchacha. Un tosco madero hacía las veces de repisa, y sobre él se destacaba el retrato de Carley, que ocupaba el sitio de honor. Sobre l a chimenea había un rifle, que se apoyaba en las astas de un ciervo. Carley se detuvo al llegar a aquel punto de su revista para besar a Glenn, señalando la fotografía. -N o sabes lo que me alegra el que tengas. aquí mi retrato. A la izquierda de la chimenea había un tosco armario, hecho con tablas, lleno de cajas, latas, -bolsos y toda clase de utensilios. Bajo el armario, colgadas de clavos, había cacerolas y ollas, ennegrecidas, un cazo de mango muy largo y un cubo. L a mesa de Glenn era una verdadera obra de arte. Imposible hacerla caer de un empujón. Constaba de cuatro barrotes hundidos en el suelo, sobre los cuales habían sido clavadas dos anchas tablas. L a mesa tenía aspecto de haber sido fregada escrupulosamente. Había dos banquetas hechas con ramas de árboles. Los asientos estaban cubiertos con pieles de cordero. E n eí ángulo derecho de la habitación había un curioso montón de leña cortada con hacha. Detrás de la leña estaba colgada una silla de montar y su manta correspondiente, riendas y espue- (Se 15 continuará,
 // Cambio Nodo4-Sevilla