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DIARIO ILUSTRAVIGE- DIARIO DO, ILUST VI GE- D O A SIO 1 o c f s AÑO S 1 M L O C T A V O NUMERO S 1 MOCTAVO 10 C T S NUMERO F U N D A D O E L i D E J U N I O D E 1905 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A LA ESPINA L a pirueta de Unamuno, ¿por qué ha producido tan grande asombro al lado de la izquierda y al de la derecha? Y el caso es que todos se las dan de advertidos; todos se apresuran a decir que éstas son cosas de Unamuno y, por tanto, descontadas. Pero no; se ve que no se contaba con una salida de tono tan intempestiva y de tan desoladores efectos. E n los hombres de partido y de doctrina hay siempre un fondo de ingenuidad que es lo que les hace fuertes, sin duda, pero que también los expone a esta clase de- dramáticas perplejidades. Hace unos años, al escribir mi libro de Retratos, dibujé, todo lo mejor que pude, la silueta personal. de D. Miguel de Unamuno; en seguida me salió a! paso toda una jauría de articulistas enfurecidos, porque alguien, tan desatinadamente osado, había puesto su pluma en el ídolo. E n aquel tiempo era U n a muno el ídolo ese ídolo ¡ue las masas i n telectuales necesitan venerar en nuestro país y utilizarlo al mismo tiempo como pendón para las batallas. U n a vez que Costa no existía y que Galdós acababa de morir, la multitud echó mano de Unamuno y lo enarboló por ahí como bandera. Fué la hora feliz del rector de Salamanca. Desterrado, víctima de ia incultura reaccionaria, el ruido de gloria que alrededor suyo promovían los españoles trascendió al extranjero, dondelo declararon genio nacional Unamuno se dejaba querer. Aprovechaba la buena racha de la suerte y retribuía hábilmente los agasajos de la multitud con oportunas adulaciones- a la L i g a de los Derechos del Hombre, r sus diatribas contra los Habsburgos y sus insultos a Carlos V Después la República le dio todos los cargos y sueldos que podía desear. Qué ha pasado de pronto? ¿Qué le han hecho o qué le han quitado... Pero mejor sería que nos preguntáramos: Cómo ha podido transcurrir tanto tiempo sin que fallase la unión sagrada estando el nuevo régimen tan repleto de intelectuales, de escritores? E l escritor, llámese U n a muno o Perico de los Palotes, no puede hacer más que aquello que su propia naturaleza le dicta. E s víctima de su fatalidad. H a nacido de la critica v vive enteramente para la critica. P a r a la duda. Para la persecución de nuevas verdades y nuevas formas de sentir. Por eso estaba resultando un verdadero milagro el que una situación política compuesta de un cincuenta por ciento de i n telectuales se mantuviese tanto tiempo en semejante estado de cohesión y optimista conformismo. Cuando lo natural del escritor es el inconformismo. Está en la vida precisa- mente para descubrir siempre alguna grieta por donde colar la acerada punta de su crítica, y si le niegan el derecho a la objeción es como si le condenasen a la ultima v más horrible de las penas. Además, el escritor no puede renunciar a su especie de sublime egoísmo; en tocio momento desea que su yo destaque sobre las personas y los acontecimientos de una manera exclusiva, descollante, y, cuando no lo consigue, cuando los acontecimientos poseen por ellos mismos suficiente fuerza y personalidad, entonces el escritor se siente disgustado, disminuido, capaz de cualquier heroica impertinencia. Todo esto que impera hoy en España se ha hecho, como quien dice, a punta de pluma. Se ha hecho a fuerza ele un inconformismo agudizado y perfeccionado en una larga práctica, especialmente desde la guerra de Cuba. H a venido la República a fuerza de crítica, a puro meter insatisfacción por todas las grietas que la inconsciencia de las gentes anteriores abría en abundancia. Y ahora se quiere que la era del inconformismo termine en seco. Hemos llegado hasta aquí, y basta. Como se hace con las tropas de asalto después de la victoria. A desmovilizar todo el mundo. Pero cualquiera consigue que se desmovilicen ciertas plumas. N i otras muchas fuerzas de asalto que se armaron para la guerra contra el régimen. E n las grandes luchas todos los esfuerzos son pocos: se pacta con cualquiera, se. recluían todos los aliados posibles, sin contar los sacrificios. Así ocurrió, en la guerra europea había que vencer a Alemania, fuera como fuese, y la vencieron al último. ¿Y qué? -Se ha conseguido la paz? ¿Puede llamarse paz y dicha a esta angustia que aflige al mundo? También aquí se reclutaron todas las fuerzas de agresión: periódicos, obreros, estudiantes, separatistas, ateneos, plumas. Y al momento de la victoria, cuando hay que decir basta resulta. que la paz se encuentra un poco distante. ¿Desmovilizar? Vayanle ustedes al Sr. Unamuno con semejantes idilios. IO se figuraban que Unamuno era como Pérez Galdós? Con aquel hombre insigne todo resultaba fácil. L o llevaban y traían; lo mostraban a la cabeza, de. las manifestaciones le hacían subir a los escenarios de los teatros, y él permanecía allí sumiso y contento sin dar el menor trabajo. Pero este otro, el substituto del gran novelista, no es tan fácil de manejar. E s el ídolo inmanejable, o intratable; una especie de tábano que vino al mundo con ia exclusiva misión de dar que hablar y que sentir a amigos y enemigos, N o la República no ha tenido suerte con su hombre- estandarte. Hubiera necesitado, un pendón más tranquilo, uno de esos genios decorativos que adornan a un régimen y le proporcionan una honrosa vistosidad ante los pueblos extranjeros. E n vez de eso, le ha salido una espina. A ver cómo se las arreglan ustedes para arrancársela de ía carne viva. JOSÉ M A marsellés o de un napolitano, a decirnos que en Madrid acababa de abrirse otra vez al aire de la calle la ventana de A B C. Y o sentí inmediatamente el deseo de asomarme a ella, a pedirles, como siempre, a los lectores españoles m i pan. N o podía tornar en un vuelo y quise que volaran mis palabras, para contar, tras un mes de voluntario, pero inevitable destierro, mi quinto descubrimiento de París. Porque yo vuelvo a descubrirlo cada vez que llego a él. M e acuerdo de que en una ocasión escribió Anatqle France V o y a hablar un poco de mj. mismo a propósito del Hamlet de Shakespeare P o r eso no me sonroja mi vanidad de descubridor. Y acaso porque no exista. E n este yo pienso, yo creo, yo opino, a mi me parece, de lasimpresiones subjetivas, hay siempre la duda tímida con que apreciamos, las cosas mudables del picaro v i v i r cotidiano y terrenal, sin esa afirmación rotunda de los escritores objetivos, definidores de un modo absoluto, odiosos y falsos, porque aseguran, con petulancia que sólo se hace tolerable al revestirse de entusiasmo fervoroso de fe, cuando cree sin dudar, más con el corazón que con el cerebro, en lo que escapa a nuestra inteligencia y a lo efímero de nuestra vida pasajera. Pie ido buscando mi París de otro tiempo, sin encontrarlo, claro está, porque fué como si buscara mi juventud. Desde la estación del Quai D Orsay pedí que me llevara el taxi hasta la esquina que hacen en Montmartre el faubourg y el bulevar. Y anduve hacia Richelieu Drou, donde la calle se bifurca, bulevar de Haussman y bulevar de los Italianos, y, por éste, hacia Capucines, hacia la plaza de la Opera, hacia la Magdalena y, por la calle Royal, hasta la plaza de la Concordia. E n las bocacalles, para ordenar la circulación y señalar el paso de los peatones, se advierten en el asfalto, -en líneas paralelas de puntos brillantes, unas grandes cabezas de clavos como discos de plata bruñida. Tuve la sensación de que habían unido, pespunteado, cosido unas con otras, las calles de este París nuevo, muy francés siempre, pero más yanqui y menos cosmopolita, que se ofrecía a mis ojos en aquella mañana de invierno bajo un sol tímido que se fingía reluciente en los escaparates de las desiertas joyerías da la rué de l a P a i x Luego, mi ansia de bohemio y mi conciencia de burgués fueron a buscar la economía del tranvía metropolitano. Sólo dos horas había pasado en é! buscando mi correspondencia de billete, de una estación a otra, y cuando salí del subsuelo ya las luces de la villa luntiére horadaban la niebla de la noche. E n estas jornadas de invierno París no tiene aprés tnidi como el fauno de Mallarmée, y ninfas y sátiros viven de noche su orgía de amor libre en plena calle y de desnudismo bailarín en teatros, dancing y cabarets. M e dia burguesía francesa no ve las calles de la ciudad: se agita en las entrañas de P a rís, es la sangre de París que corre pollas arterias del Metro. Todavía en los barrios bajos, la calle de la Gaite, calle de l a alegría, ajena a la influencia norteamericana, guarda aquel aire bullicioso y pintoresco de las barriadas populares, de 1500. Luces de cines baratos, de cajas de vicio- -boites, dicen los franceses- con sus tabernas siembre un poco marineras y sus t i nieblas tenebrosas y, sin embargo, brillantes en pupilas patibularias, bajo las viseras de SALAVERRIA HORAS DE PARÍS (Primera divagación) Aquella noche, en París, se nos hizo de pronto dulce la nostalgia. Hasta el café de Brebant, donde solíamos reunimos un grupo de españoles- -para no hablar de política y para recordar a España- -llegaba Mariano Daranas, relucientes los ojos, gestero y íaanoteador, con el entusiasmo expresivo de un E l público debe leer diariamente nuestra sección de anuncios por palabras clasificados en secciones. E n ellos encontrará constantemente asuntos que pueden interesarle.
 // Cambio Nodo4-Sevilla