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las gorras ínárseííesas, y áíbáyáldé y bermellón en las caras de las grisetas, pintadas como las apaches de las revistas teatrales de Careo. Los organillos muelen sus v i drios de música y los gramófonos graznan la java. Tras el mostrador de cinc, él tabernero grande, gordo, con su camiseta a listas y sus bigotes de morsa: un tabernero teatral y cinematográfico, de comedia y de film de Pagnol. E n verdad, en este París, que voy descubriendo, todo es todavía un poco 19 CO. París lo tuvo todo antes que Madrid- -i estamos tan atrasados nosotros! pero M a d n d que lo tuvo mucho después, anduvo y ancla, y en París, Correos, Telégrafos, Teléfonos, por ejemplo, son todavía de 1900. Más tarde aún volví a Montmartre, huyendo del pintoresquismo postizo, para caza de extranjeros, de Montparnasse, y luego quise matar mi noche, mi primera noche de París, en el bulevar de los Italianos, en el viejo café Napolitano, para mí lleno de recuerdos literarios: allí dicen que Pablo Verlaine, se hundía, como Glauco, el dios marino, en la ilusión de mar verde que le regalaba el ajenjo; allí escuché yo muchas veces a Luis Bonafoux, gambetiano h u morista, trinar contra todos los presbíteros del orbe; allí me enseñó a amar Gómez Carrillo el alma encantadora de su París; de allí no ha mucho sacaron a E n r i que moribundo cuando el incendio de su vida se le escapaba, apagándose por el humo de sus cabellos. Una orquestina tocaba una tarantela valenciana- -yo no tengo la culpa del contrasentido musical- de las que hicieron célebre a Raquel Meller. Y a en l a calle, desierta, leí en un cartel el anuncio de una película con episodios de la M a t a- H a r i Todavía lloré por las calumnias que habían un tiempo herido al camarada muerto. Desierta la calle, he dicho, y así era la verdad, y eran apenas las dos de la madrugada. París no tiene la vida nocturna de otro tiempo; su población flotante ha f L a rtiuéríé d e u n a aviadora. disminuido considerablemente; los americanos del Sur, inseguras sus rentas, han vuelto a sus repúblicas; sólo unos yanquis, agradecidos a Lafayette, vienen a ver cómo sus dólares se pluralizan en francos; pero van imponiendo su gusto, y el esprit, lentamente, pierde esprit... E l francés, a fuerza de cobrar y pagar las deudas de la guerra, ha aprendido a contar: sigue siendo gourtnet y gournvmt, voluptuoso y artista, y ama el lujo y sentiría, como lo sintió siempre, el gozo de v i v i r pero ha aprendido a contar, y cuenta sus francos... ¡Y está un poco triste! Llevo treinta días buscando m i París de otro tiempo, y, claro, no lo encuentro, porque es como si buscase m i juventud. A lo largo de los bulevares pasa junto a mí el alma encantadora de París, que está toda en sus mujeres llenas de belleza y de elegancia; pero yo no paso como antes, sino como Antonio Machado en uno de sus versos: Y o t a m b i é n p a s o viejo y t r i s t ó n D e n t r o d e l p e c h o l l e v o u n león. una niña casi. Tenía dieciséis años, había remontado- el vuelo en Itaifa se proponía llegar a la India. Gaby Angelini cayó, con su aparato, al sudo, cuando marchaba sobre el África del Norte. Hela aquí al emprender la expedición que le ha costado la vida. (Foto Ortis- Keystone. Algunas noches me voy a soñar bajo c! A r c o del T r i u n f o allí parece estar toda e! alma de Francia, de esta Francia que sabe su historia y se empeña en ignorar la ajena; pero que se siente a sí misma y no se olvida, y allí está, vibrante y luminosa, en la lámpara votiva que arde perenne sobre la tumba del soldado desconocido. E n vano he esperado muchas noches una aparición fantástica: toda una pléyade de esqueletos que viniera a danzar en torno al fuego, como en un bailable de ópera. P o dría ser la danza macabra de Camilo SaintSaens, y sería un espectáculo grandioso, evocador, artístico... Y también pacifista. FELIPE SASSCm París, diciembre, 1932, flflURA Y f I J f Z A Destape un irasco de A g u a de C o l o n i a F l o r e s del C a m p o Quedará encantada de su perfume, por su finura especial. Vierta algunas gotas en el pañuelo o en una prenda interior; notará la fijeza del aroma, que se conserva por largo tiempo. Üsela para fricciones; llevará usted consigo durante el día un invisible, pero fragante ramo de finísimas flores naturales. á X AGUO DE (OLODIft f LORES DEL (A M P O F R A S C O G R A N D E 12 PTAS. -PEQUEÑO, 2,50 PERFUMERÍA- II r r E y y: W fOMJAM M A Á- -D RID J ice
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