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NOVELA PE XAMñ GREY TRADUCIDA POR LA S E Ñ O R I T A I S A B E L- L A C A S A (CONTINUACIÓN) y pájaros. Los únicos seres vivientes que vio fueron las truchas, que le enseñó Glenn al pasar por delante dé los límpidos remansos del río. Los enormes guijarros, que se alineaban como si hubieran sido ganados que sé dirigieran a beber agua en el río; las. obscuras cuevas que había bajo las rocas, donde el agua murmuraba con Sonido, burlón; las grises plantas de poca altura, con su forma puntiaguda, que parecían antiquísimas, con un largo tronco en el centró, que sobresalía irguiendo. su arrogante cabeza, y qué Glenn llamó cactus; las. estrechas gargantas, con sus perpendiculares paredes rojas, donde el río caía en cascadas ambarinas y blancas de peña en peña, saltando y cantando su melodía acuática, tbdó aquéllo tenía un; encanto, extraño para Carley, que estaba, fascinada por los diferentes aspectos de aquélla Salvaje tierra. Parecían símbolos de los solitarios pieles rojas y usos antepasados. Aquel rüdó contraste hacía que se deseara más vehementemente que nunca las comodidades y convenciones de la civilización. La teoría del hombre cavernario no le interesaba a Carley más que corrió un aspecto dé la mitología. L a cañada en que vivía Glenn se hacia cada vez más solitaria, salvaje y grandiosa. Carley se vio forzada finalmente a fijar su atención en las incomensurables alturas dé las cañadas, y separando la vista de lo que había en su. fóndó. ¡Qué diferencia más enorme! Lo que veía junto a ella le parecían objetos conocidos, que podía coger al pasar y dejarlos atrás después Pero las rocas de oro y purpura que se recortaban eotttra el cielo, las alargadas peñas, los rispos donde anidaban las águilas, las elevadas y distantes murallas, dónde se veían las huellas de las luchas de ios dioses, todo aquello la perseguía, porque nunca podría poseerlos. Carley había contemplado con frecuencia los Alpes cómo célebre panorama. Los admiraba, se daba cuenta dé su belleza, pero después se olvidaba de lo que había visto. Pero las alturas de- lá cañada no lé producían aquel efecto; Le producían üriá ligera sensación dé desagrado, y corrió rio comprendía, éh cjüé consistía aquél desagrado, acabó por decidir que era de sí misino. Ver, contempla soñar, buscar, esforzarse, resistir, encontrar. ¿Era aquélla acaso su significación? Su vista podía hacerla pensar éri lo vasta qUe era la tierra, en su eternidad y sus insondables misterios. ¡Pero, qué más podía recordarle! L a tormenta qué amenazaba hacía ya un rato ennegreció el cielo, y una. serié dé grises nubes se deslizaban rápidamente, ocultando el borde de la cañada. Empezó á llover y a caer aguanieve. E l viento soplaba por entre los pinos, ahogando el ruido producido por el río. De repente, empezó, a hacer un frió. intensísimo. Carley había olvidado sus guantes, y los bolsillos de su vestido no servían para protegerle. Glenn la condujo a un escondrijo resguardado. Una roca qué sobresalía y un grupo de pinos jóvenes disminuían la fuerza del viento. Carley se sentó sobre una fría roca, se apretó contra Gíerin y se sintió profundamente desgraciada. Glenn, no no soló parecía contentó, sino qué se sentía completamente feliz. sada. Qué agradable le. parecía estar bajo cubierto y junto al hogar abierto. Carley vio la cabana desde un nuevo punto de vista, y reconoció que, después de todo, no estaba del todo mal. -Ahora hagamos un buen fuego y después comeremos- -anun- ció Glenn, con el aire de alguien que pisa terreno firm. e. ¿Puedo ayudarte en algo? -preguntó Carley. -Hoy, no. No quiero que me hagas en este, momento ninguna demostración de tu ciencia doméstica. Carley- no tenía ningún interés en dar muestras de su ignorancia. Miraba. a Glenn con creciente curiosidad e interés. L o primero que hizo fué echar leña al humeante fuego. -Tengo jamón- y cordero criados por mí mismo- -anunció Glenn, dándose importancia- Qué prefieres comer? ¿Que los has criado tú? ¿Qué quieres decir? -preguntó Carley. -Querida mía, tan cegada has estado por la multitud, que no ves las necesidades. de la vida doméstica. Quiero decir que tengo aquí carne de cerdo y de cordero criados por mí mismo. Por eso te he dicho que tenía cordero y jamón. ¿Qué prefieres? -i Jamón! -exclamó Carley llena de incredulidad. Sin pronunciar más palabras, empezó Glenn a moverse activamente, de un lado para otro. Carley seguía atentamente todos sus movimientos. Un hombre qué desempeña los menesteres femeninos resulta siempre gracioso. Tratándose de Glenn Kilbourne, ¿no iba- a interesarle? Evidentemente, sabía lo que se hacía, porque todos sus movimientos eran rápidos y seguros. Fué colocando bolsas, latas, sacos, cacerolas y demás utensilios, sobre la mesa. Después arregló con el pie algunos leños del ardiente fuego, que se habían salido de su sitio. Salió de la cabana y volvió a entrar, llevando un cubó de agua, un barreño, toalla. y jabón. Después descolgó dos. cacerolas pequeñas de hierro, con pesadas tapaderas. Eran de forma muy extraña. Las dos cacerolas tenían, asas de alambre. Quitó las tapaderas y puso las cacerolas sobre el fuego, ó, mejor dicho, dentro de él. Echó. agua en el barreño y procelió a lavarse las manos. A continuación cogió una cazuela grande y la llenó hasta la mitad de harina. Añadió un poco de levadura y sal. Fué una lección para Carley el verle repasar la harina entre sus diestros dedos- para hacer desaparecer los terrones. Después se arrodilló delante del. fuego, y, levantando una de las cacerolas con un palo en forma de tenedor, procedió a. limpiarla y frotar el fondo con un, poco de grasa. E n seguida arregló con el mismo palo los rojos carbones y colocó encima la cacerola. Quitó, asimismo, el otro cacharro de la lumbre, dejándolo muy cerca del fuego. -Que, ¿atiendes bien? -dijo orgullosamente mirándola de repente- ¿No te dije que te sorprendería? -No te ocupes de mí. Nunca me he sentido tan feliz ni tan asombrada- -contestó Carley. Glenn volvió hacia la mesa y sacó algo de una gran lata color- -Esto es magnífico- -dijo- Llevaba, el abrigo abierto, las Manó? sin. guantes y contemplaba y oía la tormenta con delicia rojo. Se detuvo un momento para mirar a Carley. ¿Sabes hacer galletas, muchacha? -preguntó. manifiesta. Carley no quería dejar de ver lo cobarde que era, y, -Quizá lo sabía en mis tiempos de colegial, pero lo he olea gü consecuencia, se resignó a su sino. Le parecía que sus enttíffl ecí dós dedos se convertían en hielo, y. su sensitiva nariz se le vidado- -contestó ella. ¡Sabes hacer tarta de manzana? -preguntó GÍenn irnperioiba helando asimismo, lentamente, produciéndole intenso, dolor. Si ¡embargo, la tormenta pasó antes de que Carley diera prue- sámente. -No- -contestó Carley. bas e ffejjte del su abyecta desesperación. Consiguió andar. al mis- ¿Entonces, cómo piensas dar gustó a tú marido? HÍQ f g s ps Glenn, y él ejercicio le hizo entrar en calor. Cada- -Cómo, pues casándome con él, supongo- -contestó Carley vcSfS Qtíé; téaís que subir una cuesta, por muy ligera que fuera, como pesando un problema. tüSíS fuegS gífa n dificultad en recobrar el ritmo de la respiración. -Ese ha sido el punto de vista universal de las mujeres No; ríabía díidá dé. que en la cañada soplaba el aire en gran abun- dá f ci p ér d siri saber por qué parecía faltarle. Glenn lo observó, durante muchos años- -dijo Glenn accionando con una mano cubierta de harina- Pero esas ideas no les sirvieron de nada a y íé dijo que aquel fenómeno se debía a la altura. Cuando llegaron a la cafería, Carley estaba empapada, rígida, helada y muy. can (Se. cotiíizxwá, 17
 // Cambio Nodo4-Sevilla