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YO, PALETO, E N LOS, TEATROS D E PARÍS (Segunda divagación) N Nada m á s complicado ni niás caro que llegar a ocupar una butaca en un teatro de P a r í s Recuerdo, ahora, que l a primera vez, después de cinco años- ¡ya había perdido la costumbre! llegué a ella cansado el cuerpo y muy enflaquecida la cartera; P r i mero fué en la taquilla, el espanto ante los precios: sesenta francos una localidad corriente, de patio, ni muy delante ni muy a t r á s Madrileño viejo, aunque no haya tenido la fortuna de nacer en Madrid, la pag u é a regañadientes, después de haber traducido al castellano m i dinero: exactamente, veintiocho francos con ochenta céntimos al cambio actual. Luego, cuando iba a entrarme muy orondo por la puerta principal, me detuvo un hombre de librea: la localidad estaba sin numerar, y había que pasar por el burean de location. P e n s é que así hacen con los vales en los teatros de M a drid, y me entristecí un momento. Salió de mi bolsillo la primera propina de la noche, para que me dieran un n ú m e r o bueno: total, un modestísimo franco. Y a en el p r i mer foyer, otro señor de librea con el programa de la función. ¿Cómo rechazarlo, si quería enterarme del nombre de los actores? M e dieron un folletito de papel satinado, María Brá, Isbert y Tudela en la comedia, de Enrique Suáres de D esa, Mi distinguida familia que se representa en el teatro María Isabel, (Foto Zegrl. lleno de anuncios y jotos, a cambio de tres francos cincuenta. Recorrí unas alfombras mullidas v espesas, que daban a mis pasos un silencio fantasmagórico. U n a soubreíte preciosa, rubia como uno de esos luises de oro que ya no se ven en Francia, se adelantó, a psdirme gabán y sombrero. -Dabarrassez voits, monsieur; par ici le vesliare! E n los labios pintados en forma de corazón, la voz zigzagueó cantando con aflautados y graciosos tonos de tirolesa. Y o me quedé lelo mirándola, y ella agregó, con un mohín melancólico: -Deux fraitcs, pour la niaison. monsieur. Me decía que l a casa cobraba dos francos por prenda, Y ella? Esta pregunta t á c i ta la leí en la h ú m e d a súplica de sus pupilas color de violeta. L e di cuatro francos. A cuerpo libre, enfundado en m i smoking, me m i r é todo entero en un espejo del segundo foyer, y me encontré tan distinguido y tan guapo- -el lector me perdone- -con m i cabellera blanca, de peliculero, y m i monoele muy britariizante y muy snob, que no supe renunciar a la flor que para mi solapa me ofrecía otra- muchacha, con los labios m á s rojos que sus rosas, y los ojos y el peló como la endrina. Como no supe improvisar un madrigal en francés, le di, con una reverencia cortesana, un billetito de cinco francos. Para agradecerme tuvo l a bondad de indicarme a la acomodadora. Esta tenía el. pelo platinado como una star de cinema, o como una girl de revista; la seguí lleno de ilusión, mirándole los hombros de estatua y los abuelitos del cogote de un blancc- v brillante y suave de alabastro. M e alargó unos gemelos, por los que me pidió treinta Margarita Xirgu y Enrique Boiras en una escena del tercer acto del misterio, y cinco francos de depósito y cinco m á s etPtres jornadas y un- epílogo, El otro de D. Miguel de Unamuno, estrenado de alquiler. Cogió el dinero y se quedó quieta, con la cabecita inclinada, cerno e! perro h. b anoche en el Español. (Foto Zegrí.
 // Cambio Nodo4-Sevilla