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de b vez de su amo: pero no ladró. Se limitó a suplicar, muy mimosa: ¿Mon f- clübenéfico? E r a una chiquilla distinguida; sin duda no era borracha, y no se atrevió a pcdi su para beber, su pourboire. A g r e g u é tres francos. Sonaren dentro, detrás del proscenio, unos golpes de maza, como si patearan por anticipado la comedia, y de repente se levantó el telón. ¡A l fin! Después del primer acto de La flcur de Pois, me quedé muy repantigado en mi asiento, temeroso de que me pidieran dinero si me movía, y me dediqué a mirar la sala del teatro de L a Michodiére, que era pecueñita, coqueta, muy limpia, muy recogida y decorada con los clásicos terciopelos rojos de todos los teatros de verdad. Luego me divertí con la comedia, una sátira picaresca y atrevida, compuesta con la finura en él habitual, con que su autor, Bourdet, que es el mismo de La prisionera, suele tratar los temas m á s escabrosos, cultivando el castigal ridendo mores, del clásico M e enteré de que Margarita Dcrval, la dama de carácter, seguía, a pesar de los años, siendo tan mona como cuando era primera actriz, y era ahora, gracias a los años, mucho mejor cómica; que Luis B o u cher es un gran actor de comedia, por la sencillez elegante, la sobriedad y la natuturalidad maravillosa, y de que todos los actores y actrices, correctísimos y elegantes en el vestir y el accionar, interpretaban con eficacia impecable una comedia deliciosa que j a m á s podría representarse en M a drid. Este convencimiento- -más un limón exprimido- -citrón presse- como allí llaman a la limonada del tiempo, que me tomé en el segundo entreacto, y el precio del taxi que me llevó a tarifa doble, dieciocho francos, hasta mi hotel, me había costado, traducido a pesetas, cincuenta unidades con ochenta y ocho centésimas, si P i t á g o ras no era un animal. Por el mismo dinero m á s o menos, másbien m á s que menos, me seguí enterando durante treinta noches de todo lo que sigue: Que en P a r í s en casi ningún teatro hay localidades de precio democrático, y el arte se considera siempre como un lujo. Que. el público parisiense va siempre a los espectáculos de buena fe, y no existe allí aquel espectador que en Madrid, en un estreno, antes del primer acto, cuando era nuevo todo lo que iba a ver, exclamó en el vestíbulo del teatro, blandiendo una garrota enorme: Vamos a ver qué birria es ésta que nos dan esta noche con lo que se asustaron y asombraron no poco Pene C a denas y quien esto escribe. E l público de P a r í s escucha y espera, y no se indigna ni grita nunca, porque se le antoja incómodo y sabe que no vale la pena. Q u e ama en. el teatro las palabras, y no el dinamismo tan sólo, peculiar del cinc, y por eso nada le parece largo cuando es bello. v entra en todas las situaciones que le ofrece el autor, sin exigir verosimilitud, sino destreza y hermosura. P o r eso A n d r é s Savoir puede hacer comedias en P a r í s y Achard v Pagnol son los autores preferidos del público, y los míos, v en Francia, autor d a m á t i c o v literato, son una sola cosa. Que maclame Silvy es la mejor actriz de Francia, y, ñor consiguiente, una de as mejores de Europa, y Gaby Morlay y V a len fine Tcssier, dos actrices encantadoras. Que la ternura no le avergüenza a nadie. y a l a gente no le horroriza pensar ni sentir en el teatro. Que en nombre del arte se perdona todo, y nadie piensa que Francisco Careo, por ejemplo, sea un autor de revistas pornográficas. E l público ve sus revistas desnudas, o con apaches desvergonzados, y exclama: tiene mucho talento. Q u e y a no se ven decoraciones cubistas rriás que en el teatro Guignol, donde se representan las peores comedias del mundo, sin oue nadie las patee. Que ios cómicos todos han adoptado esa sencilla y difícil naturalidad que les enseñó Luciano Guiíry. Menos en la Coinedia Francesa donde siguen cantando los discí pillos del que fué Mcunct Suliy, aquél, se- gun frase feliz de Jules Renard, que era Júpiter Tonanie profesor de declamación. Allí cantan m á s que en la Gran Opera y en la Opera Cómica, donde todo hace falta para ser cantante, menos voz. Que el público francés, por no tomarse la molestia de estudiar costumbres extrafías, y por ignorar todo lo qiie no es F r a n cia, se divierte con lo exótico que le pongan en escena, y, a pesar, de su nacionalismo, y acaso porque sabe que los triunfos escénicos son siempre efímeros, les perdona todo a les aríistas extranjeros, hasta su francés extraño a E l v i r a Popesco, y el m á s inadmisible todavía de Raquel Meller cuando se mete a hacer comedias, que es como si el diablo cazase moscas con el rabo. Que hay dos cancionistas en P a r í s que no tienen nada que aprender de las de fuera, y se llaman Lucienne Boyer y Cora M a dou. L a segunda es, sin disputa, l a mejor cantante a dicción del mundo. Sus canciones son un curso de arte escénico, lírico y dramático, de gracia y de poesía. Que hay una artista extranjera en P a r í s que no triunfa por extranjera, ni por protección de nadie, sino por virtud de su arte serio, encantador e insuperable, y es española y sé llama Antonia Mercó, L a Argentina. Que en todos los cinematógrafos se permite fumar, acaso para dejar establecida la categoría del espectáculo. Que Si. gnoret no hace El avaro, de M o liere, mejor que Francisco Morano, ni mucho menos. Que viendo las carteleras de los teatros de P a r í s se advierte que para los parisienses no hay obras viejas ni nuevas, sino buenas y malas. Que el público que acude a ver La dama de las camelias, centenaria durante esta ten porada en el teatro de Sarán B e r n a r d ü i cree que es una obra nueva, y algunos hasta llaman al autor. Todos los días se muere tísica o se tira al Sena una Margarita Gautier, abrumada por un conflicto sentimental. Que el afán de lo exótico y de la moda, no repara en colores. Pero, decididamente, resulta que a mí no me gusta lo negro, y toda mi sensibilidad de europeo se siente lastimada por el triunfo de Josefina Baker. Acaso ella tenga una obscura conciencia de su obscuridad, y por eso es una negra que se pinta la cara cómo una blanca. A mí me recuerda un libro curioso y divertido de Félicién Champsaur, La guenon devenue femmc. Que la mayor parte de las obras aplaudidas en P a r í s no gustarían ni a nuestros empresarios, ni a nuestros críticos, en cuanto las vieran en español, ni siquiera a nuestros cómicos. ¿Y al público? ¿S e r á verdad que el público tiene el teatro que se merece? Todos estos convencimientos me costaron el dinero de mi trabajó, y así he podido pasar sin temores la frontera. Solo conmigo; con mi- persona, hubieran podido quedarse en la Aduana. Apenas liegué fui a un teatro de Madrid. E n t s é pronto; no me costó un céntimo; dos taquilleras muy guapas y muy simpáticas, le pusieron un n ú mero a mi vale; llegué sin flor y con mi gabán hasta mi butaca; pero se representaba una comedia... ¿c ó m i c a? con muchos retruécanos y chulerías, y me aburrí como una ostra, mientras el público reía a carcajadas. Luego, por la m a ñ a n a que siguió a aquella noche, ful, gracias a Dios, a visitar a jacinto Benavente y a charlar con é! porque a Benavente no lo pude encontrar cu París. FELIPE S A S S O N E La iiesta del entremés que sé verificó ayer, en el Cómico, tísimo programa. (Foto Duque. 4. con un interesan-
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