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D O V E L A D E ZAME GREY TRADUCIDA POR L A SEÉORITA ISABEL L A C A S A (CONTINUACIÓN) alivio m á s consolador! Carley comprendió claramente l a diferencia que había entre montar a caballo en el Parque Central y en Arizona. Deploró haber elegido tan mal su montura. Spillbeans tenía un aspecto muy atractivo, pero el montarle. era altamente desagradable. F i o había dicho que su paso parecía el balanceo de una mecedora. Según Charley, el pastor, aquella muchacha del Oeste le jugaría algunas malas pasadas durante su estancia en Arizona. Fuera como fuera, Spillbeans dio muestras, de repente, de desear alcanzar a los otros caballos, y se puso al trote. Carley trató, en vano, de hacerle disminuir la marcha, y el suplicio recomenzó dé nuevo. L e parecía que tenía roto el tobillo izquierdo. E l estribo era pesado, y el cansancio no l a permitía tratar de evitar que su peso le torciera el pie hacia adentro. L a parte interior de la rodilla derecha le dolía intensamente, y no eran ésos sus únicos dolores. Carley esperaba aterrorizada a que se le repitiera la punzada del costado. Sabía que si volvía a sentirla caería del caballo irremisiblemente. Pero, afortunadamente, en el momento en que se empezaba a sentir dominada por la debilidad y el mareó, los caballos de delante aminoraron el paso al descender por una pendiente. E l camino bajaba haciendo zigzag hasta el fondo de una profunda cañada. Carley sintió que los dolores que m á s la molestaban disminuían. E n la vida había experimentado tal gratitud al sentirse aliviada. L a tarde estaba muy avanzada, y la puesta de sol aparecía envuelta en una neblina gris. A Hutter no le agradó el aspecto de aquellas nubes. -Te temo que tengamos mal tiempo. A Carley no le preocupaba en absoluto aquélla cuestión. Qué le importaba que hiciera mal tiempo, si a causa de él podía bajarse por fin del caballo! Glenn iba a su lado, y le preguntó, solícitamente si le había ido bien en la excursión. ¡H a sido el paseo m á s encantador de mi vida! Mintió la muchacha heroicamente. Y se sintió aliviada al ver que su prometido l a creía, y se com- placía en ello. Cuando atravesaron la cañada, vio que el desierto de cedros adquiría mayor altura, y cambiaba de aspecto. Los á r boles eran mayores, m á s verdes, con m á s follaje y m á s espesos. Los claros estaban cubiertos de hierba descolorida, y por todas partes se veían rocas cubiertas de liquen. H a b í a asimismo algunos pequeños cactus y unas flores de color rojo vivo, que- F i o llamó arbustos indios de arrebol, y que daban una nota de color á l- t o n o gris del paisaje. Glenn señaló las obscuras masas de nubes que rodeaban los picos. Hacia el Oeste, el panorama era sombrío y triste. Finalmente, los hombres y los caballos de carga, que iban delante, se detuvieron, en un terreno llano cubierto de hierba y de pequeños árboles. A l fondo se veía una cadena de colinas, redondeadas y suaves, de color g r i s y m á s allá, una, masa obscura de enormes montañas. Carley vio brillar agua entre los árboles; probablemente Spillbeans la vería u olería, porque emprendió el trote, con gran desesperación de la muchacha. que había llegado y a al límite de su resistencia y su paciencia. T i r ó de las riendas, y al ver que Spillbeans se obstinaba en seguir andando, le dio un golpe con el tacón. Entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir forzosamente. Sintió que las riendas se le escapaban de la mano, y que se despegaba de la silla de un salto. A l caer nuevamente, v i o que de nuevo empezaban los brincos que tanto la molestaban. M i r a d! -g r i t ó F i o- E l potro de Carley se va a encabritar. -A g á r r a l e bien, Carley- -gritó Glenn. Carley t r a t ó desesperadamente de seguir aquel consejo, pero Spillbeans l a lanzó fuera de la silla. Cayó nuevamente sobre el losio del caballo, y empezó a escurrirse de un lado para otro. 1 Asustada y furiosa, trató de agarrarse con la mano a l a silla, mientras sujetaba entre las rodillas al potro. Spillbeans se puso a saltar de. nuevo, y Carley soltó la silla, y, después de haberse escurrido por el musculoso lomo del potro, cayó al suelo invadida per una terrible sensación de debilidad, que parecía hacerle un. nudo en la garganta. Spillbeans. se dirigió al trote hacia el agua. Carley se sentó antes de que F i o y Glenn llegaran junto a ella. Se veía claramente que estaban preocupadas por lo ocurrido, pero les faltaba muy poco para echarse a reír. Carley sabía que no se había hecho nada, y tan feliz se sentía dé haberse bajado del caballo, que hubiera reído de buena gana asimismo. -Q u é bien le va el nombre a ese animal- -dijo- A mí me ha tirado al suelo, sin duda alguna, y me temo que parezca unverdadero saco de judías. ¿Carley, no te has hecho, daño? -preguntó Glenn riéndose, mientras la ayudaba a levantarse. -N o pero me siento ofendida en mi amor propio. Glenn soltó una alegre carcajada, y Hutter le hizo eco riéndose de manera estentórea. F i o sin embargo, parecía tener el suficiente dominio sobre sí misma para no hacer demostración a l guna. A Carley le pareció que tenía un aspecto muy extraño. -Dijiste que se iba a encabritar, ¿n o es así? -dijo Carley- ¡O h en realidad, no se ha encabritado! N o ha hecho m á s que dar unos cuantos saltos- -contestó. F i o que al ver que Carley no se enfadaba, rió alegremente, a su vez. Charley, el pastor, sonreía, y. parte de los hombres se volvieron, y Carley vio que les temblaban los hombros a consecuencia de su risa. -Reíd si queréis, salvajes del Oeste- -exclamó Carley- Comprendo que ha debido de ser cómico, y quisiera tomar las cosas como es debido... Pero os apuesto cualquier cosa a que m a ñ a n a vuelvo a montar el mismo caballo. -Claro que sí- -contestó F i o Evidentemente aquel pequeño incidente estrechó m á s las relaciones de todos. Carley s i n t i ó q u e a su sensación de humillación seguía una de alegría y buen humor. Sus amigos esperaban que le ocurrieran cosas por el estilo de la que le había pasado, y ella debía de hacer otro tanto, y sin ser osada ni pretender que no le importaba, debía por lo menos no resentirse con ellos. Carley anduvo de un lado para otro para desentumecer sus hinchados y doloridos miembros, y aprovechó la ocasión para observar el campamento y lo que sucedía en él. Después de mirarlo un rato aquel lugar tenia una atracción difícil de definir. Su vista abarcaba una gran extensión y aquellas colinas extrañas y simétricas de color gris que se elevaban al Norte la fascinaban y la repelían al mismo, tiempo. Junto a ella empieza una pendiente que acababa en un lago, rodeado de rocas que quizá tendría una milla de circunferencia. A alguna distancia y junto al agua vio una tienda de campana blanca y de forma cónica. E n aquel. paraje habían hecho hogueras que despedían columnas de humo azulado, y Carley vio moverse unas cuantas siluetas grises que tomó por corderos. Los hombres descargaron y quitaron las sillas a los caballos. A continuación les ataron las patas delanteras uno con otro y les soltaron. Estaba anocheciendo y los hombres parecían llevar a cabo su trabajo atenta y rápidamente. Glenn cortaba la maleza que rodeaba a un cedro de gruesas ramas, donde, según dijo a Carley, iba a instalar una cama para ella y F i o L o único que vio Carley que pudiera servir para semejante menester fué un bulto cubierto de lienzo. Glenn soltó una cuerda que lo sujetaba, y desenrollándolo j lo arrastró, colocándolo debajo del cedro. Extendió el lienzo, de: 1 (Se. continuará 29
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