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GALAS DE MADRID La Armería del Palacio- Museo. ESPADA D E D. JUAN D E AUSTRIA Y ESTANDARTES DE LEPANTO CRISTIANOS D E L A B A T A L L A MPASIBLE a l a transformación y a las v i c i situdes de cerca de cuatro siglos; en el mismo lugar (apenas una corta mudanza) donde el primer día se asentara, y que es en la parte occidental del Palacio mal llamado de Oriente- -ya que su situación es contraria a tal punto del horizonte en un extremo de la plaza que sobre el Campo del M o r o toma aquel nombre, perdura este Museo, que, dentro de su sencillez, es uno de los más interesantes y valiosos, dada la gran cantidad de armas p r i morosas y diversas curiosidades dignas de admirar en más de una visita. P o r su antigüedad, por su trabajo delicado y por su riqueza, es singular todo cuanto ordenadamente se coiTserva desde que en el año de 1565 se trajo de V a l l a do! id, constituyendo vivos y gloriosos recuerdos de nuestra historia patria. Cinco años antes del señalado, o sea en 1560, con motivo de haber fallecido el armero a cuyo cargo se hallaba la armería de Carlos I. hízose entrega de ésta ante noítario, en la citada ciudad castellana, al guardajoyas de Felipe I I Y a título de curiosidad bien merecía l a pena de limitar el presente trabajo a transcribir la procedencia y el gran valor histórico de no pocas armas y objetos, según as indicaciones de una relación antiquísima; pero quier o citar otra. porción ele cosas entresacadas ARMADURA DE NIdel amplio estudio que sobre este asunto Ñ O SIGLO X V I tengo hecho. E l arquitecto Gaspar de Vega construyó contiguo al Palacio, en la plaza y a citada, con destino a caballerizas, un edificio sencillo, pero de grande extensión, en cuya planta principal mandó colocar Felipe I I la armería de su progenitor, junto con sus trofeos y el tesoro que los Reyes Católicos habían conservado en el Alcázar segoviano. Felipe V y Carlos I I I tuvieron especial y amoroso cuidado de conservar este rincón, adicionando a la vasta colección, no pocos y preciados recuerdos. E s fama que en la revuelta del 2 de mayo de- 18- 08 invadido este recinto por el pueblo alborotado que buscaba amias para defenderse y mostrar su heroísmo, desaparecieron j i o pocos de aquellos objetos estimables que durante tantos años se habían conservado. Y cuando apenas se calmaren las lamentaciones por lo sucedido en la tal jornada, tres años después se repitió la pérdida de armas y objetos curiosos, con. motivo de vaciar el salón principal para dar en él un. baile dispuesto por José Bonaparte. Años después, hacia la mitad del siglo pasado, se restauró, ordenó y reconstituyó la antigua Armería, catalogando su tesoro. Afortunadamente pudieron contemplarse de nuevo las espadas de San Fernando y del C i d Campeador, las armaduras de Carlos I y Felipe el Hermoso, los trofeos de la batalla de Lepante, literas mantos y ballestas; pistolas, escopetas y dagas. E s inmenso el número de espadas, armaduras y diversos objetos, como estoques, estribos, lanzas, diuzos, sillas, cotas, ñechas, adargas, rodelas, en colecciones interesantísimas que se detatlan en los catálogos redactados en distintas épocas. Difícil es señalar lo más valioso n i lo más antiguo. Todo es atrayente y rico. A título de curiosidad se destacan la armadura de I) Juan de A u s t r i a la de Felipe I I la coracina del Emperador M a x i m i l i a n o I dé Alemania, l a corona del) Rtey Suintila, el pendón ganado a los inoros en la batalla dé Lepanto, un freno de caballo de l a época de los visigodos y un trozo del manto que envolvió el cuerpo de San Fernando. E s no sólo interesante, sino estimable, tanta belleza, porque constituye un tesoro donde el arte se manifiesta puramente en cincelados, forjas y filigranas. Durante l a revolución de 1868, y gracias al interés del duque de la Torre, se conservó en su sitio la Armería, amenazada con el traslado al Museo Arqueológico. Engrandecida en el reinado de D A l f o n s o X I I quien compró numerosos objetos procedentes de la colección de los duques del Infantado, e instalada de nuevo, padeció el imponente incendio de 1884, siendo lamentabilísima la pérdida sufrida. N o se tardó en, reparar el daño. Se apresuró l a restauración, consiguiéndose en breve plazo ver de nuevo instalado el Museo, que en 1887 se abrió provisionalmente al público. Veíase entonces en uno de los ángulos que habíanse librado del incendio el grandioso arco de piedra, almohadillado, que daba entrada a la plaza de Palacio, y que tenía todo el carácter de l a época dé. Felipe I I Bajo ese arco ideado por Valerizuela vieron nuestros ojos niños pasar Iris timbaleros de luenga barba. E l arco de la Armería era famosísimo y querido por los madrileños en aquellos días antañones en ique la villa no había pensado todavía e n remozarse y engrandecerse a impulsos del progreso. L o s forasteros le visitaban, cruzábanle los soldados que relevaban la guardia palatina, servía de citas a los enamorados y a los estudiantes novilleros. E r a algo típico de M a d r i d E n el año 1893 desapareció para ensanche y reforma de l a plaza, trasladándose al efecto la A r m e ría al pabellón del ala izquierda de Palacio, y que en el patrimonio de lo que fué Real Casa constituye una de las principales obras de la Regencia. Proclamada la segunda República, ahí está ese local q. ue da sobre el Campo del M o r o respetado y convertido en M u s e o- -l o que e r a- lo mismo que el Palacio monumental y suntuoso, con su rica colección de armas y recuerdos gloriosos que son gala de Madrid y org- ullo de España. t ANTONIO V E L A S C O ZAZO CASCO R E G A L A D O A FELIPE II POR E L REY EMMANUEL DE POR- TUGAL. (FOTO RUIZ VERNACCI)
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