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lancólica, resulta atractivo y simpático, coronado por el espesor revuelto de l a cabellera. E s un hermosísimo retrato, de prestancia inolvidable. Salomé, pintada por Ticiano, sostiene sobre un plato de oro la cabeza de San Juan, cuyos cabellos crespos desbordan y caen sobre el brazo de la terrible danzarina. Este brazo, así acariciado, es trozo m a r a villoso de pintura, de carne turgente, firme, lechosa y sonrosada, que se afina en la m u ñeca y más aún en los dedos, medio hundidos en la sombra que proyecta la áurea bandeja donde reposa la cabeza del decapitado, sumidos los ojos bajo la palidez de los párpados caídos, cerrada la boca entre el negror de l a barba. Esta Salomé, que es uno de los mejores cuadros de Ticiano, parece una niña inocente y púdica. U n a criada que está junto a ella la habla, parece preguntarla cuál es el destino que va a dar a la testa del B a u tista. Salomé medio la escucha con un gesto de graciosa indecisión, cual si fuese una chiquilla que, una vez obtenido el juguete, no supiese distraerse con él. A l tiempo que atiende a su camarista, miran sus ojos, lindísimos, casi ingenuos y algo de soslayo, al sangriento despojo, mientras la boca se pliega en un gesto semicompasivo, y sólo las aullas de la nariz, palpitando un poco, revelan la sensualidad oculta que movió a la hijastra de Herodes a pedir como precio de su danza la vida del mísero profeta degollado. U n ropaje riquísimo viste a Salomé, dejando al aire, entre anchos pliegues de seda y de batista, la blancura del escote, de los hombros, de la garganta, junto a la cual caen finos bucles del cabello. lUn fondo obscuro, roto por la abertura de un arco, sobre el que vuela un amor, que coron a el drama, sirve de apoyo a las dos figuras. T a l vez sea sólo defecto de cuadro tan DETALLE I E L A GALERÍA D E LOS ESPEJOS TICIANO. SALOME bellísimo, la expresión algo estúpida de l a criada, que m i r a a su señora y a la degollada cabeza del Precursor con la indiferencia de quien tontempla un d i a n o espectáculo, desprovisto de toda novedad. E n un pequeño salón aparte, lejos de la multitud de los otros cuadros, vive recoleta una de las más sublimes obras pictóricas que se conocen: el retrato del Papa Inocencio X pintado por Velázquez hacia 1650, durante su estancia en Roma, conforme reza la dedicatoria que puede leerse en el papel sostenido por la mano del Pontífice, y donde se ofrece a la Santidad del Reverendo Señor Inocencio X por Diego de Silva Velázquez, de la Cámara deSu Majestad Católica N o recuerdo qué crítico francés, al hablar de esta obra, decía que, con un fondo rojo, un sillón rojo, una vestidura roja y un rostro rojo. Velázquez ¡había creado un cuadro inolvidable. L a sensación de vida, de atmósfera real y respirable, que rodea al Papa, es tan fuerte, que su figura parece no hallarse sujeta a l lienzo, sino acomodada realmente en el alto sitial de velludo carmesí, claveteado y galoneado de oro, sobre el que brillan dos coruscantes remates de pulido bronce. Adlí está sentado para h eternidad el Papa Fanfili. S ts brazos- reposan en ¡os brazos del sillón. U n a mano sostiene el pa-
 // Cambio Nodo4-Sevilla