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Mi AMISTAD CON UN CABALLO ta ascensión a la Sierra de Gredos. MORO ÉN E L CENTRO, MONTADO POR TINA BELLA EXCURSIONISTA, SE DISPON E A EMPRENDER E L C A M I N O DIFÍCIL Y PESADO (FOTO J FUERTES) wB w r STÁBAMOS en la terraza del Parador, frente a las montañas del macizo central de Gredos, Juan Pujol, Julio Fuertes y yo. A l a es donde se me ocurrrió un día lanzar la idea: -Habría que hacer la interviú a uno de los caballos que hacen con los turistas la ascensión a la sierra. Pujol sonrió, y Fuertes iba a decir algo, cuando yo les aclaré: ¿No se ha visto uno, en los azares del destino de las letras, forzado a hacer la interviús a algunas malas? ¿Por qué no concedes esta mínima importancia a un caballo. Así surgió la idea. Después desistí de la interviú con el caballo; pero, a fuerza de asomarme al escenario de estas iierras, la amistad resultó espontánea, natural y casi conmovedora. E r a yo, en mi justa enemistad con el deporte y en mi desinterés absoluto por ver más de cerca aquellas montañas que se apreciaban muy suficientemente tomando café y fumando pitillos- -a despecho dé los balsámicos e insoportables pinos- -desde la terraza, era yo, digo, el único de los asiduos de Gredos que no haba subido sobre sus lomos negros, y al que guardaba seguramente una distinción. Tal vez me admiraba aquella baudeleriana inapetencia de cumbres, o quizá, a fuerza de ver que no le montaba nunca, llegó a pensar que yo era también un caballo. Llegaba hacia mí en un deseo desinteresado, y me acercaba el hocico a la mano obstinadamente; aunque yo se la mostraba vacía, no le decepcionaba, y ello me convenció de que se había entablado entre nosotros una amistad, y de que me consideraba ya un amigo, porque son los amigos los que jamás dan nada. Le fui observando. ¿Cómo vería el mundo? U n día, para identificarme más con él, me puse en cuatro patas sobre el suelo, y así, hice mi primera observación importante: que todo se ve lo mismo en dos pies que en cuatro. Así ftíí estableciendo comparaciones, y comprendí que una de las diferencias que existe entre un caballo y el que lo monta es que el que monta escribe unas tarjetas postales a sus amigos diciendo: Ayer fui a caballo a... Se llama Moro mi amigo. Se llama Moro porque es negro. Las gentes, verdaderamen- E Estos son los destinos de Moro y sus compañeros destinados a la ascensión de las montañas del macizo central de Gredos. Una vida tan sencilla, tan paciente, tan humilde, que casi parece la vida del hombre. No se puede evitar. Sentado sobre mi sillón de mimbre, uno se pone a hacer filosofía, a establecer un f ranciscanismo de ocasión junto a la cabezota de Moro, a la sombra húmeda de sus ojazos goyescos y melan- cólicos. Lanzando el humo de un pitillo al aire loco de resina, al cielo Htográfico azul y carpetovetónico de Gredos, va anocheciendo mientras hablo con Moro en dulce voz sin palabras: ¡Buen tiempo, Morol... Y o sigo mi ruta, ¿sabes? Voy ahora a unas tierras asomadas al mar, donde los hombres montan caballos de madera con alas blancas, y don- -Y otras veces, ¡ay, Moro 1- -le digo aca- de cruzan los caminos bueyes con orientales riciando su cuello barroco- llevas, huma- cuernos de fábula. ¡Buen tiempo, Morol nizándote y divinizándote en recuerdo de Dejo estas montañas y luego volveré a M a Júpiter, gentiles Europas de Baedeker y fdrid, a mi vida, a mis horribles deberes... finas madrileñas que ríen en tus grupas la A todos nos montan, Moro; todos cruzamos alegría de su domingo librado al cemento. calzadas peligrosas, riscos helados, para que nos paguen aquello en que nos alquilamos sin ganas ni gloria... ¿Qué quieres, Moro? Moro tiene ya catorce años. -ipNb eres ningún niño, Moro! -le Filosofía de la estación... Croniquilla de bosmimo al oído, mientras pone eréctil la ore- tezo... ¡La vida, Moro; ni más ni menos que nuestra vida! L a tuya y la mía. Y la de ja para entenderme mejor. San embargo, la vida no le- fatiga con ése... exceso. Pasados los pinares, cruza el TorCÉSAR G O N Z A L E Z- R U A N O te, no tienen demasiada imaginación. Se llama así, y puesto que éste es su bautismo, preciso es creer que Moro es un cabaillo converso. Converso de la paganía de estas luces, del laicismo de estas montañas. (La montaña se hace laica en Castilla desdé que Giner forma el cisma del Pirineo con su ¡Guadarrama frío y los hombres helados de la Institución Libre de Enseñanza comienzan las rutas del excursionismo a la sierra, desayunando con frutas y poniendo cara de asco cuando les ofrecen un vaso de vino. Se llama Moro, y lleva la misma vida que sus compañeros consagrados al turismo. Salen del Parador, de Navarredonda, o de Barajas con destino a los Galayos, al Circo da Gredos, donde estál la laguna, o a los llanos de Masajomera, donde, frecuentemente asaltado ahora, se alza aún el refugio de D. Alfonso de Borbón. Moro comprende perfectamente cuándo hay turistas. Esto es: cuándo le van a meter una jupa de cuatro a cinco horas por caminos difíciles, qué ya conoce de memoria. Ese día le despiertan temprano, sobre las cuatro de la mañana. Moro, que duerme, como vive, a la intemperie, abre sus grandes ojazos, de un negro goyesco, duro y exacto, tinta espesa que al sol beben obstinadas moscas, y se dispone a sufrir los preparativos. Sobre las nueve de la mañana, ensillado ya, Moro es montado. Unas veces toca el español exigente y nervioso, que nunca queda contento; otras, el alemán flemático o el galo pesado, que recuerda sobre el cuerpo rechoncho, de poca alzada, que no llega a la marca, el soldado feroz y tranquilo que con Carlos V I I I subía hacia la Toscana, arrasando aldeas con las armaduras recalentadas por el sol de la violenta primavera italiana. mes con el agua cerca del vientre, vadea dos gargantas más y algún riachuelo... Moro, siempre que cruza el agua, se detiene un momento y gusta el agua fresca, hamaca de das truenas. Después, el camino que a Moro le preocupa más es el paso de las Escareruelas, todo, de piedras, y en invierno cubiertas de hielos. Otro mal paso es la senda que lleva desde los barrerones al Circo, por su gran pendiente y el abismo que se abre a un lado. ¿Tiene miedo Moro? E l es sereno ante el peligro. Con el hielo o las piedras rodadas se cerciora bien antes de asentarse sobre una mano y dar el paso. Luego, a la vuéka, sabe tan bien el camino, que, sin necesidad de guías, regresa sobre sus huellas. Cuando entra en un camino ¡llano corre alegremente, pensando que ya están ganadas las diez pesetas que gana para su amo. Y entonces! entonces- ¡ay, Moroi- -el jinete dice irónicamente que parece un caballo de verdad...
 // Cambio Nodo4-Sevilla