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DOVELA DE ZAME GREY T R A D U C I D A P O R L A SEÑORITA I S A B E L L A C A S A (CONTINUACIÓN) jando ver gran cantidad de mantas. Sacó de debajo de las mantas dos almohadas pequeñas y aplastadas, y poniéndolas en el sitio correspondiente volvió hacia abajo parte de las mantas. -Garley, métete dentro, tápate bien con las mantas y cubre éstas con este lienzo embreado. Si llueve, ponte el lienzo por encima de la cabeza, y no té preocupes más de la lluvia. Aquel consejo era mucho más agradable dicho alegremente por Glenn que las posibilidades que sugería. Desde luego, aquel cedro no podía protegerla contra la lluvia y la nieve. -Glenn, ¿y los animales, gusanos y demás? -preguntó Carley. -Oh, hay algunas tarántulas, ciempiés y algún que otro escorpión. Pero no suelen aparecer por las noches. Lo único que te debe preocupar son las zorrillas, que producen la hidrofobia. ¿Y qué es eso? -preguntó Carley, completamente aterrorizada. -Las zorrillas son mofetas, ¿sabes? -contestó Glenn alegremente- A veces le muerde a uno un coyote rabioso y se hace uno terriblemente peligroso. No temas nada, y si te encuentras con él es posible que te muerda en la cara. Es extraño, pero casi siempre le muerden a uno en la nariz. Desde que estoy aquí ha habido dos hombres víctimas de esa mordedura. Uno de ellos murió y el otro tuvo que ir al Instituto Pasteur con un ataque muy desarrollado de hidrofobia. ¡Cielo santo! -exclamó Carley horrorizada. -No tienes por qué tener miedo- -dijo Glenn- Ataré uno de los perros cerca de tu cama. Carley se preguntaba si aquel tono indiferente que empleaba Glenn había sido adoptado en su honor o si era simplemente cuestión de asimilación de la vida del Oeste. Era probable que el mismo Glenn fuera capaz de jugarle alguna mala pasada. Carley trató de acostumbrarse a la idea del desastre para no perder completamente la serenidad cuando llegara el caso. Cuando anocheció empezó a soplar un viento frío y penetrante entre los cedros. Carley se hubiera acercado al fuego, aun en- el caso de no haber estado demasiado cansada para intentar moverse de donde estaba. A pesar de sus dolores hizo justicia a la cena, quedándose asombrada al comprobar que tenía tanto apetito que no le importaba comer aquellos alimentos tan poco refinados y tan fuertes. Antes de que acabaran de cenar se había hecho completamente de noche, y la obscuridad y el viento les envolvían pesadamente como una manta. Carley se aproximó aún más al fuego y no se movió de allí, limitándose a estar unos ratos de frente y otros de espalda para calentarse bien. Cuando estaba de frente le parecía que se le tostaban las manos, el rostro y las rodillas, mientras que la espalda se le helaba completamente. E l viento arrastraba el humo en todas direcciones. Cuando se volvía de lado para escapar del humo que se le metía en los ojos, produciéndole un gran escozor, parecía seguirla a todas partes. Los otros miembros de la partida estaban sentados cómodamente en sacos y rocas sin hacer mucho caso del humo, que tanto exasperaba a Carley. Glenn insistió dos veces en que se sentara en un asiento lúe le había preparado, pero prefirió estar de pie y moverse un foco por los alrededores. chocaban contra las rocas de la orilla. Glenn levantó una mano y dijo: -Escucha, Carley. La muchacha oyó entonces unos aullidos extraños y salvajes, entrecortados, penetrantes y terriblemente tristes. Aquel sonido la hizo estremecerse. -Son coyotes- -dijo Glenn- Ese coro llegará a entusiasmarte. Escucha cómo ladran los perros contestándoles. Carley escuchó con interés, pero se inclinaba a dudar que llegaran nunca a entusiasmarle aquellos aullidos tan salvajes. ¿Se acercan los coyotes a los campamentos? -preguntó. -Desde luego. A veces le arrancan a uno la almohada de debajo de la cabeza- -contestó Fio lacónicamente. Carley no hizo más preguntas. L a Historia Natural no era su asignatura favorita, y tenía la seguridad de poder pasarse perfectamente sin trabar conocimientos de ninguna clase con los animales del desierto. Sin embargo le pareció oír decir a uno de los hombres: Una fiera de gran tamaño ronda alrededor del ganado. A lo que contestó Hutter: Me parece que es un oso. Glenn añadió: V i huellas recientes cerca del lago. ¡E s una bestia enorme! E l calor de la lumbre la atontó, hasta el extremo de que apenas podía mantener la cabeza levantada. Tenía grandes deseos de acosi tarse, aunque fuera a cielo raso. Fio la llamó con las siguientes palabras Ven, vamos a andar un poco antes de acostarnos. Carley se dejó conducir de un lado para otro por un espacio abierto que había entre algunos cedros. E l extremo de aquel espacio abierto estaba muy obscuro y sombrío rodeado por completo de aquellos poblados cedros de misterioso aspecto, y Carley se sintió invadida por un temor que se avergonzaba de confesar. Fio le habló elocuentemente de las delicias de la vida de campamento, diciéndole que cuanto más duro fuera el trabajo y más resistencia y dolor precisara, se recordaba con más placer y orgullo. Carley pesaba el valor de aquellas palabras cuando Fio la cogió de repente por un brazo, murmurando con ansiedad: ¿Qué es eso? Carley se detuvo en seco. Había llegado al final de aquel espacio libre y habían dado la vuelta para emprender el regreso. E l res, plandor del hogar iluminaba pálidamente las sombras que había ante ellas. Los arbustos se agitaron y las frágiles ramas se quebraron. Carley sintió que le recorría la espalda un escalofrío. -Debe ser alguna fiera. Démonos prisa- -susurró Fio. Carley no necesitaba que la empujaran. Parecía ser que Fio no pensaba echar a correr. Andaba de prisa mirando hacia atrás por encima de su hombro, y cogiendo a Carley del brazo rodeó un cedro de gran tamaño que tapaba parte de la luz del fuego. L a obscuridad no era tan grande en aquel lugar. Carley vio en aquel misino momento una cosa bastante baja que se movía y que tenía gran cantidad de pelo color gris. Se quedó tan aterrorizada que le fué imposible pronunciar palabra. E l corazón le dio un terrible vuelco, pareciendo ir a detenérsele. ¿Qué ves? -gritó Fio de manera penetrante, mirando hacia Poco a poco fueron terminando los hombres sus. tareas y se adelante. ¡Oh! Ven, Carley. ¡Corre! acercaron todos al fuego para descansar, mientras charlaban y fuE l grito de Fio dejaba ver que estaba completamente aterrorimaban. Glenn y Hutter se pusieron a hablar con unos mejicanos que evidentemente debían ser pastores de ganado. L a conversación zada. Pero Carley parecía helada completamente en el sitio en que parecía interesarles extraordinariamente. Si el viento y el- frío no se encontraba. Tenía los ojos fijos en aquel objeto peludo de color la hubieran incomodado tanto, quizá hubiera encontrado Carley muy gris. E l animal se detuvo, y después siguió avanzando con mayor pintoresca aquella escena. ¡Qué negra era la noche! Casi no podía rapidez. Parecía aumentar de tamaño. Era un animal enorme. Carley distinguir el cielo. E l viento agitaba las ramas de los cedros y se sintiq incapaz de controlar su espíritu, ni su corazón, ni su voz, de la obscuridad llegaba hasta ellos el murmullo de las olas, que Se continuará. y IT i i ir mi i ii w r i- ir
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