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C O N S P IR A D O ALA FUERZA Parece que fué ayer, lector, cuando desde estas mismas columnas declaraba yo que. v i víamos en un período de libertad como nunca había disfrutado España hasta la fecha. Y sin embargo, no podía sospechar entonces que pronto iba a comprobarlo personalmente, como tantos otros ciudadanos inconscientes a quienes los sucesos del 1 0 de agosto les sorprendieron sin haberse inscrito antes en algún partido de extrema izquierda republicana. Eso me sucedió a mí. Tuve la i n sensatez de irme a veranear a San Sebastián, alegre y confiado. ¿Quién piensa hoy en irse a Francia, Estado burgués y capitalista, donde aún se toleran los títulos en la vida social y no se interrumpe el tráfico el Primero de Mayo? Pues bien; llevaba yo unos días en la bella Donostia, cuando en esto estallaron los sucesos del 1 0 de agosto. Inútil insistir sobre la sensación que éstos causaron, n i la inquietud que fué apoderándose de las gentes cuando, pasados unos días, después de haber declarado el Gobierno que aquello no tenía importancia, llovieron las detenciones en toda España. P o r lo visto, el complot había sido vastísimo y centenares de militares y de civiles, estos últimos en su mayoría aristócratas sospechosos de poco fervor al régimen actual, llenaban las cárceles de M a d r i d y de provincias; Personalidades muy ajenas al movimiento eran detenidas sin que las autoridades tuvieran la bondad de explicarles el motivo de la detención. Cuando un país tan avanzado como el- nuestro posee esa insubstituible ley de Defensa, pueden hacerse estas v otras muchas cosas con las personas y los bienes. Los derecho del ciudadano, la legalidad, la juridicidad y otras antiguallas del siglo, x i x son, como el texto de nuestra admirable Córisíifticióh, buenos para adornar el Museo Romántico y nada más. E l poder supremo, sin apelaciones, ló encarnan el Gobierno y la Dirección General de Seguridad, que dejan igualmente inseguros a la mayoría de los ciudadanos respecto a lo que pueda acaecerles. Y esto me si cedió por no haber atendido a los que me aconsejaban en aquellos días el cruzar la frontera. Y o no tenía por qué huir, no habiendo conspirado n i faltado en nada a la Ley. Y o entonces creía aún en la. Justicia, a secas, sin prever que bien pronto habría ésta de convertirse por inspiración mmis 6 teríal en Justicia republicana es decir, partidista. ¡Desgraciado de mí! Poique los Robespieirrés y los Scarpias en cuyas manos está nuestra suerte común, hoy día, decidieron que yo era un conspirador, o, al menos, que simpatizaba con los conspiradores. Y si no, de todos modos, que no me inspiraba un entusiasmo suficiente el perfil agrio de la República según la conocida frase de uno de sus primeros defensores. Sobraban, pues, motivos para detenerme y encarcelarme, aunque lo de motivo- sea un vano escrúpulo de legalidad- impropio de gobernantes revolucionarios. Dicho y. hecho. Detenido en San Sebastián el 1 4 de agosto con otro compañero i n voluntario en esta burda comedia policíaca, después de pasar una noche en aquel Gobierno civil, fuimos trasladados a Madrid, acompañados por dos amables agentes de Seguridad. E n M a d r i d pudimos comprobar cuan inútiles son los procedimientos jurídicos n i el concretar ninguna acusación definida cuando las autoridades de un Gobierno sienten escasas simpatías hacia determinado ciudadano. D a lo mismo que un minucioso registro, en el propio domicilio particular, no haya revelado l a más mínima prueba de haberse conspirado contra el Estado. N o por eso deja de estar uno considerado oficialmente como conspirador. Basta el haber saludado tres o cuatro veces al general Eulánez, que tomó parte en la conspiración, o el haber dicho que el H i m no de Riego carece de grandeza épica para ser ya candidato a la deportación, a la cárcel, a la expropiación, a la multa, al confinamiento o a tantos otros números de variedades como han contribuido estos últimos meses a la alegría de la Nacióu. A mí, pues, me tocó en suerte el ser tratado como conspirador honorario, en compañía de otros conspiradores auténticos o imaginarios. Esto quiere decir que pasé primero al inmundo calabozo de la Dirección general de Seguridad, bautizado por los presos la Tcheka, dados los rigores áe la incomunicación y lo antihigiénico y sucio del local, más propio para el ganado que para seres humanos. De ahí nos trasladaron a la Cárcel Modelo, donde la mayoría de nosotros hubimos de veranear en calidad de presos gubernativos N o es mi intención el describir aquí dramáticamente mis i m presiones de presidiario ni intentar conmover al lector. Primero, porque ya he de hacerlo, sin efectismos fáciles, en otro género de publicación. Y segundo, porque esta experiencia interesante, aunque harto prolongada, se me hizo muy soportable gracias a la jovial cordialidad de todos los compañeros y a la correcta actitud de! personal de la cárcel. M i optimismo filosófico padeció más eclipses que en las noches angustiosas en que eran separados bruscamente de nosotros aquellos infelices condenados al calvario de V i l l a Cisneros. N o hablemos de eso ahora, aunque el sombrío recuerdo persista entre aquellos que presenciamos esas escenas dignas de la Rusia bolchevique. Pero sí quiero explicarle al lector, aunque sea vagamente, lo que es un preso gubernativo bajo un gobierno moderno, progresivo y humano como el nuestro. H a y dos modos hoy día de permanecer en l a cárcel por tiempo indefinido. Uno es el de estar procesado y el otro es el de ser preso gubernativo Pues bien; cuando el juez, después de su interrogatorio, cree hallar alguna culpabilidad en el interrogado, este último sigue en la cárcel a disposición de ese alto funcionario. Y cuando el juez, como sucedió en mi caso, decreta la libertad del preso por estar convencido de su inocencia, la tal libertad no pasa de teórica y también se sigue en la cárcel, porque así lo disponen el ministro de la Gobernación y el director general de Seguridad. N o hace falta, pues, haber cometido delito alguno para ingresar en el nutrido grupo de los presos gubernativos Basta una soplonería cualquiera, una delación anónima, una sospecha sin fundamento y s; permanece semanas y meses en la cárcel, esperando que las autoridades gubernativas y policíacas se acordarán de uno en algún rano impulso de benevolencia. Y o estuve dos meses y días en la cárcel, sin que mediara explicación alguna entre la fecha que me detuvieron y la grata mañana en que me soltaron porque sí. M e doy de todos modos cuenta que si estos métodos de coacción, individual y colectiva eran inadmisibles bajo una dictadura de tipo monárquico, cuando esta dictadura ostenta etiqueta republicana y la representación, si no del pueblo, al menos de la Casa del Pueblo, todo le es permitido. L o malo es que así el ciudadano pacífico vive indefenso, expuesto a enfermar del corazón ante la íncertidumbre del mañana. E l no haber conspirado n i antes ni ahora es una garantía insuficiente dada la omnipotencia de los Poderes públicos. ALVARO A L C A L Á GALIANO Temporal en Valencia. El viento ha arrancado la techumbre de una obra en construcción, derrumbándola sobre los edificios contiguos, en los cuales causó grandes daños. El comedor de la portería de una de esas casas quedó así, y la portera, Teresa Gomes llaba m la estancia, se encuentra gravemente herida. (Fotos Barbera Masid. Peres, que se ha-
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