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MOVELñ BE Z ME GREY (CONTINUACIÓN) mañana estaba fría y le horrorizaba pensar en tener que lavarse con aquel agua heladora del desierto. -Que buen aspecto tienes- -dijo Fio a modo de saludo- V e n y desayuna antes de que emprendamos l a marcha. Carley se apresuró a obedecer aquel mandato del Oeste y se asombró de nuevo. al comprobar que no se le quitaba el apetito a pesar de las molestias que tenía por su poca costumbre de v i v i r en aquel ambiente. Glenn observó que por lo menos no se moriría de hambre durante aquella excursión. -V e n hasta aquella garganta conmigo- -invitó- Quiero que eches una mirada hacia el Norte y hacia el Este. L a condujo a t r a v é s de los cedros y subieron una pendiente de tierra rojiza que les alejaba del lago. Cárley vio una especie de montículo verde cubierto de rocas rojas que le pareció estar a poca distancia y ser de fácil ascensión. A costa de su respiración pudo comprobar que sus ojos la habían engañado, pues estaba lejos y tenía una gran altura. -M e gusta mucho este lugar- -dijo Glenn- S i tuviera dinero compraría este trozo de tierra- -seiscientas cuarenta acres- -y haría un rancho. E n l a falda de este montículo hay un espacio llano y abierto donde se podría construir una cabana. Desde allí podría uno ver a t r a v é s del desierto hasta Sunset Peak. H a y una fuente buena de agua de granito. Llevaría agua del lago hasta las llanuras que hay abajo, y estoy seguro de que haría un buen negocio. -i Cómo se llama este lugar? -preguntó Carley con curiosidad. -Lago Profundo. A h o r a nada m á s sirve de abrevadero de los corderos y demás ganado. Pero l a hierba es muy buena y me extrañ a que todavía no se haya instalado aquí nadie. Carley mi ó hacia abajo y comprendió su deseo de poseer aquellas tierras. Inmediatamente sintió el deseo de comprar aquellos terrenos antes de que nadie descubriera sus ventajas y guardárselo para Glenn. Pero aquello seguramente entorpecería su intención de persuadir a Glenn de que volviera al Este. Aquel impulso murió tan pronto cómo hubo nacido. D e re ente sintió una gran emoción al contemplar el paisaje. M i r ó hacia todos lados tratando de comprender aquel encanto misterioso que había en aquel lugar. E r a la tierra salvaje y solitaria de A r i z o n a! Veía cedros destrozados gris y verde, fajas de tierra roja y ú n espacio circular de agua que brillaba pálidamente bajo las nubes, que cada vez estaban m á s bajas. A lo lejos, colinas aisladas de curvas e x t r a ñ a s que conducían hacia una montaña negra que obscurecía el fondo del cielo. Todo aquello parecían simples peldaños por los que pasaba su vista para llegar al cielo por donde navegaban algunas nubes y cuyos fulgores dorados y rosados recordaban al sol y al Este. Carley contuvo la respiración contemplando l a transformación que tenía lugar ante sus ojos. -Carley, q u é amanecer m á s tormentoso- -dijo Glenn. Sus palabras explicaban lo que ocurría, pero no acababan de convencerla. ¿N o era acaso aquel glorioso espectáculo m á s que el sol que salía por detrás de unas nubes tormentosas? V e í a cómo se movían las nubes mientras se iban coloreando. E l tono gris que lo llenaba todo se rendía ante una pincelada mágica. Las rendijas se ensancharon y l a tristeza de aquel paisaje gris pálido pareció desvanecerse. Tras los redondeados bordes de las nubes rosa y blanco que se movían incesantemíínte brillaba el exquisito azul del cielo. Y un fulgor como de fuego, una explosión de oro derretido aparecía por encima de las ntflkss, inundando de luz solar todo aquel lugar. Transfiguraba completamente las redondas colinas que parecían bañadas en luz etérea y la neblina plateada que las cubría desaparecía a l a vista de Carley, mientras que un Resplandor rosado coronaba aquellas cúpulas simétricas. Hacia el Sur, y a lo largo de l a línea del horizonte, caían s á banas de lluvia iluminadas ligeramente. por el tinte de la aurora y que bajaban lentamente de las nubes a l a tierra. (Hacia el Norte había una cadena de colinas que conducía a la majestuosa cúpula de Sunset Peak, que era un montón volcánico de cenizas rojizas y purpúreas, tan pelado como la roca, redondeado como las colinas de menor altura y de un color maravilloso. Iluminada enteramente por el resplandor del sel saliente, presentaba un frente que no sufría cambio alguno. Carley comprendió en aquel momento lo que le habían dicho de aquel pico. L o s fuegos volcánicos habían producido una colosal montaña de cenizas quemada definitivamente y que brillaba siempre como si estuviera iluminada por un sol que se ponía. E n todos los momentos y a todas horas seguía fiel a su nombre. M á s al Norte se erguían las osadas cadenas de los Picos de San Francisco, que dominaban aquel paisaje del desierto a pesar de estar medio perdidos entre las nubes. D e repente vio Carley que las rendijas se empezaban a Cerrar de nuevo. E m p e z ó otra transformación, que era el reverso de. la que estaba contemplando. L a radiancia dorada de l a aurora se desvaneció y las redondas colinas recobraron su desolado y sombrío aspecto bajo una masa compacta de nubes grises que cada vez se aproximaban m á s a la tierra. E l verde desierto volvió a recobrar su frío aspecto. ¿Verdad que es precioso, Carley? -preguntó Glenn- Pues no es nada en comparación de lo que has de ver. Quisiera que estuvieras aquí hasta que hiciera buen tiempo. Quiero, que veas u n amanecer de verano en el Desierto Pintado, un mediodía con sus grandes nubes blancas que vienen desde el horizonte y un anochecer de p ú r p u r a y oro. S i esas cosas no te fascinan, me d a r é por vencido. Carley m u r m u r ó unas palabras apreciando la belleza de lo que acababa de ver. Parte de su observación l a desconcertaba y preocupaba, no pudiéndola apartar de su mente. ¡Esperaba que se quedara hasta el verano! Aquello l a halagaba, pero quería que sa visita fuera corta y pensaba terminarla haciendo que volviera con ella al Este. S i no le persuadía de que fuera con ella, quizá no quisiera volver, como decía en su carta, de momento Carley se sintió dominada por la preocupación. S i n embargo, aquel desconcierto mental no duró m á s que hasta que volvió con Glenn a l campamento, donde encontró al potro Spillbeans dispuesto a ser montado. L e pareció que levantaba una oreja y bajaba la otra, mirando a Carley con sorpresa, como diciendo: H o l a damisela, ¿v a s a montarme otra vez? Carley recordó que había asegurado que le volvería a montar. N o le quedaba alternativa alguna y sus temores no hacían m á s que empeorar la situación. S i n embargo, cuando sé montó tuvo la alucinación de que aquella perspectiva de montar a caballo durante millas y millas era realmente emocionante. Aquel extraordinario estado de ánimo d u r ó hasta que Spillbeans empezó, a trotar, y entonces empezó para Carley un nuevo día de sufrimientos simbolizados por aquellas largas distancias grises que tenía que recorrer. Se dio cuenta de que tanto los sufrimientos como la alegría tienen su fin. V i o l a monotonía de los cedros grises con ojos e m p a ñ a dos. E n cambio, el suelo lo veía con toda claridad, pues tenía l a vista constantemente fija en él en busca de lugares rocosos y arenosos donde su potro no pudiera trotar. A mediodía se detuvo la cabalgata que abría l a marcha cerca de una cabana y una empalizada, que resultó ser un rancho de ovejas perteneciente a Hutter. Glenn estaba tan ocupado que no pudo dedicarse a Carley, y F i o que estaba m á s a gusto montada a caballo que de pie sobre el suelo, siguió a caballo a todos los sitios Se continuarán. 23
 // Cambio Nodo4-Sevilla