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DIARIO DO. S 1 M ILUSTRA V GE AÑO OCTAVO NUMERO ÍO C T S F U N D A D O E L i. D E J U N I O D E 1905 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A ABC la hoja queda; afilada maravillosamente y no se gasta nunca. Así contribuyo a que se reduzca la masa, -por natural consunción. P o r lo mismo me niego a usar pluma estilográfica, encendedor automático y otro; muchos utensilios de discutible necesidad que produce la industria. Quiero impedir en lo posible que la masa aumente en proporciones bíblicas, que se nos eche encima, que nos aplasté. Habrá que defenderse seriamente contra la razón y la fuerza del número. Pero usted, los obreros... ¡N o n o! N i la menor sospecha. E l operario es respetable en grado supremo. Qué ha sido uno toda su. vida sino un trabajador? Y hasta un trabajador manual- más de una vez. Respeto y amor para ese operario que manipula el acero o la piedra, que elabora cosas útiles y buenas, que contribuye a la inteligencia y la hermosura de la vida civilizada. Pero de pronto Je ponen a uno ante una. factoría industrial, llena de fábricas y ruido de motores, donde trabajan cuatro mil obreros conscientes, y resulta que todo aquel aparato fabril está dedicado a elaborar fijador para el pelo Y encima pretende la masa imponernos su espíritu de l a vida y su interpretación de la cultura... Ocurre que la sociedad se había dejado arrebatar por un. optimismo excesivo, como si las posibilidades, dé la civilización fuesen infinitas. Todo se había proyectado en grande: grandes industrias, grandes capitales, grandes ciudades, grandes masas, grandes guerras, grandes lulos y gastos. A h o r a se trata de que la sociedad regrese a límites razonables. Que se. resigne a un tono más modesto de la vida. N o se logrará sin dramáticas resistencias, sin convulsiones y treniendos conflictos, sin que haya que sacrificar muchas cosas. Al- fin volverá todo a su cauce, porque los estados de locura, de fantasía, son siempre pasajeros en la Naturaleza. josÉ- ffl S A L A V E R R I A DIARIO DO. 10 ILUSTRAVI G E- AÑO SI M O C T A V O GTS. NUMERO NUMERO Y MASA Creo haber leído en algún lado que los librillos de papel de fumar van a tener que ir acompañados, por orden superior, de una hoja de las que usamos para afeitarnos. Como yo practico ía teoría del vaso la orden esa me resulta inútil. Con una hoja de afeitar tengo para un año, y me duraría siempre (cada día mejor afilada) si, aburrido de usarla tanto tiempo, no terminase, por cambiarla por otra. Todos los países del mundo están muy apurados con el problema de la conservar cióu del trabajo industrial. Se habían construido tantas tábricas, se habían creado tan ingentes masas de obreros, que ahora, en el momento del crac, -no saben qué hacer para salir del apuro. ¡T a n perfectamente como marchaba todo! Las fábricas surgían üna tras otra, como los hongos en el bosque. Las ciudades crecían como babilonias fabulosas. Y las masas proletarias aumentaban como las arenas del mar. P a recía que aquel movimiento de multiplicación no iba a extinguirse nunca. E r a la realización jocunda de aquella idea del progreso indefinido que entusiasmó a nuestros próximos antepasados, y el pueblo que con más juvenil alegría llevó adelante esa idea fué Norteamérica. Norteamérica, en efecto, creyó que el mundo no tenía fin, que nunca se agotarían las posibilidades de venta, y se puso a fabricar toda suerte de cosas necesarias, i n títiles y completamente estúpidas. Hasta que ha tropezado con el tone. ¡Stop! Y el mundo entero, que había adoptado. el trotecilló yanqui, se ha quedado perplejo y sin saber qué hacer. Se ha quedado con sus admirables fábricas, con sus poderosos Bancos, con sus millonarias masas de obreros sin ocupación. ¿y ué haremos con esas masas r Fueron creadas alegremente, con un fervor por la mayoría que a los sociólogos entusiasmaba. Las estadísticas no cesaban de anotar los aument. os. Todo se cifraba en el aumento y la multiplicación. Quien podía ostentar mayor número de habitantes, mayor cantidad de obreros, ese país se consideraba dichoso, Pero hoy, i cómo pesan las masas! H a y que proporcionarles ocupación, y no se encuentra; hay que alimentarlas, y cuesta muy caro. Y. después sucede que las masas, aprovechándose de la doctrina del número omnipotente, todavía exigen que se les entregue el Gobierno y la dirección de la sociedad. A s i lo han hecho ya en Rusia. Y encantados con el mágico triunfo de su despotismo indefinido, trabajan por extender a todo el mundo su hermoso sistema. E n una revista francesa he visto a André Suarés proferir indignados razona nientos contra esa ley del número y de la masa, que está pervirtiendo 7 amenazando nuestra civilización, nuestra cultura. Y en su ira de occidental vejado pide poco menos que un veneno fenomenal que destruya las masas invasoras. Pues qué, ¿vamos a dejarnos devorar como unas pobres ratas? -exclama Suarés. Yo no voy tan lejos, naturalmente. Y o me limito a prac- t. icar la teoría de! vaso. Meto en el i n terior del vaso una hoja de afeitar, la aprieto con el dedo contra la pared humedecida, manipulo un par de minutos, y ya está; Y LAS IDEAS LOS H O M B R ES Espartero Recuerdo que en mi juventud estaba en boga combatir la superstición del grande hombre y sostener que la Historia era producto de un conjunto de actividades colectivas, sociales, económicas, culturales, en cuyo fondo resaltaba (rae guardaré muy bien de decir que destacaba) la figura de un Rey o de un caudillo a quien se atribuía erróneamente todo lo bueno y todo lo malo que ocurría en su época. Paréceme, sin embargo, que se exageró la nota al E l público debe nuestra leer diariamente anuncios p o r sección d e palabras clasificados en secciones. E n e l l o s encontrará c o n s t a n t e m e n te a s u n t o s q u e p u e d e n i n t e r e s a r l e querer prescindir de la intervención eficiente del elemento personalísimo e individual aportado por los grandes caudillos. E n nuestros tiempos, fuerza es reconocer que son los hombres quienes deciden con su intervención personálísima las grandes crisis de la Historia. Las dos revoluciones políticas que registra la Humanidad én la postguerra y que no menos implican que una nueva concepción del Estado han sido debidas principalmente a una robusta y v i gorosa eficiencia personal. S i n Lení. n no hubiera existido el Estado bolchevique. S i n Mussolini no hubiéramos conocido él- Estado fascista. U n político catalán decía, comentando el resultado de las elecciones verificadas- recientemente para constituir el primer P a r lamento de Cataluña, que allí la lucha se personificaba en los hombres políticos; E l elemento catalanista o, mejor dicho, nacionalista se concentraba en Maciá y en Cambó; el elemento españolista e L e r r o u x y n en Marcelino Domingo. Ejemplo de esta intervención personal en la historia política de España es el- caso de Espartero, sin el cual no se concibe al partido progresista, y sin el partido progresista no hubiera habido en España n i régimen constitucional, ni libertad, ni democracia. P o r eso es de gran interés y oportunidad el nuevo libro del conde de Romanones; t i tulado Espartero. El general del pueblo. N o hubo nadie én. España más popular que el héroe de Luchana, aunque también conoció- las amarguras de; la derrota, y si estuvo a dos dedos de ser Rey, también le faltó muy poco para ser fusilado. Entre todas las páginas de este precioso libro hay dos que me han ¡impresionado especialmente, pues en ellas se. relatan dos momentos desgraciados en la vida del gran caudillo liberal: el fusilamiento del general León y la caída de Espartero en 1856. Roncali- -dice Romanones- -acudió al- Regente en demanda del indulto; le expuso con calor los motivos en que se fundaba. Atentamente le, escuchó. Espartero; -y llegó Un momento en que. las lágrimas asomaron a sus ojos. A l percibirlo Svóncali, dando por seguro haber conseguido, su empeño, se despidió del general, agradecido. Rápido, Es- partero le advirtió de su, equivocación, d i ciéndole Roncali, es éste- el trance más doloroso de mi vida; pero nada puedo hacer por Diego Roncali, indignado, se retiró, exclamando: S i g a general, rodeado de los, que le adulan; por lo, que a mí hace y a mis compañeros, quienes ayudamos a usted para adquirir honores y posición altísima, desde este momento íe abandonamos para siempre... León afrontó en la hora decisiva la: muerte con el mismo valor cón. que la había arrostrado en tantas y taritas ocasiones en la guerra. E l mismo dio la vóz. de, fuego. Las balas que le quitaron la- vicia, alcaliza- ron al propio tiempo al Regentó! Desde aquel día la lanza de León constituyó contra Espartero bandera de venganza. Compárese la torpe dureza de EsparteroN con la clemencia habilísima de Sagasta, cuando, en 1886, indultó al general. V i l l a campa, y se aprenderá. que el, horabre. político debe saber administrar, tanto la energía como el perdón. L a diferencia fundamental entre los delitos comunes y los delitos políticos estriba, sencillamente, en que 1