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Informaciones f reportajes. El galgo corredor, perrera d e l c o n d e de L é r i d a i los fuertes y bien nutridos, preservándoles de la humedad y del frío, evitarles prematuras excitaciones cuando se les hace correr antes de tiempo, y dejarles tan sólo esa libre expansión c ¡ue se manifiesta e n los juegos y retozos propios de la edad. E l galgo bien cuidado nunca debe empezar sus ejercicios de entrenamiento, tanto para el campo como para el canódromo, antes de los veinte meses, y l a perra antes de los catorce. Conocíamos l a tan antigua como arraigada afición a cuanto se refiere a la raza canina del gran deportista conde de Lérida. Fundador y mantenedor de la Sociedad C a nina de España, ha sido el gran luchador por el. mejoramiento de nuestras razas, y con las Exposiciones Caninas, tan frecuentemente celebradas en el Retiro, contribuyó notablemente a que algunas de ellas, muy Vista general de la perrera. Famélico, desmirriado, nuestro pobre gal- go, tantas veces le hemos visto enroscado ante- la puerta de albéitar pueblerino en espera del consabido mendrugo, que si no mataba su hambre, en esta ocasión, con propiedad, canina, -si le venía a servir para desarticular un poco las mandíbulas y ponerlas en condiciones de ocuparlas en el problemático caso de poder atrapar algún hueso porque la carne fué siempre para él iolenáa: Y a le exigía el amo, cuando lo empleaba en perseguir a la liebre, esa máxima agilidad de pies necesaria para rematar la- caza, y s i el éxito era premiado con unos buenos cascotes de durísimo pan, la desgracia iba acompañada de l a soga con la que se le suspendía por el cuello a la alta rama de un árbol, o, en casos m á s benignos, con el certero tiro a los sesos. A pesar de cuantas atrocidades con el pobre bicho se han cometido, el galgo ha podido subsistir, flaco y pulgoso, pero galgo al fin. Y es que la afición a la caza con el galgo tiene tanto arraigo entre nosotros. que su desarrollo en el tiempo y el espacio está a prueba de toda adversidad, por tremenda que sea. Han habido, y los hay, por supuesto, aficionados buenos, cuidadosos del perro, y a por íntimo sentimiento de cariño al animal, ya por ese egoísmo que obliga a cuidar bien al agente que ha de proporcionar o el recreo o la utilidad. L a raza galguera es una de las m á s fecundas; una galga da corrientemente de diez a doce cachorros, y las hay que producen los quince y dieciséis. E l grave problema que. esta fecundidad solía plantear generalmente- sé venía resolviendo a la manera que aún se resuelve el de los partos gatunos: escogiendo tres o cuatro de los que gustaban más, y el resto acondicionándolo lo mejor posible en el próximo muladar. A s í se simplificaban los difíciles cuidados que requieren la cría, ya que en esta raza el moquillo y las perturbaciones del tubo digestivo, al cebarse en ella como en ninguna otra, tantas muertes ocasionan. Pero los tiempos cambian, y con ellos las costumbres, y en la actualidad, al resurgir üe tan poderosa manera el imperio del gal o, por el acicate de las carreras en b s canódromos, hoy en forzoso paro, comenzó tratársele con un mimo y un cuidado muy opuesto a la desatención en que- antes se -le tenía. E l refinamiento llega hasta el buscar buenas amas que cuiden de alimentar a los que j a madre no puede atender. U n a galga en perfecto estado de salud y robustez debe criar de cinco a seis cachorros, pues si se ie dejan m á s se corre el peligro, tanto de consumir la naturaleza de la madre (sobre todo si no está lo suficientemente alimentada) cuanto de exponerse a que por falta de adecuada nutrición el cachorro no se fortalezca y le coja e- peligroso momento del moquillo, que tantas víctimas hace, en un estado de debilidad orgánica tal que sea inútil todo tratamiento que se aplique. Aunque en rigor de vet dad, contra esta terrible enfermedad pocos remedios eficaces se conocen. H a y pues, que tratar de criar Notables ejemplares de cachorros, de nueve meses, pura sangre inglesa. ir ¡in; n i r Ü i r i rnnrcí: Riir rriiT TFL I
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