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N O V E L A D E ZñNE G R E Y T R A D U C I D A- P O R L A SEÑORITA I S A B E L (CONTINUACIÓN) LACASA í l o con. su armonioso modo de hablar- y preferiría enfriarme. Pero por el bien de Carley... -H a z el favor de no ocuparte de mí- -dijo Carley. E l tono crudo de la conversación la molestaba grandemente. -Bueno, querida mía- -dijo G l e n n- hace mala noche para estar fuera. N o s haremos la cama aquí dentro. -G l e n n eres de lo más fresco que he visto- -murmuró F i o Mucho después de haberse acostado todos seguía Carley despierta, rodeada de ia obscuridad de l a cabana, temblando y estremeciéndose sensitivamente a causa del contacto imaginario con cosas que se arrastraban por el suelo. E l fuego se había extinguido, y un aire muy frío barría l a habitación. E n el tejado se oía el ruido de la lluvia. Carley. oyó el ruido producido por los ratones. Parecía imposible el poder permanecer despierta, y, sin embargo, se esforzaba en no- dormirse. Pero los dolores que llenaban su cuerpo y la enorme fatiga que la dominaba se doblegaron pronto ante la tranquilidad y el reposo que sentía, y pronto se sintió invadida por una somnolencia irresistible. A la mañana siguiente brillaba el sol y hacía buen tiempo, lo que hizo que Carley se sintiera con el valor suficiente para seguir haciendo esfuerzos para resistir sus dolores y molestias. S i hubiera tenido que arrostrar otro día desagradable no hubiera tenido más remedio que reconocer su humillante derrota. Afortunadamente para ella, los quehaceres de los hombres estaban por aquellos alrededores, donde esperaban pernoctar durante toda la mañana. -F i o dentro de un rato convence a Carley de que vaya. contigo a caballo hasta la cumbre de la primera colina- -dijo G l e n n- N o está lejos, y vale la pena para ver desde allí el Desierto Pintado. E l día está claro y no hay polvo en Ta atmósfera. -E s t á bien. Y o me encargo de ello. Además, quiero salir del campamento, en todo caso. Lee Stanton, el hombre más presumido del mundo, no tardará en venir por aquí- -contestó F i o lacónicamente. L a sonrisa de inteligencia, de Glenn y la incredulidad de míster Hutter no pasaron desapercibidas a los ojos de Carley. Y cuando Cahrley, el pastor, le guiñó el ojo deliberadamente, concibió la idea de que F i o a la manera de muchas mujeres, huía, con la idea de que la persiguieran. L a existencia de aquel Lee Stanton agradó a la muchacha, aunque no quiso pararse a analizar a qué se debía aquel agrado. Pero admitió que las mujeres, entre las que se incluía a sí misma, eran tan profundas y misteriosas como el mar, y, sin embargo, tan transparentes como una pulgada de agua cristalina. Sucedió que aquél a quien esperaban llegó al campamento antes de que se marchara nadie. Antes de desmontar le- hizo buena impresión a Carley, y cuando se bajó del caballo, con gesto perezoso y gracioso, dejando ver su elevada y esbelta figura, le pareció que tenía un físico muy atractivo. Llevaba un sombrero negro, de anchas alas; camisa de franela, pantalones azules. metidos en botas muy altas, y largas, espuelas de grandes rodajas. ¿Cómo estáis? -dijo, a guisa de saludo. D e la conversación que siguió- entre él y los hombres, concluyó Carley que debía ser mayoral de los ranchos de ganado. Carley sabía que Hutter y Glenn no se interesaban por la cría del ganado. Y en realidad, especialmente Hutter, era- enemigo del dominio de las tierras rancheras que tenían algunos ganaderos de Flagstaff. ¿Cuándo ya a chapuzar los corderos, Ryan? -preguntó Hutter. -Hoy o mañana- -contestó Stanton. -Supongo que deterjamos i r allí- -continuó, diciendo H u t- ter- Oye, Glenn; ¿te parece que miss Carley podría resistir él espectáculo de chapuzón del ganado? Pronunció aquellas palabras en voz muy baja, sin pretender que Carley las oyera; pero la muchacha tenía. un oído muy fino y las percibió con toda claridad. Probablemente aquel espectáculo era a lo que se refería F i o al decir que aún faltaba lo peor. Carley adopó una postura distraída para ocultar sus ardientes deseos de escuchar lo que Glenn contestaba a Hutter. ¡De ninguna manera! -susurró Glenn enérgicamente- N i hablar de ella. L e oirá y se empeñará en ir. Entonces Carley sintióse dominada por una determinación i n tensa y rebelde a ver lo que era chapuzar al ganado. Asombraría a Glenn. ¿Qué era lo que quería, en todo caso? ¿N o había, acaso, resistido el trote torturador del caballo más incómodo del rancho? Carey comprendió que de allí en adelante haría uso de aquel hecho como argumento de gran importancia. Aquella idea crecía en su espíritu. Cuando acabó la consulta de los hombres volvió Lee Stanton junto a F i o Y Carley no tuvo que mirar dos veces a aquel muchacho. para adivinar cuáles eran sus sentimientos. Estaba. envuelto en las redes del amor. E n cambio, adivinar lo que pensaba F i o era una cosa completamente diferente. ¿Q u é tal, Lee? -dijo fríamente, mirándole francamente. Había fruncido ligeramente el entrecejo, pues en aquel momento no aprobaba por completo su manera de comportarse. -M e alegra mucho el verte, F i o- -d i j o él, respirando profundamente. E n sus labios se dibujab; a una alegre sonrisa, que no engañó en modo alguno n i a F ío. rii a Carley. L o s ojos del muchacho tenían una expresión algo furtiva. ¡Vaya! -contestó F i o -Sentí mucho... eso- -murmuró en voz baja. ¿El qué? ¡O h lo sabes perfectamente, F i o! Carley se alejó y dejó de oírles. Tenía la segundad de dos cosas: de que compadecía a Lee Stanton y de que la marcha de su amor no auguraba tranquilidad alguna. ¡Qué seres más extraños eran las mujeres! Carley pensó que había visto en su vida millones de coquetas y que, seguramente, F i o pertenecía a aquella clase de mujeres. Cuando volvió hacia la cabana encontró a Stanton y a F i o que la esperaban para que les acompañara a caballo hasta la cumbre de la colina. T a n rígida y dolorida estaba que apenas pudo subirse a la silla, y la primera milla de camino le hizo el efecto de una pesadilla. Seguía penosamente a Stanton y a F i o que se disputaban y parecían haberla olvidado completamente. Pronto llegaron los jinetes a la base de una larga pendiente de terreno rocoso, que conducía a la falda de una colina. L a s rocas y la grava desaparecían, dando paso a una capa de negra ceniza, dónde crecía una hierba raquítica y descolorida. Aquel césped del desierto era lo que daba aquel tinte de un gris tan suave a l a colina cuando se la veía dé lejos. L a pendiente era muy poco pronunciada; así es que la ascensión no era dura. Carley se quedó asombrada ante la longitud de la pendiente y al ver lo que había subido sobre el n i vel del desierto. L e parecía sentirse elevada sobre un horizonte monótono. U n bosque de cedros verdes y grises, de una legua de longitud, se extendía hacia Oak Creek. A sus espaldas, I4 magnífica mole, de montañas se hundían entre las tormentosas nubes, Se 85 continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla