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A B C. M A R T E S 27 D E DICIEMBRE DE 1932. E D I C I Ó N D E ANDALUCÍA. P A G 15 MUERTE DE U N A ACTRIZ L o que hace difícil que el ser humano se gobierne en todo momento por la razón es que casi toda nuestra vida espiritual transcurre en la región intermedia entre nuestros ensueños y la realidad. Eso explica el que los demás tengan un ascendiente muy limitado sobre nosotros. D e las dos fatalidades que nos aprisionan la más temible no es la exterior, obra de los acontecimientos, sino la nuestra, la íntima, la que surge en nuestro corazón. S i el universo es de dos maneras, como es en sí y como lo sentimos nosotros, por la doble interpretación de nuestras emociones y nuestros pensamientos, habrá que convenir en que nadie, n i aun la persona más querida, puede ahorrarnos esas penas de origen misterioso que la ciencia pretende explicar patológicamente, que hacen de un ser aparentamente sano un mártir. L a gente, al ver nuestra melancolía, se contenta con decir: ¡E s un neurasténico. ¡Bah! ¡Palabras! E s lo único que ha i n ventado la compasión ajena para salir del paso frente a un sufrimiento, inexplicable ja la luz de la razón. ¿Como usted bien? ¿Duerme usted tranquilamente? Luego está justed bueno. Sus males son imaginarios, nos dicen, sonriendo un poco desdeñosa imente... ¿Cuántas veces habrá oído la pobre M a r cela Romee esas necedades? ¿Encontró en ellas algún lenitivo para sus dolores? L o dudo. N i el medico ni el moralista han explorado todavía toda la extensión de nuestra sensibilidad. N i sus planes ni sus consejos logran devolvernos la ponderación i n terior indispensable a las funciones vitales. Y o leo por curiosidad, pero sin esperanza de que sus observaciones me sirvan para nada, las páginas de los que se aplican, m i tad por filantropía y mitad por un lícito afán lucrativo, a descubrir las causas y los ¡remedios de ciertos sufrimientos que la i g norancia de nuestros amigos se resiste a. ¡tomar en serio. Los resultados de esas i n dagaciones me recuerdan el éxito de aquel ¡práctico de la Coruña, que se daba cuenta ¡de los escollos del A b r a después que el barico había embarrancado, i Como Marcela Romee era una artista de ¡alguna notoriedad, es probable que la cienjciá trate de definir o clasificar su caso patológico. E r a una ciclotimica o una hiperjemotiva dirán los sabios, expresándose ante los despojos de la pobre muerta como tel práctico de la Coruña ante el buque i n imovilizado por la roca que le agujereó el (casco. Bueno, pero ¿qué se resuelve ce esa explicación? Los millares de seres que ¡padecen del mismo mal que llevó a la bella ¡artista a preferir la muerte a la vida, ¿qué beneficio van a reportar de las conclusiones ¡de la ciencia? ¿Puede llegar el tratamiento médico a combatir la fatalidad interior, esto es, el mal sin localización precisa, que nos ¡mantiene en una angustia constante en me dio de los indiferentes? Porque es necesario decirlo: ese malestar indefinible, de todos, los días, que apenas nos da treguas de alivio, como no sea para hacernos sentir más intensamente luego nuestra desolación íntima, conduce inexorablemente al aborrecimiento de la vida. L a idea de mofir se instala en nosotros como la única posibilidad de liberación. Es el boquete abierto en el muro de la prisión que se ofrece a los ojos del recluso. ¡Morir! ¿Por qué no? ¿Y si esa solución está escrita en nuestro i destino? A raíz del suicidio de Marcela ¡Romee, la Prensa de París ha pretendido explicar el drama tras de los sinsabores y de las decepciones de la artista. Quizá ese comentario se acerque a la verdad. Pedimos a la vida más de lo que puede darnos. Cada uno de nosotros se. considera con derecho a la benevolencia de los dioses. Queremos el éxito en amor, que el amigo sea desinteresadamente generoso con nosotros y quedos frutos de nuestra carrera colmen las ambiciones que nos hemos; forjado. Pretendemos todavía más: que nuestra salud no se altere a ninguna, edad, y que todo lo que nos rodea, personas y cosas, nos sea propicio. Esa avalancha de ilusiones, justificada en la juventud, que lo promete, todo, no cede con los años. N o hay filosofía que nos traiga a ia razón, porque si la hubiese comprenderíamos que. el so! no alumbra dos veces a la misma primavera y que llega una hora para todo el mundo, en la que le es forzoso permutar los intensos goces de la acción por las pálidas voluptuosidades de la contemplación. Envejecer con dignidad y sin grandes melancolías es d i fícil. Cada uno de nosotros hace los i m posibles por prolongar su juventud, sin advertir que nuestra imagen no puede reflejarse ya en unas pupilas femeninas encendidas por el amor, m nuestra inteligencia puede suplir los estragos materiales de la decrepitud. E l éxito espiritual tampoco puede sernos eternamente fiel. Cerebros más fértiles y ágiles que el nuestro van a. responder, con sus obras, a gustos diferentes de los que nos eran favorables... E l aplauso va hacia otras gentes... Con el tiempo, el Estado, respondiendo a altos fines pedagógicos, establecerá cátedras de resignación. y de indiferencia. Y así, cuando, por la extinción de todas las ilusiones, el ser humano so transforme en un árbol semoviente, sin posibilidad de reflorecer, ya nadie se irá voluntariamente de la vida. Se hará el silencio en nuestro corazón y esperaremos la muerte sin impaciencia, como esperamos ahora el sueño. Pero de aquí a que eso llegue, ¿cuántas desesperaciones sin consuelo se resolverán por el suicidio? Estadística terrible, que todavía no preocupa a los Gobiernos, más atentos a la conservación del orden social que a velar por el sosiego de las almas... E n Alemania hubo durante el ano pasado diez mil muertes voluntarias. Es un dato revelador de la moral contemporánea. MANUEL BUENO FRAY BARTOLOMÉ Caminando a veces en Méjico o en Guatemala por aquellas regiones dé calentura solar y de casticismo en la costumbre, Chiapas y V e r a Paz, asistida de esas dos noblezas del sol y de la tradición, me he puesto a pensar en lo que muchos otros habrán pensado antes que y o en que tal vez los huesos de fray Bartolomé de las Casas entrarían en esas gredas como la abeja en su alvéolo propio, en su verdadero hogar geográfico que sería ése. S i se considera al hombre con criterio botánico, sus huesos deben estar donde él nació, cerca del paisaje de su adoctrinamiento y de las cosas que fueron la amistad más larga de sus ojos. Pero la criatura, al revés del olmo y la mejorana, y muy lejos del cobre o el estaño regionales, suele irse lejos a realizarse a sí mismo y a servir a sus semejantes- -o a sus diferentes, lo mismo d a- suelen sus potencias hallar su excitación v su regalo en unos suelos los más extranjeros del mundo. E l oficio que traían escrito y prescrito en sus facultades, y que es siempre lo que más importa de la criatura, ya sea menester de soldado, de sabio o de santo, no les habló nunca o les habló bajito en su país, y, en cambio, en el otro se les enderezó y se les despeñó en la acción. España ha castellanizado en definitiva al Greco, y l a América nuestra lleva camino de declarar. p. fray Bartolomé su padre por los tres costados de protección, y también su hijo por el de la ternura. Con cierta razón fray Bartolomé sale de España hecho un licenciado corriente, más o menos brillante, más o menos mozo de porvenir, y se embarca para las Indias del fácil negociar y de yantar abundante; deja la costa suya en un velero de buena voluntad como un simple hombre de este mundo que ha estudiado una profesión en que ganar d i nero con los pleitos del prójimo, feos cuando no sucios. ¡F r a y Bartolomé toca tierra una nueva dé inaudita novedad, que es magnífica en los productos y miserable en el habitante, una tierra que ha sido tomada por su gente como pieza que costó ganar y que es justo retener con cuanto ella contiene. E l hombre de los artículos de Código y de las buenas letras clásicas que sirven en el tiempo para lograr, función administrativa o lucro comercial, entra en ese nuevo ámbito de costumbre y de luz y se muda en pocos años, gracias al choque (que nadie sabe hasta dónde opera) con la experiencia fabulosamente remecedora. L a culebra no deja caer éh el suelo más entero su pellejo de la estación de lo que nuestro fray Bartolomé dejó caer al hombre viejo del Evangelio, para no volver a recogerlo en toda su vida. Allá se quedará por muchos años, entre bosques y plantaciones, y cuando volverá a Castilla en esos veleros de travesía de meses, será solamente para venir a alegar delante de unos reyes escuchadores, de unos clérigos acomodaticios y de unos encomenderos ladinos, sobre la América suya, adoptada por él como un niño ajeno, con nombre y lacerias. Después de treinta años volverá para quedarse en España, o cansado de su gesta dé fuego, que lo ha quemado, o echado de las colonias con disimulo por los capitanes. Y ¡se vendrá a v i v i r en su convento una vejez que será aceda como la de cualquier vencido, o más que la del vencido común. Pero en esos años de preparación para el buen morir él no sabrá hacer otra cosa en su celda que escribir sobre su aventura formidable, como un embriagado de cólera y de caridad. ¿Cómo se puede sustentar cólera y caridad en el mismo cuadro del pecho, cómo se puede detestar y defender en la misma página? le. preguntaban, y le preguntan todavía, sus enemigos. E l les contestó y les contesta en su grueso libro, donde hay bastante espacio para entenderlo. Unamuno podría explicar también, él, que ha vivido trance semejante y que suele parecemos un. hermano siamés del fraile, que eso es muy posible, y dar el cómo y el porqué del caso enrevesado. Los misioneros españoles fueron muchos; algunos de ellos, según lo aseguran don Carlos Pereyra y otros historiadores, v a lían más que fray Bartolomé como realizadores de sus planes y como beneficiadores de la indiada. Motolinia, Pedro de Gante, L u i s de Valdivia, y especialmente el gran Vasco de Quiroga, cumplieron u n trabajo misionero más eficaz porque eran pedagogos sociales y porque se fijaron en. un cuadro de labor más modesto. Siendo eso verdad, resulta, sin embargo, que para las masas, lo mismo que para, los intelectuales americanos, fray Bartolomé s i gue representando el misionero por excelencia, el misionero al rojo blanco, salido de un cristianismo vertical; y nadie arrancará ese concepto, que está clavado con clavos y argollas en esos países. L a honra histórica de las misiones españolas crece en el continente a ojos, distas y cubre el horizonte histórico: no has.
 // Cambio Nodo4-Sevilla