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DOVELA DE ZANE GREY T R A D U C I D A P O R L A SEÑORITA I S A B E L L A C A S A (CONTINUACIÓN) -contestó Stanton- Pero puede usted pasarse dos días seguidos a caballo sin ver un solo ser humano. ¿Qué significaba el tono satisfecho de sus palabras? ¿Les agradaba, acaso, la soledad a los habitantes del Oeste? Carley apartó su vista del desierto para fijarla en sus acompañantes. Los ojos de Stanton se habían estrechado, y su expresión había sufrido un cambio. Su rostro, delgado, duro y tranquilo, parecía de bronce. L a ligereza y el buen humor se habían desvanecido, así como la excitación de la disputa que había sostenido con Fio. También la muchacha había sufrido un sutil cambio, respondiendo a una influencia que la había hecho ceder, enterneciéndola. Estaba silenciosa; sus ojos tenían una luz comprensiva que parecía abarcarlo todo. En aquellos momentos estaba verdaderamente bella. Porque Carley, rápida en sus emociones, adivinó el alma fuerte y firme de la muchacha, que espiritualizaba su rostro moreno y lleno de pecas. Carley se volvió a contemplar aquel abismo incomprensible y las altísimas montañas blancas, rojas y amarillas, así como la maravillosa y mística vaguedad de la distancia. No acababa de comprender la significación de las millas de distancia de que había hablado Fio. No se hacía cargo, pero no tenía necesidad de ello para comprender, que la magnitud tragaba todas sus percepciones. Hasta aquel momento desconocía el poder de sus ojos. ¡Qué magnífico era poder ver tan lejos! Veía, efectivamente; pero ¿qué era lo que veía? Primeramente, él espacio; un espacio tan vasto, que empequeñecía las imágenes que había contemplado hasta entonces, y, en segundo lugar, colores maravillosos. ¿Qué sabía del color hasta aquel momento? No había pintores, por maravillosos que fueran, que supieran pintar con veracidad las montañas, aun dejando al lado el espacio del desierto. Los afanosos millones de habitantes de las populares ciudades ignoraban aquella terrible, y sublime belleza. ¿Hubieran ganado algo pudiendo contemplarla? Pero ¿no les serviría de nada la simple contemplación de las inmensas extensiones de arena de color y rocas, el poder respirar aquel aire tan puro, el comprender lo que significa la libertad de las águilas? Y al pensar aquello, el espíritu de Carley, que pensaba rápida y activamente, se dio cuenta de lo que significaba la palabra libertad No había visto nunca águilas; pero contemplaba en aquellos momentos sus dominios. ¿Qué efecto tendría aquel paisaje sobre los que vivieron en él? L a idea desconcertó a Carley. ¿Vivirían aquellas gentes en proporción con la Naturaleza, contra la cual luchaban? L a influencia hereditaria no era comparable al poder que tendría seguramente aquel país para formar los caracteres de sus habitantes. -Estaría de buena gana todo el día en este sitio- -dijo Fió- Pero empieza a nublarse y este viento de las alturas es frío. En su consecuencia, es mejor que nos vayamos, Carley. -No sé lo que siento; pero no es frío precisamente- -contestó Carley. -Mire, miss Carley; antes de que se encuentre usted completamente a gusto en este sitio tendrá usted que venir una y otra vez- -dijo Stanton. Carley se quedó sorprendida al comprender, que aquet nruchacho del Oeste había adivinado la verdad. L a compreudk Realmente, no se encontraba a guste, mintiéndose oprimida y vagamente desgraciada- Pero ¿por qué? Aquel paisaje, lo infinito do las llanuras de arena y de las rocas, era maravilloso, bello, hasta glorioso. Carley volvió a hundirse en la contemplación de aquel cuadro. Las pendientes de ceniza negra, con sus manchas de suave hierba gris, bajaban m á s y más, hasta llegar á un espacio cubierto de cedros. Todo estaba inmóvil, aparte de un halcón de cola roja que cruzó ante su. mirada. ¡Qué tranquilo, qué gris era aquel desierto que se perdía en la lejanía, en la que desaparecían manchas negras, dejándose ver, en- cambio, las pinceladas de bronce de las piedras! Contemplaba las llanuras y praderas, y cada pulgada de terreno gris se agrandaba a sus ojos, perdiéndose en su inmensidad hasta llegar a las franjas obscuras de las estepas y detenerse, por último, en aquella hebra verdosa, que marcaba el lugar por donde discurría el río del desierto. Más allá se extendía la blanca arena, donde los remolinos de polvo formaban aquellos montones en forma de embude, y, aún más lejos, las crestas y desfiladeros rojizos, murallas amarillas y negras montañas para acabar en aquella trinchera purpúrea, etérea y mística que se recortaba sobre la franja de cielo, de un azul profundo y cubierta de una cortina de nubes. Y en aquel momento se obscureció el sol, y aquel imindo de ardiente colorido se apagó como se hubiera apagado una llama. Desprovisto de su fuego, el desierto pareció retroceder y desvanecerse fria y sombríamente, mientras que los picos se perdían envueltos por la obscuridad. Más cerca, y hacia el Norte, la cañada pareció bostezar con sus innumerables y grises mandíbulas, escarpadas y duras, y, aquel terreno, lleno de hendeduras, cambió de aspecto. No había sombras. Pareció hacerse completamente llano y reflejar, como el mar, el vasto espacio gris de las nubes. Lo sublime se desvaneció y sólo quedó lo desolado. No quedaba allí ni calor, ni movimiento, ni vida. Eran piedras muertas, que los siglos habían hendido en millones de sitios, Carley tuvo la sensación de que estaba contemplando el caos. En lugar del halcón que cruzara antes ante su mirada vio pasar a un cuervo, negro como el carbón, que dejó escapar un ronco graznido. -Fíjate en ese cuervo- -murmuró Carley con una risa un poco amarga al volverse, sin poder evitar un estremecimiento, a pesar de los esfuerzos que hizo para dominarse- Quizá significa que este maravilloso y terrible Oeste no está destinado para las personas como yo... Vamonos. Carley cabalgó toda aquella tarde en la retaguardia de la caravana, sucumbiendo gradualmente bajo el frío y fuerte viento y los dolores que llenaban su cuerpo. Sin embargo, acabó la jornada, y, a pesar de lo que hubiera necesitado de. la mano cariñosa de Glenn, bajó de su caballo sin que nadie le ayudara á hacerlo. Acamparon al borde de aquellos terrenos de bosque devasta- do que Carley había encontrado tan desconsoladores. Quedaban en pie Unos cuantos pinos melancólicos, y en todo lo que alcanzaba su vista en dirección Sur vio árboles caídos y tocones ennegrecidos. Era un paraje muy triste. E l escaso ganado que pastaba en el descolorido césped parecía tan melancólico como los pinos. E l sol brilló intensamente al ir a ponerse, y desoués desapareció, dejando la tierra invadida por las sombras. Cuando se encontró instalada en un asiento confortable, cerca del fuego del campamento, no sintió Carley el menw deseo de moverse de donde estaba. Estaba t í a exhausta y dolorida, que ni siquiera podía darse cuenta de lo agradable que era el descansai. Tampoco tuvo apetito para cenar aquel día. Pronto obscureció por completo. E l viento gemís, por entre los pinos. Sintió gran alegría al meterse en la cama, y ni siquiera el recuerdo de las zorrillas consiguió mantenerla despierta. A la g Sana siguiente pudo ver que el viento había arrastra 1 a?
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