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cerca y Hubiéramos hecho, como lo hacemos, obligados por la fotografía, concentrándonos, el mismo ahincado esfuerzo al mirar. ¿Se desprende de esta proposición la inversa, de que todo buen cómico de cine es buen cómico de teatro? Y o creo que no. ¿P o r qué? Porque la presencia del público puede cohibirlo; porque tiene que hablar con otra voz para que le oigan en toda la sala, y no sólo para el micrófono, y porque tienen que verle miles de ojos, y no sólo los ojos del director, que mira desde un solo punto: la lente de la cámara. Ser buen cómico de cine es m á s fácil que serlo de teatro por todos estos motivos, a saber: Primero. E l cómico de teatro ti abaja solo, sin la vigilancia y la admonición i n mediatas de su director, por las cuales se ve siempre asistido el cineasta. Segundo. E l cómico cumple su cometido en una sola noche, y tiene que sostener su tipo y su situación durante varias horas seguidas, y el cómico de cine lleim su papel a lo largo de quince o veinte días, unos minutos por día, sin el esfuerzo de mantener su estado de ánimo, y ésta es la verdadera dificultad del comediante, no sólo entrar en la situación, sino sostenerla hasta que sea preciso. A s í el cineasta llena su m i sión a poquitos, fácilmente, por una suma de momentos brevísimos; mientras el de teatro hace el esfuerzo de una sola vez, viviendo en unas horas todo su drama. Tercero. E l cineasta ejecuta inmediatamente después de haber ensayado. S i en la c á m a r a fotográfica dio mal un gesto, repite; si equivocó una frase, repite; si el m i crófono no captó bien su voz, repite. L a repetición no tiene límite. Sólo se fija y se acepta lo que salió, definitivamente bien, a juicio del director. Se subsana siempre la casualidad del error. Se aprovecha siempre la casualidad del acierto. Cuando ejecuta rio le dejan olvidar lo que ensayó. E l cómico de teatro representa de noche lo que ensayó por la tarde, o el día anterior, o muchos días atrás, y como nadie vigila su trabajo, nadie puede recordarle lo que ha de retener, que es mucho m á s que lo que ha de recordar el cineasta, y sus olvidos y sus errores no tienen rectificación posible. Cuarto. A l cómico de cine le cuidan siempre lo que llaman los franceses le phisique da rol; está siempre dans la peau du personnage: le dan siempre papeles que le van. y el cómico de teatro muchas- veces tiene que ir él al personaje. Por todas estas razones, y otras más que omite mi temor a ser pesado, un director de cine hace de muchos felices y hasta casuales momentos aislados de un cómico malo l a mentira fotográfica- -unida sólo en la fotografía, por yuxtaposiciones sucesivas- -de un cómico bueno, que un director de teatro no puede inventar; por eso a R o dolfo Valentino le nace un sucesor, y Chevalicr es estrella del canto, y se i r á Greta Garbo, y vendrán otras Gretas, y se irá Marlene Dietrich, y vendrán otras M a r lens; mientras Sarah Bernhardt no nace de nuevo, y Eleonora Duse se fué para siempre, y D Antonio V i c o no vuelve nunca más. ¿E s rni rencor, mi decantado rencor contra el cine, lo que me hace hablar así? N o es l a verdad, que he visto y comprobado, yo también actor de cine un momento, un poco i ánima vili. E n estos días, un periódico, haciéndome el honor ce nombrarme, me llamaba enemigo irreconciliable del cine M a l me conccc quien me suponga irreconciliable con nada. Scy, y no me avergüenza decirlo, demasiado sentimental, y también algo comodón, y, además, lo bastante desdeñoso de todo, hasta de mí mismo, para poder sostener una postura rencorosa, Tii ante las cosas, ni ante los hombres, ni siquiera ante las mujeres. Por inquieta y ávida curiosidad me acerqué al cine, que amo por lo que tiene de teatro, y por curiosidad también, y por e en la condición mudable de todo lo humano, tengo abiertos la mente y los brazos, y tendidas las manos para todos mis enemigos- ¡pobres enemigos! por si el tiempo nos cambia de tal suerte, a ellos y a mí, que merezcan dejar de serlo, FELIPE SASSONE. y por fas mismas causas, ni siquiera ptiecss llegar a sus oídos; y el público inglés, sea porque goza de buena salud, porque opta por quedarse en casa cuando teme que sus dolencias importunen a los demás, o porque de pequeño aprendió a no hacer ruido en el teatro, no tose ni carraspea, y se entrega de lleno al grato entretenimiento de escuchar lo que dicen en el escenario, cumpliendo de paso el deber de no molestar al p r o- jimo. E n los pasillos de los teatros de L o n dres no hay escupidores, pues, por fortuna para los que en ella vivimos, la costumbre de escupir no existe en esta ciudad; pero si los hubiera, se utilizarían con preferencia al suelo, del mismo modo que se utilizan, con preferencia a las alfombras, los receptáculos que sirven para depositar las colillas y los pitillos a medio fumar. Detalles todos que ayudan a distinguir, y que también confieren distinción. Pero no son éstas las únicas causas del agradecimiento- que los actores ingleses sienten hacia el público que asiste a sus representaciones. E l entusiasmo y la devoción que el teatro inspira a las masas de Inglaterra es la base m á s fuerte de ese sentimiento. L o s ingleses adoran el teatro, y para presenciar una función de éxito o seguir la labor de sus actores predilectos, es capaz de los mayores sacrificios; para conseguir una localidad lo mismo hace cola lloras enteras, con mal tiempo o tiempo bueno, que recorre en tren o en automóvil una veintena de kilómetros. E s una afición i n tensa, arraigada de igual modo en las clases altas y en los medios populares: una tradición que se afirma con el paso de los años, y que permite y justifica el derro- che de lujo en la presentación, la abundancia de locales y de espectáculos, los altos precios que se cobran por las localidades y los altos sueldos que perciben los artistas, la vocación de éstos por su carrera, la compenetración entre la sala y la escena. L a crítica teatral inglesa, independiente, interesante para el lector y sólidamente preparada, es otro de los firmes sostenes que el teatro tiene en Inglaterra, país donde el arte de la crítica llega a tan extraordinario n i vel. Encomendada por regla general a literatos ilustres, hombres que a la penetración de espíritu unen conocimientos técnicos y gran dominio de la materia, las revistas teatrales, como en Inglaterra Suele llamarse a los ensayos escritos por hombres tan distinguidos como Desmond McCarthy, James Agate, St. John Irvine, Ivor Brown, y tantos otros, dignos sucesores y contemporáneos de aquel modelo de agudeza que se llamaba A B Walkley, resultan invariablemente amenas e instructivas, y una guía segura para el espectador, que a través de ellas elige las obras que desea ver y las presencia convenientemente orientado y dispuesto. N o es e x t r a ñ o que en Inglaterra adquiera semejante grado de florecimiento un género crítico que es rama de la crítica l i teraria, cuyos trabajos ocupan columnas enteras de la Prensa diaria y páginas completas de los periódicos dominicales y de las revistas semanales; y el ejemplo m á s notable de esta aptitud nacional británica, ejemplo por cierto muy reciente, está en el desarrollo adquirido en pocos años po- r la crítica cinematográfica, verdadero modelo de su clase por la gracia y el discernimiento que distingue a sus autores. Cierto que tanto en l a literatura, como en el teatro, como en el cinematógrafo, no le falta materia a los críticos ingleses, para los cuales el conflicto puede ser de abundancia, y en ningún caso de escasez. Pero también es verdad que saben cumplir su elevada misión de educar al público, guiar el gusto popular, juzgar lo que se pone en escena y. expresarse con la sinceridad y la franqueza que son necesarias para que su cometido no caiga en simple rutina y pierda, por ende, su interés. El poeta VUlaespcsa, en cuyo honor- y beneficio se celebrará mañana, viernes, en el teatro Calderón, tina gran fiesta. (Caricatura de Sirio, A B C EN LONDRES Él teatro en Londres. Público y crítica Quizá sea la costumbre de vestirse de etiqueta para ir al teatro lo que da a las funciones teatrales que en Londres se celebran el carácter y la solemnidad de una ceremonia; quizá sea la educación inglesa, que en ciertos extremos no, admite más que el cumplimiento general de reglas firmemente establecidas. Pero, sea cual fuere l a causa, la realidad es que el público inglés se distingue, con ventaja manifiesta, de los restantes públicos; y la diferencia se observa en los pasillos, en l a sala y hasta en la relación que establece tácitamente con Jos actores, relación tan necesaria para la interpretación de una obra teatral, y que en Inglaterra es quizá m á s íntima por la especial receptividad, espiritual y física, del auditorio. U n público que ocupa las localidades dando pruebas irrefutables de padecer afecciones catarrales crónicas, m á s o menos ruidosas y siempre desagradables, no está en condiciones de apreciar las sutilezas y finuras de un diálogo que, frecuentemente OPOSICIÓN ES A ADUANAS Próximas convocatorias para Auxiliares y Periciales. Programas oficiales, contestaciones y preparación con profesorado, todos del Cuerpo (Srcs. Hevia, Almazán y Ponte) en el INSTITUTO REUS Preciados, 23, y Puerta del sol, 13, Madrid, Resalamos prospectos. Luis AjNTüKiq B O L Í N
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