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Ü O V E L A DE ZMÚE GREY LACASA T R A D U C I D A P O R L A SEÑORITA I S A B E L (CONTINUACIÓN) -i O h! Y a sabía que el gas le había debilitado los pulmones, pero nunca me dijo que tuviera hemorragias. -Pues las tuvo. Nunca olvidaré l a última. Siempre que tosía echaba sangre. ¡T e aseguro que fueron unos d í a s terribles... L e r o g u é que no tosiera. Sonrió- -como ú n espíritu- y s u s u r r ó N o t o s e r é Y así lo hizo. V i n o el doctor de Fiagstaff, y le rodeó de hielo. Glenn se pasaba las noches sentado sin mover n i un solo músculo. ¡N o volvió a toser! Y las hemorragias cesaron. Después le pusimos en l a galería, donde respiraba constantemente aire puro. H a y algo maravillosamente curativo en el aire de Arizona. Proviene del seco desierto y de los cedros y pinos que llenan esta comarca. 1 zos, l a orgullosa pose de su cabeza, la blancura alabastrina de su piel, y se había preguntado al contemplar su imagen: ¿E s posibk que yo descienda de los hombres de las cavernas? Nunca había conseguido comprenderlo, y, sin embargo, sabía que así era. Quizá, hacía no mucho tiempo, habría existido alguna abuela suya, que vivía una vida primitiva usando utensilios y objetos como los que colgaban de l a pared de aquella cabana, y ayudando de aquella manera a a l g ú n hombre a conquistar la Naturaleza, v i v i r en ella y reproducir su especie. Carley recordó las palabras de Glenn como en un r e l á m p a g o ¡T r a b a j o e h i j o s! L a interpretación de su significado y l a relación que tenía con aquellos momentos era algo que Carley no comprendía. L a hora de tener l a bastante grandeza de alma para comprender y aceptar aquella vida estaba a ú n muy lejana. Estaba cansada y enferma físicamente, y su espíritu no estaba en estado de dejarse influir por la receptividad. S i n embargo, ¿c ó m o iba a tener nunca impresiones m á s intensas que las que sentía en aquel momento? Todo aquello era un problema. Se cansó de reflexionar; pero, a pesar de ello, su espíritu seguía víctima de sensaciones que le era imposible dominar. Aquel monótono bosque estaba desierto. N i pájaros, ni ardillas, n i criatu ras de las que l a fantasía hubiera anticipado. E n otra dirección, a través de la cañada, vio el ganado, flaco, andrajoso e impasible, que andaba pesadamente. Y en aquel momento la brisa llevó hasta ella, el olor de las ovejas. E l tiempo parecía detenerse en aquel lugar, y lo que Carley deseaba era que las horas y los días pasaran volando, para encontrarse de nuevo en su hogar. P o r fin volvió F i o con los hombres. U n a rápida mirada convenció a Carley de que F i o a ú n no le había hablado a Glenn de H a z e Ruff, el pastor. -Carley, eres verdaderamente muy valiente- -declaró Glenn con una rara sonrisa, de las que tanto agradaban a l a muchacha- E s un espectáculo repugnante. ¡Y pensar que lo has resistido... 1 ¡Señorita Quinta Avenida, si querías complacerme de nuevo, l o has conseguido plenamente! Su ardor asombró y contentó a Carley. N o acababa de comprender lo que podía importarle a Glenn que lo resistiera o no. Pero cada día parecía comprender menos a su prometido. Sus alabanzas la alegraron, dándole fuerzas para hacer frente al resto del viaje, de regreso a O a k Creek. Cuatro horas m á s tarde, en un anochecer tan sombrío que nadie pudo ver lo que sufría, Carley medio se escurrió y medio se dejó caer del caballo, y consiguió subir las escaleras y entrar en el alegre gabinete. E n el hogar ardía un alegre fuego r o j o el perro de Glenn, Mose, tembló de ansiedad al verla, y levantó hasta ella sus obscuros y humildes ojos; la mesa de blanco mantel estaba cubierta de apetitosos platos. F i o se detuvo ante el fueg- calentándose las manos. Lee Stanton se apoyó contra l a repisa de l a rbimenea, contemplándola. E n los rasgos dé su rostro, delga do y enérgico, se reflejaba l a devoción que por ella sentía. Hutter se sentó a l a cabecera de l a mesa, invitando alegremente a todos a que se sentaran a su vez y empezaran a cenar. E l rostro de l a señora Hutter estaba radiante contemplando aquel hogar. Y por último, vio Carley que Glenn l a esperaba, mirándola de manera que expresaba l a esperanza que sentía y lo orgulloso que estaba de ella, mientras l a muchacha se acercaba completamente rendida a su prometido y al brillante fuego. Aquellas señales, o el efecto producido por ellas, hicieron que Carley comprendiera vagamente que estaba sufriendo un cambio incalculable, y que Carley B u r c h h a b í a crecido enormemente a los ojos de sus amigos y, lo que era aún m á s e x t r a ñ o se encontraba a sí misma menos insignificante. (JSe continuará E l caso es que Glenii se curó, y me parece que el Oeste también le ha curado ei espíritu. ¿D e q u é? -p r e g u n t ó Carley dominada por una intensa curiosidad que apenas podía ocultar. ¡O h sólo Dios lo sabe! -exclamó F i o levantando en alto sus enguantadas manos- Nunca lo pude entender. Pero odiaba lo que la guerra destrozó en él. Carley se apoyó contra la empalizada completamente rendida. F i ó la torturaba sin darse cuenta de ello. Carley deseaba apasionadamente sentirse celosa de aquella muchacha del Oeste, pero le era imposible hacerlo. F i o Hutter merecía algo mejor que aquello. Y los instintos m á s bajos de la naturaleza de Carley parecieron luchar contra los m á s nobles. L a victoria no se decidía, y aquélla fué una de las horas m á s difíciles de l a vida de Carley. Casi se habían agotado sus fuerzas y estaba completamente desanimada. l -Carley, estás rendida- -declaró F i o- N o tienes por qué negarlo. Eres valiente, pues a pesar de tu debilidad y falta de costumbre has resistido hasta el último momento. Pero sería absurdo que te mataras y que yo permitiera semejante cosa. E n su consecuencia, voy a decir a mi padre que queremos volver a casa. D e j ó a Carley en aquel sitió. L a palabra casa había impresionado extrañamente a la muchacha y no se partaba de su mente. De repente comprendió lo que significaba la nostalgia del hogar. E l confort, la comodidad, el lujo, el reposo, l a dulzura, el placer, la limpieza, el placer de l a vista y el oído- -de todos los senti. dos- ¡cómo l a perseguían todas aquellas ideas! Car íey había necesitado de toda su fuerza de voluntad para sostenerla en aquel viaje y evitar un fracaso terrible. Pero h a b í a triunfado. E l contacto con el Oeste la había disgustado y sorprendido desagradablemente. E n aquel momento no podía pensar imparcialmente. L o sabía y no le importaba lo m á s mínimo. Cariey miró a su alrededor. Desde el sitio en que se encontraba no se veía m á s que una de las cabanas. Evidentemente era el hogar de algunos de aquellos hombres. A uno de los lados había sido prolongado el tosco tejado m á s allá de l a pared, seguramente para que hiciera el oficio de soportal. D e aquella pared pendían los objetos m á s heterogéneos que h a b í a visto en su vida- -utensilios, pieles de ovejas y de vacas; sillas de montar, arneses, prendas de cuero, cuerdas, sombreros viejos de anchas alas, palas, tubos de chimenea y otras muchos objetos cuyo nombre ignoraba. L a característica m á s marcada de todas aquellas cosas era el uso. ¡L o usadas que estaban! ¡H a b í a n permitido a aquellas gentes v i v i r bajo primitivas condiciones. Aquella idea hizo que Carley sintiera menos repulsión al pensar en su ruda y tosca apariencia. ¿H a b r í a n sido colonizadores algunos de sus antepasados? Carley lo ignoraba, pero aquella idea la desconcertaba, dándola mucho que pensar. Muchas veces, en su casa, cuando se vestía para cenar, h a b í a contemplado en el espejo las g r á d e l a s líneas de su cuello y d e j u s bra-
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