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ÜOVELA D E ZAME GREY T R A D U C I D A POR L A SEÑORITA ISABEL L A C A S A (CONTINUACIÓN) CAPITULO V I Aunque la primavera hizo su aparición en Oak Creek Canyon, se convirtió en verano con una rapidez que Carley no tuvo tiempo de sentir la fiebre y el languidecimiento que le producían los primeros días de junio en el Este. L a verde hierba surgió como por arte de magia; los verdes capullos, se abrieron, convirtiéndose en hojas; las campanillas y primaveras florecieron; la flor de los manzanos y melocotoneros se destacaban, exquisitamente blancas y rosas, sobre el azul del cielo. Oak Cr ék se convirtió en un arroyo bellísimo y transparenté, que discurría perezosamente por entre los laberintos rodeados de piedra, corriendo y murmurando por los pequeños saltos de agua. Las mañanas eran frescas, claras y fragantes; las horas del centro del día eran muy calurosas, y las roches caían como, obscuros mantos del melancólico cielo, cuajado de estrellas. Carley había seguido montando obstinadamente y trepando por el monte, hasta, que hizo desaparecer la duda secreta que la asaltaba de que, realmente, aquella vida no era superior a sus fuerzas, cosa que complacía grandemente su insistente vanidad. Adelgazó, a pesar de que su apetito iba en aumento. Su palidez desapareció, dando paso a un color tostado y dorado, que estaba segura causaría la admiración de sus amigos del Este. Las ampollas, relajamientos y dolores desaparecieron, y sintió que sus músculos se fortalecían, que su silueta se esbeltecía y que su pecho se ensanchaba. Además de aquellas manifestaciones físicas, sentía una sutil sensación de delicia al sentirse libre, cosa enteramente nueva en ella. L a vida activa la hacía respirar profundamente y acalorarse. Prescindía de una infinidad de detalles sin importancia, lujosos y superficiales, que hasta entonces le habían parecido necesarios a su felicidad. L o que hizo con el solo objeto de conquistar el orgullo de Glenn y la tolerancia occidental de Fio. Hutter la avergonzaba. Se había granjeado la admiración de Glenn y el aprecio de aquella muchacha del Oeste. Pero su deseo apasionado y obstinado, no había sido noble, y la sensación que le produjo aquel triunfo probaba claramente que así era. Se sentía invadida por una dulzura que trataba de rechazar. Odiaba aquel Oeste con su rudeza y sus paisajes abruptos. 1 Sin embargo, los días de junio fueron pasando con incomprensible rapidez y plenitud, sin que hubiera abordado con Glenn el principal objeto de su visita- -el hacer que volviera con ella al Este- ¡Esperaría un poco m á s! Odiaba su trabajo y no había hablado de aquel asunto. Sin embargo, reconocía honradamente en lo más profundo de su corazón que cada día que pasaba temía más y más el decirle que estaba malgastando su vida. en aquel lugar, que ella no podía resistir. Y sin embargo, ¿perdía realmente el tiempo? De T z en cuando, una Carky Burch tímida y desconocida se lo discufea ardientemente. Quizá lo que más contribuía a detener a Carley ra lo feliz que se sentía. en sus paseos a pie y a caballo con Glenn. Su recuerdo la hacía guardar silencio. Cada día amaba más a su proíaetido, y, sin embargó, había algo entre ellos. ¿Quién tenía la culpi? ¿Ella o él? Tenía la seguridad femenina de que era amada, y a V, eces contenía la respiración ante la fuerza de la emoción tumultuosa, que le producía aquella certeza. Prefería gozar de aquella feliddad. rnientras le fuera posible y soñar en vez de pensar. Pero le era imposible no pensar en las cosas, aunque fuera de una manera soñadora y vaga. E l recuerdo volvía insistentemente. Y en algunas ocasiones no podía apartar de su mente la idea de que Glenn nunca sStía su esclavo. Adivinaba que había algo en el espíritu de su prometido que le mantenía cariñoso y benévolo hacia ella, siempre reservado, algunas veces melancólico y distante, como si fuera un impasibfe destino que esperara las férreas consecuencias que habían, de. surgir de modo inevitable. ¿Qué. gra aquello que él sabía y ella ignoraba? Aquella idea la perseguía, y quizá era aquello lo que la impulsaba a emplear toda la fuerza de sus encantos femeninos para hacerse amar de Glenn. Sin embargo, aunque la emocionaba el ver que cada día se hacía amar más. intensamente de su prometido, no se cegaba hasta el punto de dejar de comprender que todos sus encantos y su dulzura no bastaban a hacer desaparecer aquella extraña reserva. ¡Cómo la desesperaba aquel hecho! ¿Era, acaso, que se resistía, que comprendía, o era un sentimiento de nobleza y de duda? A mediados de junio cumplió Fio Hutter veinte años, y todos los vecinos y empleados del rancho fueron invitados a la celebración de aquel acontecimiento. Por segunda vez durante su estancia en el Oeste se puso Carley aquel vestido blanco, que había causado la admiración y la delicia de Fio, el asombro de la señora Hutter, haciendo que Glenn le hiciera un reacio cumplido. A Carley le agradaba causar sensación. ¿Qué significaban para ella los vestidos exquisitos y costoso? más que el placer de ser admirada? Anochecía aquel día de junio cuando se dispuso a bajar las escaleras, y se detuvo durante unos instantes en la larga galería. L a estrella de la noche, radiante y solitaria, tan fría y tranquila en el obscuro azul del cielo, se había convertido en algo que esperaba y contemplaba, así como había aprendido a amar la melodía soñadora del murmullo de la cascada. Se detuvo en aquel lugar. ¿Qué significación tenían ya para ella la vista, los ruidos y los aromas de aquella salvaje cañada? No podría explicarlo; pero comprendía que. habían sufrido una transformación incomensurable. Sus ligeros zapatos no hacían ningún ruido al andar por la galería, y cuando volvió el ángulo de la casa, donde las sombras eran mucho más espesas, oyó la voz de Lee Stanton, que decía: -Pero F i o tú me amabas antes de que viniera Kilbourne. L o patético y emocionado de aquella vo? hicieron que Carley permaneciera inmóvil. Algunas situaciones son tan irresistibles como el destino. -Desde luego- -contestó Fio soñadoramente. Aquella voz era la de una muchacha que el día de su cumpleaños tiene que hacer frente a recuerdos felices y dolorosos a un mismo tiempo. ¿No, no me quieres ya? -preguno Lee en un murmullo emocionado. ¡Claro que te quiero, Lee! Yo no cambio nunca- -dijo la muchacha. -Pero entonces, ¿por qué... En aquel momento, le faltó el valor para seguir hablando. -Lee, ¿quieres que te diga la verdad absoluta? -Sí; eso es lo que quiero. -Bueno; pues te quiero como te he querido siempre- -contestó Fio gravemente- Pero, Lee, a él le quiero más que a ti y más que a nadie del mundo. ¡Dios mío! Fio... vas a causar la ruina de. todos- -exclamó él con voz ronca. -No, no lo haré. No puedes decir que no tengo la cabeza firme. He sentido mucho haber tenido que decirte lo que te he dicho, Lee; pero me has forzado a hacerlo. -Fió, ¿me quieres a mí y le quieres a él... a dos hombres a un mismo tiempo? -preguntó Stanton incrédulamente. -Así es, desde luego- -contestó la muchacha con una suave carcajada- Y te aseguro que no tiene nada de divertido. -Comprendo que hago un triste papel si me comparas coa Kilbourne- -dijo Stanton desconsoladamente. -Lee, puedes resistir la comparación con cualquier hombre del musido- -contestó Fio elocuentemente. Eres del Oeste y eres