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Pero ¿es que es posible ir a esa tajante substitución de la enseñanza? ¿E s que es factible que el mismo día en que aparezca en la Gaceta el texto impreso de la ley surjan, como por encanto, cuantos maestros sean precisos para llevar a cabo una obra que las Ordenes religiosas- -ai decir de un periódico ministerial- -llevan a la práctica en una proporción impresionante (Y conste que esta opinión la comparte desde el ministerio de Instrucción pública el Sr. De los Ríos. ¿Cómo va a hacerse esa inmediata substitución? Dónde están los maestros, aparte de la fantástica imaginación de M a r celino Domingo y en la historia sentimental de Luis Bello, laico e inapetente visitador de escuelas? ¿D ó n d e están los locales? Claro es que hasta ahora- -y justo es reconocerlo- -no hay quien haya creído en la posibilidad de la substitución nada más aprobada la ley. Cierto también que los periódicos ministeriales, si hacen cabalas acerca del mejor modo de ir a tal substitución, parten del supuesto de que ésta no ha de realizarse hasta primeros de octubre del a ñ o próximo, es decir, coincidiendo con la inauguración del curso académico. Y si esto pretende tener alcuna lógica en lo que se refiere a la segunda enseñanza, no creo que fuera igual en lo que respecto a la primera, porque para ésta no h a b r á m á s recurso eme subordinar la substitución a las posibilidades del país. L o s colegios no se improvisan con la facilidad que creen algunos, que parece que nunca pasaron por ellos, y, sin contar con los medios precisos, ni el Gobierno ni las Cortes pueden echar sobre sus hombros la gravísima responsabilidad de dejar a miles y miles de criaturas abandonadas durante un espacio de tiempo, que no es. posible sa- ber cuánto puede durar v en el que, faltos de estímulo familiar, olvidarán lo que aprendieron. N o independientemente de la licitud moral que puede existir en todo procedimiento formado de espaldas a la libertad- ¡la tan debatida libertad de enseñanza, señores! desde un punto de vista puramente práctico la substitución no puede emprenderse, ni de un modo paulatino, que requiere, sin duda, algunos años. Porque, aun dando por supuesta la existencia del suficiente n ú mero de maestros y la idoneidad y solvencia de los mismos, quedaría un segundo problema, que no sabrían cómo solucionar los que contanta lig ereza hablan de llevarla a cabo inmediatamente. E n momentos de penuria nacional, inútil de cualquier disimulo, ¿p r e vé el presupuesto de- Justicia los millones que serian precisos para pagar al personal que ha de ocuparse en la tan por algunos vehementemente deseada substitución? E s un pequeño detalle que no se debe dar al olvido, desván cómodo, de los conflictos a la hora de la verdad. Porque si el maestro se hace como dice D L u i s Bello, siempre tan divertido, el dinero... se deshace con más facilidad que hacerse. (Y en esto sí que soy profesor con cátedra. Laicismo... catolicidad... E s inevitable, decía, que para la mayor, parte de los españoles la enseñanza religiosa tenga algo, o mucho, de la historia sentimental de E s paña. Desde el costado de estos pensamientos, en torno a un problema nacional de hondas raíces, surge el deseo de volver a visitar los colegios religiosos de Madrid. Colegios de niños pobres y colegios de niños ricos, donde estudian, por cierto, los hijos de muchos hombres, de los que, en nombre del laicismo, quieren que se educen... laicamente... los demás. Surge en mí este deseo, y es posible que presente desde estas mismas páginas unos colegios religiosos por dentro. Podrian ser simples visitas de inspección. -Cómo atienden al niño los religiosos españoles? ¿Cuál es su obra? ¿Cuántas, criaturas que estarían aún, bajo el régimen laico de la República, sin enseñanza, reciben desinteresada y aun mejor onerosamente por parte de sus maestros una enseñanza ejemplar llevada a cabo con orientación moderna, con ternura y amor? M e gustaría, sí, volver a atravesar los jardines escolares, recorrer las salas de estudios, entrar en las capillas de esos colegios, como cuando era niño y lo feo de la vida a ú n no había llegado a mi conciencia, y volver a mirar el rostro iluminado de aquella V i r g e n María de mi niñez, a la que en días inolvidables pedía suerte para mis e x á menes y gracias para no ser débil a las tentaciones. E l l a me iluminó siempre en algo que no me hubiera nunca perdonado caer: escribir l a novela indigna y sucia de la niñez en un colegio. Conservar puros los recuerdos infantiles, en gracia a l amor y no al rencor, a la fealdad y el odio. J a r d í n de los frailes, ¡bendito j a r d í n de los mejores a ñ o s! A M D G. letras que a ú n puedo rezar sin que el torbellino español me distraiga. ¡Gracias. Señora de los altares del colegio, patrona del latín y la. Gramática. A p o derada de los exámenes, sonrisa llena de luz, entre cirios que arden, y de perdón entré hogueras de odio... CÉSAR G O N Z Á L E Z- R U A N O (Foto Duque.
 // Cambio Nodo4-Sevilla