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ARIO ILUSTRAD O A Ñ O VI G E SI M O N O V E N O 10 CTS. N Ú M E R O ABC UNA INDUSTRIA P ROSP ERA S i hay una industria de la que puede decirse sin mentir que ha prosperado notablemente en los dos últimos años, es la de fabricación de bombas. L o s periódicos hacen gratuitamente el reclamo de esta producción y, al comparar la abundancia de aquel producto con la penuria de los demás, su preocupación reviste un matiz exclusivamente económico. Cada vez que se descubre un nuevo depósito donde las bombas se acumulan por millares, los diarios preguntan: Pero ¿de dónde sale el dinero que cuesta hacerlas? ¡Noble curiosidad! Los demás industriales, los demás productores, desde los que comercian con el hierro o con el carbón hasta los que intentan vender su personal esfuerzo, se preguntan t a m b i é n ¿E s que aquí ya no hay cuartos m á s que para bombas? Algunos suponen: Deben de ser ias derechas Si son las derechas, el Gobierno está en el caso de averiguarlo y de aplicar, con toda energía las leyes de que dispone. después de hacer esta declaración, vamos a consignar otra mucho m á s importante: Afirmamos seriamente que si por derechas se entiende ál que cobra rentas o gana dinero más o menos abundante en el comercio, en la industria, en la Banca, son, en efecto, las derechas las que dan el dinero preciso para fabricar esas bombas. Las cosas claras. Ignoramos si hay una minoría que utilice procedimientos de subvención distintos a los que vamos a descubrir ahora, pero podemos informar detalladamente al Gobierno acerca de cómo se realiza lo que pudiéramos llamar compra de acciones de esa industria. H a y varios procedimientos. U n o de ellos, muy frecuente, se reduce a dar un paseo en automóvil por cualquier carretera. E l derechista va medio desmoronado en el blando asiento, cuando los cobradores de esa industria detienen el coche apuntando al chófer c o n pistolas magníficas. Cinco minutos después, el derechista ha entregado su cartera, su reloj y a veces hasta el propio coche, enajenado de entusiasmo. Otras veces, el agente se molesta en ir al domicilio del interesado. Aparece en la sucursal de un Banco, en un comercio, en una casa particular, apunta con las mismas magníficas pistolas y carga con los fajos de billetes o con los sacos de plata. E n ocasiones es el simple ciudadano trasnochador que se ve sorprendido en la desierta calle y adquiere modestamente una participación en el negocio. ¿N o se ha probado que los que asaltaron al conde de Riudoms fabricaban bombas? ¿N o eran ácratas los que se llevaron unos miles de duros del Banco de Vizcaya? D i- ñero de aristócratas y de plutócratas. De él salen las bombas por millares. Aunque no por otra cosa, para los efectos fiscales, el Gobierno debía intervenir en esa recaudación. Pero también para impedir que las derechas obstruyan la marcha de la democracia. Impídase que esos ciudadanos rsprochables entreguen su dinero a los recaudadores de la F A I. y h a b r á desaparecido la industria próspera, pero peligrosa, que llena de bombas todos los pozos y todos los garages desalquilados de E s p a ñ a W. F E R N A N D E Z F L O R E Z DIARIO ILUSTRADO. A Ñ O VI G E SIMÓN o y EN o 10 CTS. N U M E R O F U N D A D O E L i. D E J U N I O D E 1905 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A VENGANZA DEL TIEMPO S O B R E SUS N O T A RIOS E l Laboratorio Meteorológico de Glasgow no ha podido facilitar el acostumbrado boletín de estado del tiempo por enfermedad de todos sus astrónomos. T O D O S LOS D Í A S P A R E C E N D Í A S D E INOCENTES A La Nación le han multado por publicar una inocentada. Esta noticia me la da l a Prensa inglesa, que, servida por la mañana con los demás periódicos, tiene, entre el mundo del sueño y el mundo del baño, algo de la mermelada indispensable para el diario desayuno de la actualidad. P o r primera vez el Laboratorio Meteorológico de Glasgow, en Escocia, no ha podido transmitir el boletín que informa sobre el estado del tiempo. Esto, para los ingleses, pueblo de hombres profundamente prácticos en la teoría, muy dados a considerar las cosas desde un butacón p r ó x i m o al fuego de la chimenea elisabethiana, ha debido de ser una perturbación. Nadie suele preocuparse más por el estado del tiempo que los que salen poco de su casa, como nadie ve m á s claramente los pleitos de amor que quien está toda la vida enamorado de una misma mujer que entiende de cocina. L o que ha ocurrido en Glasgow es insólito: los astrónomos, con sus ayudantes, han caído vencidos por el mal tiempo, y están, agripados y febriles, en sus camas. E n suma, que el monstruo indomable del tiempo les ha llevado el pulso, quizá ya harto de la pretensión crítica de estos notarios que, no contentos con levantar diariamente acta de su humor, se atreven a hacer augurios sobre las futuras reacciones de su personalidad. Los astrónomos de Glasgow habían llegado a creer que ese misterio que es el tiempo era algo suyo que tenía para ellos mucho de una mina declarada, cuya explotación les daba el rendimiento mensual de un sueldecito decoroso. E r r o r profundo! E l tiempo, sin crueldad, les ha querido dar una lección volcando sobre los astrónomos de Glasgow el saco de los estornudos. Como cuando cae diezmado un ejército, así Glasgow acaba de pedir refuerzos a Londres, de donde ya h a b r á salido un equipo de astrónomos dispuestos a meter a tiempo en cintura. ¿P e r o v e n d r á n los astrónomos de Londres como aliados de los astrólogos vencidos o a establecer la danza de su poder alrededor de los falsos cañones con boca de cristal, como en el mito de Orestes? H e aquí un problema. U n pequeño problema al que se le podría exprimir para sacar el jugo de una moraleja, ya que no se concibe un tema inglés sin su pequeña moraleja. (De Shakespeare a Shaw, pasando por Wilde, toda la literatura inglesa quiere tener su sentenciosa sentencia. M o r a l e j a N o se puede jugar con el tiempo ni confiarse en él, confundiendo el mar con un lecho donde el sueño es algo impune. N o hay burlas con el tiempo ni para el amor ni para la meteorología. Dormidos en el tópico del tiempo probable ios astrólogos de Glasgow, que creían dominar los pronósticos, han recibido la cornada del tiempo, que se cansó del abuso de un supuesto poder. ¡Cuidado con la temperatura y respeto para las tempestades que se anuncian con un vientecillo de disidencia! Las recaídas de la gripe suelen tener tristes consecuencias... CÉSAR G O N Z A L E Z- R U A N O Este breve comentario p o d r í a titularse: De cómo un ministro laico asiente análogas preocupaciones que las autoridades de la Iglesia. Porque no creemos, con la inocentada a la vista, que haya habido móvil político en la sanción. Y tenemos que pensar en un motivo mucho más hondo, de raigambre religiosa. E l- c r i m e n de Herodes alcanzó en l a Edad Media aniversarios i n sospechados. Los auxiliares de los templos se dedicaban dentro de las iglesias a pasatiempos y diversiones que llegaron a preocupar a las autoridades eclesiásticas. N i los concilios podían atajar los excesos ni la mala costumbre. Después de. mucho tiem- po de enérgicas medidas, se impuso la moderación. Quedaron estas huellas pueriles. Estas bromas de v i v i r u n día fuera de la realidad, como si la realidad de muchos días no tuviera aspectos de inocentada. L a Iglesia, al salir de su recinto la d i versión, no pudo perseguirla, y quedó en l a calle sin censor. L a costumbre, a decir verdad, valía ya bien peca cosa. Alguna noticia tan extravagante que descubría su i n tención y que lejos de creerla caíamos en la cuenra de que nos quería recordar una fecha. Y nada más. Pero este año, es un ministro laico quien, a semejanza, de aquellas autoridades de la Iglesia, se opone a las inocentadas; y es que las líneas divergentes, como se prolonguen, se encuentran en un punto llamado propio. E s muy posible que a partir de aquí se acaben las inocentadas. Las tentativas de varios obispos no pudieron acahar con la sacrilega Fiesta de los Asnos. Sólo la intervención del Parlad mentó pudo darla fin. A h o r a una disposición ministerial, que tiene su apoyo en el Parlamento, interviene en las inocentadas. L a ley de Defensa de la República, tan combatida, va a tener, por fin, una aplicación, aunque arbitraria, elegante: acabar con las inocentadas. N o están ya los tiempos para inocentadas. Cuando la vida era m á s sencilla podía ser una broma inquietar con- alguna noticia. Pero hoy, que se vive en una inquie- tud sin descanso, ¿qué inocentada nos puede alarmar? ¿Que se hunde la Mezquita? Pero si no ha sido incendiada por rara casualidad. Cualquier cosa que nos digan, a modo de inocentada, ha podido suceder. E n la realidad española no cabe ya l a inocentada, porque lo absurdo, lo inesperado, lo arbitrario, lo imposible, puede ser una realidad. Para que no se confundan las inocentadas con las realidades, -bien está la medida de perseguir las inocentadas. A s í se sabe perfectamente efue las otras cosas que quedan sin sanción. no sor inccentida: aur. qut, 1 pe can. Los periódicos deben ser los p r i 1; en no contribuir con sus bromas, ya i; mellas cosas de las que publica casi a l o parecen S i cualquier lector de los irieron hace veinte años cogiera curvl- lía uno de nuestros periódicos, despe la cara de extrañeza, compondría mrisa de hombre comprensivo y ext- ía, dejando el diario: S i n duda he lado en día de Inocentes G. COKROCtJA- NO.
 // Cambio Nodo4-Sevilla