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es N O V E L A D E ZANE G R E Y T R A D U C I D A P O R L A SEÑORITA I S A B E L ILACASA (CONTINUACIÓN Cogió con tina de sus nianazas la parte de delante de su vestido y dio un tirón. L o hizo con tanta fuerza, que Carley se dio tal golpe contra él que casi se quedó sin respiración. L a sostuvo durante algunos instantes y después rodeó su cuerpo con el otro brazo. Aquello parecía privarle nuevamente de la respiración e incluso de los sentidos. De repente se dejó caer completamente agotada. Le parecía estar rodeada de una completa obscuridad. Después se sintió arrojada violentamente lejos de aquel hombre. Cayó sobre el banco y se golpeó la cabeza y los hombros contra la pared en su caída. -S i vas a asustarte tanto, te dejo- -declaró Ruff muy disgustado- ¿Es que las mujeres del Este no podéis resistir nada absolutamente? Carley abrió los ojos y vio a aiuel hombre en una acüúid que reflejaba su protesta y un desprecio Eremos. -Pareces un gato enfermo- -añadió- Quiero que mi novia o mi mujer sea un verdadero gato montes. Su ira y su desprecio produjeron a la muchacha un gran alivio. Se irguió en su asiento y trató de dominar sus agitados nervios. Ruff la miraba, y en su rostro se reflejaba la desaprobación y la desilusión qué le había dado la muchacha. ¿Es que se te ocurrió acaso la idea de que iba a matarte? -preguntó bruscamente. -Me temo que así haya sido- -balbució Carley. Su alegría era tan grande, que casi se convertía en gratitud hacía aquel hombre. -Ten la seguridad de que no te hubiera hedió nada. ¡No me gustan las mujeres tan delicadas como tú! Y voy a decirte una cosa, Lindos Ojos: ¡Podías haber tropezado con un hombre que no fuera un caballero como yo lo soy! De todas las asombrosas afirmaciones de aquel hombre, aquélla era la que le pareció más extraordinaria. ¿Por qué llevas ese vestido blanco tan poco natural? -preguntó como si tuviera algún derecho a juzgar a la muchacha. ¿Poco natural? -repitió Carley. -Sí. Eso fué lo que dije. U n vestido de mujer sin nada por arriba ni por- abajo es poco natural. No es como debe ser. Parecías un... un... -trató de encontrar la expresión adecuada y acabó por decir: -como un ángel del infierno. Y quiero que me digas por qué lo llevabas. -Por la misma razón que llevo cualquier otro vestido- -repuso Carley de manera forzada. -Lindos Ojos, eso es mentira. Y tú lo sabes perfectamente. Llevaste el traje blanco para sacar de quicio a los hombres. Pero no tienes la franqueza de querer reconocerlo... ¡Ni siquiera a mí y a mis semejantes! N i siquiera a nosotros, que somos como polvo bajo tus piececitos. Pero, a pesar de todo, somos hombres, y quizá mejores de lo que tú te figuras. Si no tenias más remedio que ponerte ese vestido, ¿por qué no te quedaste en tu habitación? ¿No bajaste al salón y danzaste de un lado para otro para que admiráramos tu belleza? Y contéstame: Si eres una chica como es debido, como Fio ÍHutter, ¿por qué lo llevaste? Carley estaba completamente muda y sentia que la dominaba una vergüenza y una sorpresa muy singulares. -No soy más que un ranchero- -continuó diciendo Ruff Haze- pero no soy tonto. Para tener sentido común no hace falta vivir en el Este y vestirse con elegancia. Quizá comprendas que el Oeste es más grande de lo que imaginabas. Los hombres son iguales en el Este que en el Oeste... Pero si los hombres de tu pais tienen que resistir vestidos como ése blanco que tú llevabas, hacen bien en venir de vez en cuando al Oeste, como Glenn, Kilbourne, ta prometido. Hace diez años que vivo aquí y es la primera vez que veo un vestido como el tuyo... y tampoco he oído decir nunca que una muchacha haya sido insultada. Quizá creerás que yo te insulté. Pues no fué así. Creo que nada podía insultarte yendo vestida como ibas... Y por último, te voy a decir una cosa, Lindos Ojos: no eres lo que un hombre como yo llama una muchacha decente. Adiós. Su gigantesca figura obscureció el marco de la puerta y desapareció, dejando que la luz volviera a entrar a raudales dentro de la cabana. Carley seguía inmóvil y mirando hacia el infinito. Oyó el ruido producido por el choque de las espuelas y de los estribos de Ruff. A continuación, un sonido apagado de cuero al montar a caballo, el rápido golpear de los cascos que se debilita al alejarse rápidamente. Se había marchado. Carley había escapado a algo violento y brutal. Vagamente comprendía aquel hecho sintiéndose infinitamente aliviada. Y lentamente fué recobrando el dominio de sus nervios mientras recordaba con extraordinaria claridad todo lo que aquel hombre la había dicho. Pero todavía estaba bajo la influencia del temor que la había asaltado. Aquella escena era lo más desagradable de todo cuanto le había sucedido en el Oeste. Recrudeció la antigua repulsión que le producía aquel país y la hizo condenarlo a pesar de los encantos que encontraba en él últimamente. Quizá le hubiera sido beneficioso el volver a la realidad. L a presencia de Haze Ruff, la asombrosa verdad del contacto de aquellas manazas de ranchero habían constituido a ojos de la muchacha una profanación y una degradación que la habían hecho enfermar de miedo y de vergüenza. Sin embargo, por encima de aquellos sentimientos de vergüenza y de ira se elevaba un pensamiento pálido indefinible y monstruoso que la acusaba insistentemente y al que tendría que hacer frente más tarde o más temprano. Quizá fuera la voz de su nueva naturaleza, pero en aquel momento el ultraje y el odio que sentía hacia el Oeste no la permitían escucharlo. Quizá fuera la voz de su conciencia. Pero recobró la decisión y la energía que la caracterizaban, y arrojando a un lado aquella carga de emoción y perplejidad trató de recobrar por completo su compostura para cuando llegara Glenn. E l polvo había dejado de soplar, aunque el viento no había desaparecido enteramente. E l sol se ponía por el Oeste, rodeado de una aureola rosada y dorada. Carley vio un jinete a gran distancia y lo reconoció tanto a él como a su caballo. Se acercaba rápidamente. Salió de la cabana, y montando su potro se dirigió al encuentro de Glenn. No la atraía la idea de esperarle en la cabana, y además Glenn hubiera descubierto seguramente las huellas de otro caballo que no era el suyo. Glenn llegó junto a ella e hizo detenerse a su montura. ¡Hola! He estado muy preocupado- -dijo a modo de saludo, alargándole su mano enguantada- ¿Te cogió la tormenta de arena? -Me cogió y me enterró, Glenn- -dijo la muchacha riéndose. Los bellos ojos de su prometido la contemplaron alegre y ardientemente con la aguda penetración que caracteriza a los que aman. -Bajo el polvo me parece observar que te has asustado- -dijo. ¡Asustado! ¡Más que susto ha sido terror! A l principio de la tormenta temía el perderme... y que el viento me estropeara el cutis. Pero cuando llegó al punto culminante temí perder la respiración. ¿Y seguiste avanzando a través de las nubes de arena? -preguntó Glenn. -No del todo, pero hice frente a lo peor de la tormenta antes de. llegar a la cabana- -contestó la muchacha. Se continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla