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IN duda alguno en tiempos lejanos de aquellos magnates que solían tener cerca de sí un pobre bufón contrahecho para cometer la crue dad de reír a cuenta del lamentable fracaso de la forma humana, hubiese ten. do validez extraordinaria el jorobado entre los jorobados D. Francisco de Liaño y López, especie de botijo con pies, sombrero hongo y nombre y apellidos de caballero cjristiano con toda la talla. Pero como la moda de los bufones ya ha pasado hace mucho tiempo, el señor Liaño no tiene aplicación útil en ninguna parte, y ha dado en la dulce invalidez de ser poeta -como decía José Enrique Rodó- lo cual es el colmo para un jorobado de nuestros días. E n calidad de poeta acudía sin falta el señor Liaño a las reuniones que todos los lunes celebrábamos en el Escudo de Minerva- -Sociedad provinciana con domicilio propio para el culto de la forma poética- -las tres docenas de chiflados que aún creemos en que hay poesía por lo mismo que sigue habiendo mujeres hermosas. Liaño era socio honorario, pero no por sus méritos, pues ni siquiera alcanzó un accésit de juegos florales, sino porque el hombre se atrasó en el pago de los recibos mensuales, y como era evidente que no podía pagar, y mucho menos ecfbarle de la docta casa, porque hubiese enloquecido al considerar que esta medida equivalía a arrojar a Apolo del O impo, decidió la Junta directiva proclamarle socio de honor y romper los recibos atrasados, en vez de aplicar e el prosaico artículo vigésimotercero del Reglamento, que preceptúa la expulsión de todo socio con tres mensualidades pendientes. Claro es que esta cualidad honoraria se S le otorgó al Infeliz Liaño con cuidadosa delicadeza, para que en ningún momento quedase lastimada su dignidad. Se le invitó a que diese una lectura antológica de sus versos en el salón de actos de ja Sociedad, y al final, entre atronadoras ovaciones, le fueron entregados una corona de laurel con lazos de seda y un historiado pergamino en el que se hacía constar el título de socio honorario por cuanto ha contribuido a la intangibilidad de las formas preceptivas de la poesía, sin hacerles el menor caso a las nuevas tendencias. -L a poesía, para que lo sea- -decía el señor Liaño y López- dt- iie caer en verso, porque, si no, no es poesía. Esos versos arbitrarios, cortos unos, largos los más y ninguno con sonido, nada tienen que ver con las sublimidades líricas de los grandes poetas que en el mundo cjásico han sido y siguen siendo por haber ganado la inmortalidad con su plectro y su numen. ¡Gloriosa gente sería que medía los versos con regla inflexible y cartabón exacto, nunca con un elástico dé las ligas como ahora... En fin, se le dio a Liaño el título de socio de honor, se le perdonaron los treinta, reales de los tres recibos atrasados y en las siguientes reuniones de los lunes en el Escudo efe Minerva disfrutó del preeminente asiento en un sillón de retorcido penacho que teníamos reservado junto ai balcón central para sentar en él al más caracterizado de nosotros durante las discusiones cotidianas, con tanto alboroto en algunas ocasiones que las voces dominaban el ruido de los tranvías en su paso frecuente por debajo de la barandilla. Fué una crueldad poner a Liaño en sitio tan visible, tan alto y tan cerca de la calle... Porque el sillón era para personas de tamaño natural, y para que Liaño se subiese tenía necesidad de trepar o poco menos por una de las patas, V para bajar arrojarse con heroísmo desde el asiento como el guerrero que se arroja desde una muralla. Menos mal que dio pronto con el intríngulis de hacer que su cuerpo semiesférico botase sobre los muelles, y, aprovechando el impulso de éstos, lanzarse con denuedo al espacio, donde le recogíamos los que no teníamos el menor interés en que saliese por el balcón y se rompiese el bautismo contra los adoquines. U n día advertimos a Liaño muy preocupado de cosas materiales. Fué con motivo del estreno de un traje por uno de nosotros, que todos, mal que bien, podíamos permitirnos el lujo de renovar la ropa, no por arte cíe la poesía, que no nos proporcionaba más que los qonsonahtes, y no siempre, sino por razón de nuestras respectivas ocupaciones fuera del ensueño lírico, que daban lo suficiente para que sin gran lucha con el sastre gozásemos alguna qué otra vez del inefable decoro de la ropa nueva. A l ver el señor Liaño y López el traje recién hecho, envolviendo en elegancia y en olor a entretelas acabadas de planchar el cuerpo del afortunado compañero a quien el sastre le había sido rnás propicio que las musas, miró con disimulo su pobre indumentaria raída y comprendió que no estaba vestido para ocupar el magnífico sillón suntuoso. Se reflejó en sus ojos con un fulgor húmedo la tristeza de un gran problema de cuarenta duros por lo menos, y a poco empezó a hablar de la terrib e desgracia de ser poeta puro sin contar además con un simple destinillo, aunque fuese en e! Catastro parcelario... Pero era más desgarrador lo que 1