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ASPECTOS MADRILEÑOS L A M O M E R Í A DÉ S A N A A T O l l La romería de San Antón en la calle de Hortalesa, hace sesenta años. (Grabado de La Ilustración Española y Americana (Foto Duque. Todo pasa, y es ley humana que así ocurra. Como pasan los tiempos, pasan las costumbres, y al sucederse éstos y aquéllas, lo antiguo va cediendo el paso a lo nuevo, ya que la vida supone renovación y tránsito constante de lo viejo a lo moderno. Así pasaron la arriería y las diligencias, y en la pugna entablada a todo andar de la c i vilización, entre el motor y la tracción de sangre, acabó San Cristóbal- -Patrón de los automovilistas- -por vencer a San Antonio Abad. Esto hace que resulte anacrónica en nuestros días la antigua romería de San A n tón, que no hace muchos lustros mostraba todavía los restos de su antiguo esplendor a todo lo largo de la calle de Hortaleza, desde la Red de San L u i s hasta la puerta de Santa Bárbara. S i el pretender resucitar lo que no tiene justificación de existencia es porfía vana, no deja, en cambio, de ofrecer alguna amenidad, y m á s en esta fecha, el recuerdo de lo que esa romería fué en el pasado madrileño, tan pintoresco y tan rico de matices. Los cronistas de l a villa se hallan acordei en la referencia, y como la Historia dej a r í a de serlo si se inventara o se corrigiese, habrá que reproducir el relato en lo más substancial. Una advertencia antes, y es que determinados nombres, tal vez demasiado crudos y groseros, no podrían ser alterados sin detrimento de la veracidad. Recuérdese para el descargo que en el Quijote hay un capítulo consagrada a l a cerdosa aventura que le aconteció al caballero. Y a es hora, pues, de irse encaminando hacia la romería. Se basa en una añeja devoción, nacida de considerar a San A n tón como protector de los animales útiles al hombre, y en esta creencia, muy a- raigada entre el vulgo, se encuentran sus orígenes. Desde muy antiguo, los pintores e ima- gineros acostumbraron a representar a San Antonio Abad con un cerdo a los pies, simbolizando así la impureza de que logró triunfar el santo con su virtud, y esto, sin duda, fué lo que hizo considerar al glorioso anacoreta como protector de los animales domésticos. L a tendencia a mezclar lo profano con lo divino y el afán de la muchedumbre de buscar motivos para la expansión y el holgorio, implantó en Madrid y en otros muchos pueblos la costumbre de mantener en común el cerdo del Concejo para rifarlo después, y l a de escoger uno entre ellos, de los pertenecientes a las diversas piaras, para ser coronado como rey de los cochinos L a grosera carnavalada de la coronación, que tenía muchos puntos de semejanza con la fiesta de los locos y de los asnos de los tiempos medievales, se celebraba el día de San Antón. Reuníanse los porqueros de l a villa junto a la ermita de San Blas, situada en las cercanías de la actual basílica de Atocha, y manteniendo sujetos y en línea a los cerdos del Concejo, muy adornados con cintajos y campanillas, dábanlos suelta a una señal, siendo declarado rey el primero que conseguía llegar a la gamella rebosante de cebo, dispuesta allí para satisfacer la voracidad porcina. Acto seguido se echaba a suertes entre los zagales, y al favorecido se le revestía con un sayal grosero, dándole un báculo y una campanilla y montándole en un jumento, organizándose una procesión, que con estruendo y alboroto se encaminaba al vecino convento de San A n tonio. Poco antes de llegar, y en una eminencia próxima, era convenido que se detuviese el cortejo para proceder a otra ceremonia, durante la cual, así como en las anteriores y las sucesivas, ias libaciones eran copiosas, y como el tintillo c o r r í a en abundancia y la comitiva era nutrida, huelga señalar el grado que alcanzarían la algazara las imprecaciones y los gritos. Durante el alto trocábanse de nuevo las vestiduras del porquero. Despojado del sayal, cubríanle los hombros con un manto de esteras y l a cabeza con una corona de ajos, haciéndole descabalgar del borrico, para colocarle a horcajadas sobre los lomos del cochino que había sido declarado rey, y como el animal se resistía, eran de ver, entre los berridos y las voces, las caí- das y ios revolcones, con el acompañamiento de risotadas y denuestos de los circunstantes, que casi en volandas, ya que no podía ser de otro modo, y a los destemplados acordes de las cuernas y de los cencerros, conducían a la grotesca pareja hasta Jas puertas mismas del convento, en donde los religiosos habían de bendecir el pan que les presentaban los romeros, y la paja y. la cebada para las bestias, de que eran también portadores. Vencido ya el primer tercio del siglo actual, desaparecidos los lujosos trenes da caballos, substituidos los vehículos de tracción animal por los automóviles, l a romería agoniza sin remedio. tlace algunos años desfilaban ante la iglesia airosos jinetes y algunas grupas a la andaluza, con profusión de borlas y trenzados; todavía entonces los carreteros y los mozos de labranza, al conducir las recuas de ganado mular, se ufanaban por que las suyas respectivas fuesen las más lucidas y las de mejor presencia... L a prosa, del tractor y de la camioneta acabó con ello también, y es muy lógico que haya sucedido asi. Los confiteros son los únicos que siguen rindiendo culto a la tradición, elaborando los azucarados y sabrosos panecillos del santo de las m á s variadas y estimulantes calidades, para regalo de paladares delicados, encanto de golosos y recreo de glotones. A. R A M Í R E Z T O M E
 // Cambio Nodo4-Sevilla