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NOVELA DE Z A N E GREY TRADUCIDA POR LA SEÑORITA ISABEL L A C A S A (CONTINUACIÓN) convirtió eri alegría. Le pareció que las tres corrían hacia ella, ía abrazaban y lanzaban exclamaciones a un mismo tiempo. Carley no recordó nunca lo que había dicho, pero su corazón estaba lleno de emoción. ¡Oh, que aspecto más magnifico- tienes! -exclamó Eleanor retrocediendo un paso y mirando a Carley con mirada sorprendida y alegre. ¡Carley -gritó Beatriz- Pareces una maravillosa diosa de dorada piel... Tienes un aspecto tan joven como cuando estábamos en el colegio. Carley se estremeció bajo la mirada astuta, penetrante y cariñosa de su, tía María. -Sí, Carley; tienes muy buen aspecto, mejor que nunca, pero, pero... -Pero no parezco feliz- -interrumpió Carley- Estoy muy ontenta de volver a casa, de veros a todos... ¡Pero tenga el corazón destrozado! Siguió un pequeño intervalo de silencio. En el rostro de su tía y sus amigas se reflejaba un gran desconcierto. L a condujeron a través de un andén y subieron por las amplias escaleras. Cuando subió al vestíbulo, -de enorme cúpula de aspecto de catedral, tuvo una extraña sensación dolorosa. ¡No era la emoción de marcharse o volver a Nueva York! N i tampoco se debía a la agradable escena de ver a los elegantes viajeros y transeúntes que se apresuraban en su rededor, ni a la majestuosa belleza de la estación. Carley cerró los ojos y comprendió. L a nebulosa luz del espacio que l a cubría, las grises paredes, las siluetas de los que pasaban junto a ella, la enorme cúpula, que se asemejaba al cielo azul, le recordaron a las murallas de Oak Creek Canyon y a las grandes cavernas que había bajo las escarpadas rocas. Con la misma brusquedad que los había cerrado abrió Carley los ojos para mirar a sus amigas. -Prefiero pasarlo en seguida- -exclamó enrojeciendo- E l Oeste me era odioso. Era rudo, violento, enorme. Me parece que ahora lo odio con más intensidad... Pero me cambió, me transformó físicamente y moralmente. Dios sólo sabe el cambio que he sufrido... Y ha salvado a Glenn. ¡O h! ¡Es maravilloso! No le reconoceríais nunca... Durante mucho tiempo carecí del valor, suficiente para decirle que había ido para traerle de nuevo a Nueva York. Lo iba retrasando más y más. Y monté a caballo, trepé por el monte, viví en un campamento y pernocté al aire libre. A l principio casi me causó la muerte. Después se hizo más llevadero y fácil, hasta que me olvidé de las molestias que tuve en un principio. No diría la verdad si no reconociera que, en cierta manera, me divertí muchísimo, a pesar de todo... Glenn se dedica a criar cerdos. Tiene un rancho de cerdos. ¿No os parece sórdido? Pero las cosas son a veces diferentes de lo que parecen. Glenn está- completamente absorbido por su trabajo. Y o lo odiaba y esperaba ridiculizarlo, Pero acabé por respetar a Glenn infinitamente. A través de la cría de cerdos aprendí a conocer la verdadera nobleza del trabajo... Bueno; al fin me armé de valor y le pregunté cuándo pensaba volver a Nueva York. Me dijo que nunca... E n tonces me di cuenta de mi ceguedad y mi egoísmo. No podía casarme con. él y vivir allí. Me era imposible. Era demasiado insignificante, demasiado baja, demasiado apegada a las comodidades, demasiado mimada. Y desde el principio lo sabía él; sabía que nunca sería lo bastante noble para casarme con él. Eso me destrozó el corazón... Le dejé libre, y aquí estoy... Os lo- ruego, no me hagáis más preguntas, no me habléis nunca de ello, para que pueda olvidar. L a tierna y silenciosa compasión de aqueljas mujeres que la querían la sostuvieron en aquella, hora de prueba. Después de haber hecho aquella confesión su corazón pareció librarse de un peso, y la odiosa nebulosidad que obstruía su vista desapareció. Cuando llegaron a la parada de taxis que había delante de la estación sintió Carley una ráfaga de aire caliente y desvitalizado que procedía de la caile. Le parecía que el aire no penetraba en sus pulmones. ¿No os parece que hace un calor terrible? -preguntó. -En comparación del que hizo la semana pasada se puede decir que hasta hace fresco- -contestó Eleanor. ¡Fresco! -exclamó Carley, secándose el húmedo rostro- Me parece que los del Este no sabéis el verdadero significado de las palabras. Después subieron a un taxi y atravesaron un laberinto de coches y calles, donde los peatones tenían que correr y saltar para salvar su vida. Una congestión del tráfico hizo detener al taxi durante unos momentos entre la Quinta Avenida y la calle Cuarenta y Dos, y Carley comprendió con toda claridad que estaba de vuelta en la metrópoli. Su dolorido corazón se serenó un tanto al ver la enorme multitud que iba de un lado p r otro. ¡Cómo aa se apresuraban! ¿Dónde irían? ¿Cuál sería su historia? Y ni un momento le soltó su tía la mano que tenía cogida entre las suyas, y Beatriz y Eleanor charlaban a toda velocidad e incesantemente. Después subió el taxi por la Avenida, y volviendo la esquina de una calle lateral se detuvo ante el hogar de Carley. Era una casa modesta, de piedra obscura, que tenía tres pisos. Carley había tenido tantas sensaciones que creía no poder experimentar ninguna nueva. Pero, mirando por la ventanilla del taxi, miró dubitativamente hacia los peldaños castaños- rojizos y hacia la fachada de su, casa. -Haré qué la pinten- -murmuró, como para sus adentros. Sus amigas y su tía se echaron a reír, contentas y aliviadas, al oír formular a Carley aquella observación tan sumamente práctica. ¿Cómo iban a adivinar que aquel color castaño- rojizo era el de las rocas del desierto y las murallas de la cañada? Pocos segundos después estaba Carley dentro de la casa, sintiendo una sensación de protección en las familiares habitaciones que le habían servido de hogar durante diecisiete años. Una vez en el santuario de su habitación, que estaba exactamente igual que cuando la dejó; lo primero que hizo fué contemplar en el espejo su rostro acalorado, cansado y lleno de polvo. N i su color tostado ni la sombra parecían armonizar con su imagen, que perseguía aquel espejo. ¡Bueno! -susurró en voz baja- Se acabó... Estoy en casa. ¿Me espera la vida de antaño o una completamente nueva? Tendré que hacer frente a ambas. ¡Bueno! Desafió a su espíritu, y su inteligencia la hizo comprender la imperativa necesidad de movimiento, excitación, y esfuerzos, que no le dejaran tiempo para recordar. Aceptó el programa. Se alegraba de la batalla que tenía ante ella. Endureció su corazón y fortaleció su voluntad con todo el orgullo, vanidad y rabia de una mujer que ha sido vencida, pero que no se resigna fácilmente a su derrota. Era lo que su nacimiento, su educación y el ambiente que la rodeaba habían hecho de ella. Buscaría lo que había eri su antigua vida. Entre deshacer el equipaje, charlar, telefonear y comer se le pasó el día muy de prisa. Carley fué a cenar con unos amigos, y, a continuación, a un jardín situado en el tejado de un rascacielos. E l color y la luz, la alegría y la música, las noticias de sus conocidos, el arte de los actores, todo, en resumen, aparte f CSs continuará