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OZ DE LA C NOVELA DE ZANE (CONTINUACIÓN) GREY T R A D U C I D A P O R L A SEÑORITA I S A B E L L A C A S A de acuerdo- -dijo Carley- T ú dejas el futuro de las mujeres al azar, a la vida, al materialismo, no a sus conscientes esfuerzos. Y o l o quiero dejar al idealismo y a l a libre voluntad. -C a r l e y vas más lejos que yo- -declaró Eleanor en tono de duda. ¿Q u é quieres hacer? Todo depende de la actitud individual que adopte una mujer ante l a vida. -M e dejaré arrastrar por la corriente, Carley, y sin poner dificultad alguna- -contestó Eleanor sonriendo. ¿N o te importan las mujeres y los niños del futuro? ¿N o estás acaso dispuesta a negarte un poco en la actualidad y a pensar, trabajar y sufrir un poco en bien de la futura humanidad? ¡Qué modo más extraño de expresar las cosas, C a r l e y! -e x clamó Eleanor con aire aburrido- S i me haces pensar en ello, claro que me intereso por todas esas cosas. ¿Pero qué voy a hacer yo con la vida de los que han de existir dentro de muchos años? -T o d o ¡América para los americanos! Mientras llevas esa vida frivola, se absorbe la savia vital de nuestra gran nación. Los hombres tienen que luchar; las mujeres, que ahorrar... Creo que tú ya has hecho tu elección, aunque no te des cuenta de ello. Y o pido a Dios fuerza para cumplir con m i deber. Una mañana tuvo Carley una visita a una hora poco convencional por lo temprana. -N o me ha querido dar ningún nombre- -dijo la doncella- V a vestido de soldado, señorita; está pálido y lleva un bastón. -Dígale que bajo en seguida- -contestó Carley. Sus manos temblaban mientras se arreglaba rápidamente. ¿Serta aquel visitante V i r g i l Rust? L o deseaba, pero dudaba que así fuera. Cuando entró en el gabinete se encontró con un muchacho alto, vestido con u n raído uniforme color caqui, que se puso en pie para recibirla. A l principio no pudo recordar su nombre, aunque reconoció sus claros ojos azules, firmes y leales, y su pálido rostro. -Buenos días, señorita B u r c h- -d i j o- Espero que me dispense usted por haber venido tan temprano. ¿Me recuerda usted, no es así? Soy Jorge Burton, y ocupaba la cama que había junto a la de Rust. -C l a r o que le recuerdo, mister Burton, y me alegra mucho el verle- -contestó Carley, estrechándole, la mano- Haga, el favor de sentars: S u presencia me indica que le han dado ya de alta en el hospital. -S í y a me han dado de alta- -dijo él. -L o que quiere decir que ya está bien. N o sabe usted lo que me alegro de que así sea. -M e dieron dé alta para hospitalizar a un pobre muchacho que está bastante mal. Todavía estoy débil- -contestó B u r t o n- Pero me alegro de salir del hospital. M e he repuesto bastante, y no tardaré en estar completamente bien. L a gripe ha sido la que ha retardado m i curación. -T i e n e usted que tener cuidado. ¿M e permite usted que le pregunte dónde va y qué piensa usted hacer? -S í precisamente de eso es de lo que he venido a hablarle- -contestó Burton con franqueza- Desearía que me ayudara usted un poco. Soy de Illinois, y mi gente está en una posición bastante desahogada. Pero de momento no quisiera irme a v i v i r a mi ciudad natal. Además, los inviernos son muy fríos allí. E l doctor me aconseja que yaya a un sitio en que haya un clima más templado. F u i víctima del gas y después tuve la gripe. Pero sé que si tengo cuidado me pondré completamente bien... Siempre me ha atraído la agricultura, y quisiera ir a Kansas. A l Sur de Kansas. M e gustaría viajar hasta que encontrara un sitio que me gustara, para buscar un empleo y ponerme a trabajar. A l principio no quisiera trabajar demasiado; por eso es por, lo que necesito un poco de dinero: Sé lo que me conviene. Quiero irme a v i v i r entre los trigales y tratar de olvidar la guerra. A h o r a no me asustará el trabajo... Señorita B u r c h ha sido usted tan buena con nosotros, que me voy a atrever a pedirle prestado un poco de dinero. Se lo pagaré. N o puedo decirle cuándo, pero tenga la segundad de que lo haré algún día. ¿Quiere usted hacerme ese favor? -Desde luego- -contestó la muchacha con entusiasmo- M e alegro mucho de tener ocasión de prestarle un poco de ayuda. ¿Qué necesita usted para uso inmediato? ¿Quinientos dólares? -Oh, n o no tanto- -contestó él- L o necesario para el b i llete a mí casa, a Kansas y para pagar el hospedaje hasta que me ponga bien y encuentre algo. -B u e n o pongamos que necesita usted los quinientos dólares- -contestó Carley, y poniéndose en pie se dirigió hacia la librería- Perdóneme un momento- -dijo. Escribió el cheque, y volviendo al gabinete se lo dio. -E s usted muy buena- -dijo Burton en voz baja. -N o vale la pena- -contestó Carley- N o puede usted darse cuenta de lo que significa para mí el poder ayudarle. Y dígame, antes de que se me olvide, ¿puede usted hacer efectivo ese cheque aquí, en Nueva Y o r k? -N o a menos de que me identifique usted- -dijo él apesadumbrado- N o conozco a nadie que pueda hacerme ese favor. -B u e n o cuando salga usted de aquí vaya directamente a mi Banco; está en la calle número 34, y yo telefonearé al cajero. Así no tendrá usted ninguna dificultad. ¿Se marchará usted en seguida de Nueva Y o r k? -Desde luego. E s un sitio terrible. Hace dos años, cuando vine aquí con mi compañía, me pareció un sitio delicioso. Pero por lo visto perdí algo en el campo de batalla... M e gustan los sitios tranquilos, donde no se ve mucha gente. -C r e o que le comprendo- -contestó Carley- ¿Supongo que entonces estará usted deseando llegar a su casa, no? Tendrá usted novia, y se estará muriendo de deseos de volverla a ver. -N o siento tenerle que decir que no la tengo- -contestó con sencillez. Cuando fui a Francia me alegré de no tener que dejar una novia en América. Pero ahora me gustaría poder volyer junto a ella. ¡N o se preocupe! -exclamó Carley- Puede usted elegir. Tiene usted un talismán maravilloso que le abrirá el corazón de toda muchacha realmente americana. ¿Y en qué consiste ese talismán? -preguntó él enrojeciendo. -E n el servicio prestado a la patria- -dijo ella gravemente. -B u e n o- -d i j o él con singular brusquedad- considerando que no tengo ni medallas ni cruces, me daré por satisfecho si encuentro una buena muchacha. -L a encontrará usted- -contestó Carley apresurándose a cambiar de tema- Y a propósito, ¿conoció usted en Francia a Glenn Kilbourne? -N o recuerdo haberle conocido- -dijo Burton mientras se ponía en pie con un movimiento rígido y apoyándose en su bastón- M e tengo que i r señorita Burch. Realmente, no sé cómo (Se continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla