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N O V E L A DE ZANJE G R E Y TRADUCIDA P O R L A S E Ñ O R I T A ISABEL LACASA ¿CONTINUACIÓN) expresarle mi agradecimiento. Nunca olvidaré lo que ha hecho usted por mí. ¿Me escribirá usted dicíéndome qué tal le va? -preguntó Carley ofreciéndole la mano. medios de evitar las guerras en el futuro: el que los hombres se volvieran honrados y justos y el que las mujeres se negaran a sacrificar a sus hijos. Como no había indicio alguno de que sucediera lo primero, se preguntaba cuándo se encontrarían todas las mujeres de todas las- razas unidas por aquel espíritu elevado- -SÍ. Carley le acompañó al vestíbulo y a la puerta de entrada. Que- que consumía su propio corazón. Aquel día había de llegar a la ría hacerle una pregunta, pero sentía una dificultad extraña en fuerza. Contra todos los argumentos que justifican una guerra, formularla. A l llegar a la puerta le lanzó Burton una mirada oponía una verdad ardiente y apasionada: la agonía terrible por la que pasaban los soldados, las mujeres y los niños. No había nada penetrante, y dijo: que justificara una guerra de ofensiva. Era una cosa monstruosa- -No me ha preguntado usted por Rust. -No; realmente no había, pensado en ello hasta este mismo y terrible. Si la evolución de la Naturaleza probaba la absoluta necesidad de la lucha, la guerra, y la sangre, y la muerte, para lomomento- -mintió Carley. -Entonces, naturalmente, no sabrá usted nada. No tenía se- grar el progreso necesario a la perfección del hombre, sería mejor abandonar esas leyes diabólicas y dejar que la raza humana se guridad de ello, extinguiera. -No he tenido noticias suyas. Durante semanas enteras esperó ardientemente una carta de- -Rust fué el que me dijo que viniera a verla, señorita Burch- -dijo Burton- Estábamos charlando en una ocasión, y me dijo Glenn. Pero la carta no llegó. ¿Habría sucumbido al fin a la dulzura, los méritos de Fio Hutter, aquella muchacha del Oeste? Carque usted era bonísima. Dijo que estaba seguro de que usted me creería y me prestaría el dinero. Si no fuera por él, no me hubiera ley sabía con toda certeza, guiándose por lo que le decían su intuición y su inteligencia, que Glenn Kilbourne no llegaría nunca a atrevido a pedírselo. ¡Me alegro de que creyera que yo era buena... ¿Ha habla- amar a Fio. Sin embargo, tan grande era su desesperación y su ansiedad, que cuando yacía despierta en su lecho, rodeada de la do alguna vez de mí desde que dejé de ir al hospital? -Casi nunca- -contestó Burton, mirándola de nuevo con aque- obscuridad, sentía la punzada de los celos, que iban minando insidiosamente su naturaleza. Cuando veía en sueños los paseos a llos ojos firmes y francos. pie y a caballo que había dado. durante su estancia en Arizona, las Carley hizo frente a aquella mirada, y de repente se sintió ascensiones por la solitaria cañada, donde siempre parecían reinar invadida por un frío muy intenso. No parecía proceder de su inlas sombras, y la enorme extensión del Desierto Pintado con sus terior, aunque su corazón dejó de latir. Burton no había cambiado, la gratitud y la cordialidad seguían reflejándose en su aspec- innumerables colores, sentíase invadida por una sensación de paz to. ¡Pero y aquel fulgor de sus ojos! Carley lo había visto en los y de extraña alegría. Pero combatía aquellos sueños, que al desde Glenn, en los de Rust; era un fulgor extraño, interrogante, in- pertar le producían una nostalgia irresistible. Comprendió entonfinitamente lejano y triste. Después sintió que el corazón le daba ces la sensación de soledad y aislamiento que. producen las coliun vuelco, produciéndole una sensación dolorosa. Con miedo y nas, la dulzura del murmullo de las cascadas, del viento que agita los pinos, de los trinos de los pájaros, el blanco fulgor de las esvoz temblorosa, adivinando la tragedia, susurró: trellas, la belleza de la aurora y el dorado resplandor de la puesta- ¿Y qué ha sido de Rust? de sol. Sin embargo, aún no había llegado a comprender su sig- -Ha muerto. nificación. No se trataba solamente del amor que sentía hacia Glenn Kilbourne. ¿Acaso le hastiaba la vida de la ciudad, simLlegó el invierno con sus fuertes vendavales marinos, sus cha- plemente a consecuencia de la ausencia del amado? Carley refleparrones de fría lluvia y sus nevadas. Carley no se fué al Sur. xionaba como aquel que trata de abrirse camino en la obcuridad Leía y meditaba, y gradualmente evitaba el trato de todo el mun- luchando contra las sombras. U n día recibió una tarjeta de una antigua compañera de codo, aparte de los verdaderos amigos que la seguían tolerando. Iba al teatro con mucha frecuencia, preferentemente a ver dra- legio. Era una muchacha que se había casado en otra esfera y que mas, y no hacía nada por divertirse. L a distracción y la diver- se había aislado completamente de sus antiguos amigos. Vivía en Long Island, en una casita de campo que se llamaba Wading River. sión le parecían palabras sin sentido. Se absorbía en discusiones Su marido se dedicaba a la electricidad, era una especie de inrelacionadas con el bien y el mal de los tiempos presentes. Su esventor. Les acababa de nacer un chiquillo. Escribía a Carley si píritu repelía las ideas socialistas. Nunca había llegado a comprenderlo claramente, pero le parecía que se trataba de un estado de no quería coger el tren para ir a conocer al pequeño. Aquella llamada era ardiente y apasionada. Carley fué a ver ánimo de las gentes que no estaban satisfechas y que trataban de a su amiga. Se encontró en una casita de campo, situada en las compartir lo que otras personas á s trabajadoras o más inteligentes poseían. Había una minoría que poseía grandes riquezas, afueras de un pueblecito. Sin duda sería un sitio muy lindo en vemientras que la mayoría de la gente tenía que luchar contra la rano, en que tanto las viñas como, los árboles ostentarían su verde ropaje. Su antigua compañera de colegio era de color rosado, repobreza. Tenía que venir algún arreglo de aquella injusticia y aquella gordeta, de ojos claros, y se sentía completamente feliz. Dijo a desigualdad, pero Carley no creía que el remedio estuviera en el Carley que no había cambiado nada, cosa que agradó grandemente a la muchacha. Elsie habló de ella y de su marido, de lo que socialismo. Devoraba libros de la guerra con mórbida curiosidad, espe- habían tenido que trabajar para fundar aquel pequeño hogar, y rando encontrar alguna verdad luminosa que demostrara lo in- de su hijito. Cuando Carley vio aquel adorable bebé de ojos obscuros y roútil que había sido el sacrificar a todos aquellos muchachos que estaban en la primavera de su vida. L a guerra le parecía más bien sada carne, comprendió la felicidad de Elsie y se gozó de ella. Cuando tuvo aquel cuerpecito suave y caliente entre sus braunt cuestión de naturaleza humana que una política. E l odio era, ea íiSaliííad, una obsecuencia de la guerra. Según ella, había dos (Se continuaré. m
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