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N O V E L A DE ZANÉ -G R E Y TRADUCIDA P O R L A SEÑORITA ISABEL L A C A S A (CONTINUACIÓN) J 3 ná tarde se le ocurrió explorar una pelada colina cubierta de una ceniza de un gris acero. Fué a caballo hasta que el animal se, hundió hasta las rodillas y no pudo seguir adelante. Después trató de continuar a pie. Le costó gran trabajo, pero al fin consiguió, llegar a la cumbre, muy sofocada, sudando y, casi sin respiración. Aquella colina de ceniza era el apagado cráter de un volcán. En, su centro había un profundo hueco de maravillosa simetría y de un color negro mate. No había ni una planta ni una brizna de hierba. Carley sintió deseos de bajar hasta el fondo del cráter. Probó la resistencia de la ceniza que bordeaba la boca del volcán. Tenía la misma consistencia que la que cubría el lugar por donde había subido a la colina. Pero la pendiente era más pronunciada, a pesar de lo cual saltó osadamente por encima del redondeado borde, y una. yez que emprendió el descenso adquirió una velocidad enorme. Parecía ir calzada con las botas de las siete leguas. No sentía ningún temor, y únicamente le dominaba una gran emoción. No le importaba el peligro que pudiera correr. Seguía bajando con pasos gigantescos, se hundía, producía. avalanchas, sobre las que iba montada hasta que se detenían, saltaba, y por último cayó al suelo, y bajó rodando por la suave ceniza hasta el fondo ¿rdel volcán. Allí permaneció echada durante algún tiempo. Era un sitio muy cómodo para descansar. E l fondo del volcán no tenía más que unos seis metros de extensión. Miró hacia arriba y se quedó asombrada. ¡Qué enorme era la pendiente que iba desde la boca del volcán hasta donde ella se encontraba! Era. un círculo sin lado alguno. Mirando hacia arriba vio un lago redondo de transparente, cielo. ¡Qué extraña y maravillosa profundidad tenía aquel azul! Carley pensó que a través de aquel color se podría mirar hacia el infinitó que le servía de fondo. Cerró los ojos y descansó. Pronto su corazón y su respiración adquirieron el ritmo normal y dejó de oírlos. Permaneció completamente inmóvil. A pesar de tener los ojos cerrados le parea seguir viendo. E r a la luz del sol, que atravesaba la sangre y fa carne de sus párpados. Aquella luz tenía un tono rojo tan maravilloso como el azul del cielo. Tan penetrante era el fulgor del sol, que tuvo que protegerse los ojos con el brazo. De nuevo se sintió invadida por aquella extraña sensación de felicidad. Nunca había estado tan absolutamente sola. Era como si hubiera estado dentro de una tumba. Le parecía que estaba muerta a todos los seres vivientes y gozándose en la gloria de las cosas que se le. habían escapado mientras estaba viva. Se dejó llevar por aquella sensación. Adoraba aquellas cenizas secas y polvorientas; adoraba aquel cráter oculto a todo el mundo, con excepción de los pájaros; adoraba el desierto, la tierra y, sobre todo, al sol. No era más que un producto de la tierra y una creación del sol. Había sido un átomo infinitesimal de algo inerte que había revivido bajo la luz mágica del astro rey. Pronto abandonaría el espíritu su cuerpo y se alejaría, mientras que la carne y los huesos se convertirían nuevamente en- polvo. Aquel cuerpo suyo, que llevaba la chispa divina en su interior, pertenecía a la tierra. Hasta entonces había sido un ser ignorante, irreflexivo e insensible, absorto por completo en busca de los bienes materiales y ciego a la verdad. Debía dar lo que tenía. Era una mujer; pertenecía a ía Naturaleza; no era más que una madre del futuro. No había amado realmente ni a Glenn Kilbourne ni a la vida. Una educación falsa, unos principios falsos, un ambiente lleno de errores la habían convertido en una mujer que imaginaba tener que alimentar su cuerpo cori ia 3 mieles de la indulgencia. Se, sentía humillada; no era más que un animal superior a los 1 demás únicamente por ser inmortal. Era trascendental su poder femenino de ligar su vida con el futuro. E l poder de la semilla de las plantas, el calor del sol, la inexcrutable creación, el espíritu de la Naturaleza, casi la divinidad de Dios, todo aquello estaba en sus manos por ser mujer. Aquel era el gran secreto que hasta aquel momento le había parecido completamene incomprensible. Aquel era el error de su vida; había estado ciega y no había, comprendido la significación, el poder y la sublimidad de ser, mujer. Entonces se dejó llevar por la mujer que llevaba dentro de su ser. Alargó sus brazos hacia el cielo azul como si quisiera estrechar entre ellos el universo. Era como la misma Naturaleza. Besó las polvorientas cenizas y oprimió su seno contra la templada pendiente. Su corazón pareció ir a estallar inundado por una indescriptible felicidad. Aquella tarde volvió a Deep Lake en el momecto en que el sol se ponía, ocultado por una nube de un coior blanco con reflejos dorados. Ante su vista cruzó una silueta familiar y desgarbada. Se aproximó al lugar en que había desmontado y Carley vio que no era otro que Charley, el pastor de Oak Creek. ¿Cómo está usted? -gruñó con su extraña sonrisa- ¿De modo que era usted la que había comprado Deep Lake? -Sí. Y tú cómo estás, Charley? -contestó la muchacha, estrechándole la mano. ¿Yo? Ah, perfectamente. Me alegro mucho de que haya usted comprado este rancho. Me parece que vendré a pedirle trabajo. -Te lo daría seguramente. ¿Pero no trabajas acaso en casa de Hutter? -No. Y a no. Yo y Stanton reñimos con ellos. Qué extraño y qué seco era aquel muchacho! Su delgado y aceitunado rostro tostado por el sol, con sus claros e inocentes ojos y su desgarbada figura con sus zajones azules le recordaban v i vamente a Oak Creek. -Lo... lo siento- -contestó titubeando y un poco enfriado el entusiasmo con que había acogido a Charley- ¿También se marchó Stanton? -Sí. Desde luego. ¿Qué ocurrió? -Pues que Fio no hacía caso más que a Kilbourne- -contestó Charley con una sonrisa burlona. ¡A h! Y a comprendo- -murmuró Carley, que se sintió invadida por una sensación de desagrado. Aquella sensación pareció extenderse hasta llenar el ambiente y la dorada puesta de sol. Después desapareció. ¿Qué le preguntaría? Se le ocurrían mil cosas que le interesaba saber- ¿Están de vuelta los Hutter? -Y a lo creo. Hace varios días que volvieron. Creía que Hoyle se lo había dicho a usted. Quizá no lo supiera, pues no ha ido nadie a la ciudad. ¿Cómo está, cómo están todos? -murmuró Carley. Había un extraño abismo entre sus pensamientos y sus palabras. -Me parece que todos están bien- -contestó Charley. -Y Fio, ¿cómo está? -exclamó, por fin, Carley. ¡Oh, Fio está completamente loca por su marido! -murmuró Charley, fijando sus claros ojos en los de Carley. -i De su marido! -tartamudeó la muchacha. -Desde luego. Fio ha hecho lo que yo aseguraba que haría. ¿Con quién se ha casado? -dijo Carley, y a aquella pregunta (Se di continuará.
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