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DIARIO ILUSTRADO, AÑO V 1 GENUMERO 8 DIARIO ILUSTRADO. A Ñ O VI G E SI M O N O V E N O 10 GTS, N U M E R O SIMO, N O V E N O 10- CTS. F U N D A D O E L i D E J U N I O D E 1905 P O R D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A MEDITACIONES POLÍTICAS Rebelión de contribuyentes N o me pertenece el título de la presente meditación. L o tomo de una obra que el ilustre periodista francés Augusto Cavalier ha publicado recientemente. Y claro está, que no se refiere a España, sino a Francia. Pero es viejo refrán castellano aquél de que cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojo y no estará de m á s que, meditando el caso, prevengamos dolorosas consecuencias. Sordamente, el contribuyente francés se va preparando a luchar contra un régimen tributario que le aplasta, y que no es, después de todo, sino el régimen tributario del mundo entero, con los rasgos más abultados. Mas como la cuantía no muda su especie, lo de aquí puede llegar a ser lo de allí; pues nada hay, ni en las corrientes de opinión ni en la organización política, que radicalmente se diferencie de las francesas. P o r eso hay que prever, que es lo mejor para remediar. No se trata de substraerse a los deberes que tiene todo ciudadano de levantar las cargas del Estado. Se trata de. evitar, que la riqueza pública, de que éste había de ser esforzado defensor, se vea destruida, y de que el productor se convierta en un mero recaudador de impuestos. Porque la riqueza pública no es, cosa materialmente distinta de la privada, y destruida ésta desaparece aquélla; y si el Estado pretende disponer de recaudadores que, sin merced alguna y aun sin propio beneficio, le provean de los i n gresos que necesita, ya ha sonado la hora de su muerte, que le llegará después de debatirse en la miseria y en la convulsión. Es una ilusión imaginarse que el Estado vive mediante el consumo de la propiedad privada. Esa es la bárbara concepción del salvaje, que, para hacer suyo el fruto del árbol que se ofrece en lo alto de su copa, derriba el árbol. P o r el momento, no notará diferencia alguna, precisamente porque es salvaje; pero la experiencia le demostrará muy pronto que ha hecho un doble mal negocio. Aprovecharse del fruto le ha costado más que subir a la copa del á r b o l y al a ñ o siguiente ya no tendrá ninguno que cosechar. E l Estado que no quiera parecerse al salvaje vive de la conservación, primero, y de la prosperidad después, de la propiedad privada. Es posible que a algún Gobierno, por excepción, le convenga seguir la política- -si a eso puede llamarse política- -del salvaje; pero un Gobierno no es un Estado. N o creo que haya que esforzarse en probarlo. Que en el actual régimen tributario del mundo entero hay más de uno y m á s de dos impuestos voraces, consumidores de r i queza productora, y de la substancia misma que periódicamente transforma en objetos propios del consumo las primeras materias de la Naturaleza, no puede suscitar la menor duda. Los Gobiernos de una y otra parte de! mundo, cualquiera, que sea la forma que revistan, no se limitan a aplicar para sus fines parte de la producción anual; por caminos más o menos desviados hacen presa en é mismo capital productor. A l año siguiente, por necesidad, V la producción h a b r á descendido; y los G o biernos se v e r á n obligados a dar un nuevo corte en aquél. S i hasta ahora no se ha notado excesivamente este fenómeno en las economías nacionales, ha sido porque las épocas de bienandanza proveían a todo. Hoy, de la mala política pasada nos quedan los resabios. N o podemos vanagloriarnos de ello. E l contribuyente francés lo ha columbrado y a y contra la sistemática destrucción de la riqueza nacional por los Gobiernos que en ella entran a saco para hacer frente a sus necesidades, rezonga y se rebela. E n el último lustro, sus cargas fiscales han aumentado cerca de un 5 0 por 100. Y las Cámaras de Comercio de la vecina República proclaman el origen del m a l aunque el remedio, como ya lo he dicho en estas mismas columnas- -y por ello hay mayor i n terés en que el daño no se produzca- ha de ser lento en sus efectos. Piden a l E s tado qué renuncie a las funciones que no le son esenciales y que se ocupe de restablecer lo que a él le a t a ñ e l a estabilidad, la continuidad y la autoridad. S i bien se examina, esa propuesta no tiene tan sólo carácter económico. Rebajar los impuestos es una cosa; señalar las medidas con que la rebaja ha de conseguirse, y, como consecuencia de ella, la desgravaclón favorable de la riqueza privada, otra muy: distinta. Y se observa que en este segundo aspecto las C á m a r a s de Comercio francesas: exigen soluciones clara y substancialmente políticas, L o cual revela que se apodera de la gentes, penetrando por las vías de su instinto, esta magna verdad, de elevado orden especulativo: que la economía nacional está subordinada al orden político; es decir, que la reforma del Estado es antecedente obligado de la reforma económica. E l barón Louis, ministro de L u i s X V I la habia expresado gráficamente Dadme- -decía al Rey- -una buena política, que yo os daré tinas buenas finanzas Entre las medidas políticas que, como condición de la reforma económica, patrocinan las Cámaras de Comercio de París, la primera, aunque de efectos mediatos, no puede ser ni m á s evidente ni m á s fácil de ejecutar. L o que no es esencial a una na- turaleza, esta lo realiza mal y. además, con daño de su propia misión. Mala realización de lo extraño que se adopta, y abandono de lo propio, se traducen fulminantemente en dilapidación, en derroche, en estrago de la Hacienda. Y que el Estaco moderno padece. la dolencia del entrometí- miento en materias que desconoce y que no le importan, no hay, por desgracia, que comentarlo excesivamente L a sociedad lo siente como un peso sobre el pecho o una: carga sobre los hombros. H a y que resolverse a deiar de hacer, cosa que es bastante m á s fácil que hacer. N o lo es tanto dotar a un Estado de estabilidad, de continuidad y de autoridad. Y además, no cabe exponer los medios para conseguirlas en un artículo de periódico. Pero hay que hacer constar que eso se empieza ya a pedir en el extranjero. Que quien tenga oídos, oiga a tiempo. L a s lamentaciones a destiempo nada corrigen. N o son m á s que eso... lamentaciones. 1 LA LIBERTAD E N SEÑAR DE VÍCTOR P R A D E R A E l viejo anticlerical, anticlerical de toda l a v i d a de aquellos dedos banquetes de promiscuación, lo cual no implicaba que estuviese casado canónicamente y hubiere baut u a d o a sus hijos, me dice, comentando las discusiones en torno a- la ley de Congregaciones Hay que respetarla conciencia del niño. Esto se viene repitiendo con insistencia, como si se tratara de un apotegma incontrovertible. Seguimos conversando, y a poco le pregunto: ¿Y su hijo de usted? -M i hijo- -me contesta- -está libre de todos los prejuicios. M e he cuidado de que se eduque en mis mismos principios. M i hijo es mi mejor obra. E n punto a ideas, imagen y semejanza mía. Esta incongruencia es muy frecuente. H a y que respetar la conciencia del n i ñ o pero ¿quién que tiene sobre sí la responsabilidad de la educación la respeta? L a educación consiste precisamente en crear una conciencia, y crearla conformándola a unas leyes, a unos preceptos, á unas normas. ¿U n educador puede ofrecer a su educando no más que problemas objetivos? ¿L a educación no es otra cosa que información? ¿Puede darse en la escuela laica una neutralidad absoluta en la exposición de los conocimientos humanos? Y o no sé en virtud de qué principios u n régimen democrático puede atentar a la l i bertad de enseñanza, pero sí puede, y por las muestras parece que va pudiendo, podrá fundamentar su tesis en cualquier cosa menos en el postulado de que hay que respetar la conciencia del niño. A l niño hay que crearle una conciencia, y esta conciencia deben creársela los m á s inmediatos a él, los padres y los maestros que éstos eligen. P a rece que la cuestión no tiene otro aspecto que el religioso, como si fuese este punto el único que pone en peligro la integridad de la conciencia individual. E n realidad, adscribir una enseñanza religiosa, en nuestro caso católico, a todo individuo bautizado, hijo de padres casados canónicamente, no puede ser un atentado a su conciencia. Es admisible que el Estado se declare neutral en materia religiosa, y aun instituya la escuela laica, excluyendo de sus enseñanzas oficiales toda alusión al sentimiento religioso, pero de esto a prohibir un sector de la enseñanza por su carácter eminentemente religioso hay un abismo. ¿C o n que derecho se priva de este género de enseñanza a una mayoría inmensa de ciudadanos que pertenecen a una confesión determinada? S i pueden existir una escuela judia o una escuela protestante, y es lícito que existan, aun contando en España estas confesiones con escasos afiliados, ¿con qué dereclio -impedir que existan escuelas católicas y dirigidas precisamente por religiosos, cuyo ministerio esencial es el de educar religiosamente? Pónganse todas estas escuelas en las debidas condiciones legales; ejercite el E s tado sobre ellas la inspección general que las leyes impongan, pero no se limite a nadie el ejercicio, m á s noble y elevado que puede existir en una sociedad: el de enseñar. Todo esto es tan evidente que nadie que