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INFORMACIONES Y REPORTAJES HISTORIA DE UN DURO H a sido un poeta de vida poética, destartalada y sentimental, como Dios manda para ser poeta, quien me brindaba, hace pocos días, en tina admirable crónica, una anécdota tremebunda de otro poeta, desgarrado y pintoresco, a quien el cronista- -Emilio Carrére- -llamaba, disimulando su nombre, Taso de la Rivera. Y o también le conocí mucho en la edad heroica en que, al margen de un bogar burgués, me escapaba por las noches para jugar a la bohemia por los cafetines y los grandes cafés de espejos y románticos pelouches de nuestro barrio latino de la calle de San Bernardo. ¡Dorada época en que, millonario de posibilidades, creía uno en la falta de tiempo para derrochar todo aquello que ni s i quiera so tenía ni había llegado aún! E l poeta Taso de la Rivera, descendiendo de Don Pedro el Cruel, había descendido basta los infames bares de la madrugada viviendo como un príncipe destronado! a arrogante y lírica madure de la calderilla. U n día se comió el perro de la pintora Ilettina Jacometí. Esa era la anécdota turbulenta y gastronómica que Carrére me brindaba trayéndome a la memoria las noches cálidas de la primavera literaria, pasadas a la sombra en flor de las primeras poesías atrozmente falsas de una melancolía y de una pena que era da pura pena de no saber por q u é (Manolo Machado saludaba generosamente mi aparición en las letras, y yo aquella noche no dormí leyendo el artículo mil veces. Sólo dos cosas supe de memoria durante mucho tiempo: el artículo de Alachado y un soneto de Ronsard que tenía, justamente, las únicas palabras que sabía decir en francés. Desde entonces acá han pasado doce apretados años de risa y de triste a, de encanto y de de- encanto. Y he aquí que la crónica de Carrete me ha vuelto sobre mis pasos, como un policía de mi sombra, y me lia arrojado durante unas noches en la Puerta del Sol, en el barrio atino, queriendo vivir un sueño perdido, recordar un acento olvidado. Vedle a q u í la mayor parte de los que me leéis rio tenéis sino tina idea muy remota de su existencia. Y sin embargo, subsiste, mal dormido, mal comido, el ingenio fácil, el alma andariega y alegre, la existencia atropellada, y es el mismo que encontró Cervantes, y el que tuteó a Quevedo, y el que pascó un día con el marqués de Molíns y con L a rra por el Salón del Prado, y el que bebió vino con Alejandro Sawa, y c i que le dijo a Gómez C a r r i l l o Usted, que lia vivido tanto, no me negará un duro, D E n r i q u e Erotacsquinas de Madrid, borracho de café con leche, poeta- desconocido, venido a menos de todas las cosas, este ángel desplumado de la a ta noche es conocido, como tantos oíros compañeros fie ¡a conquista de la Puerta del Sol, con un nombre bélico y despectivo: sablista. Pero, sin embargo, él es o algo más que un sablista o inda menos que un sablista. Puede que sus versos sean indignos. Puede que el poco talento con que llamó un día, desesperadamente, a las puertas cerradas de la Fama- -caricatura de la Gloría- -se haya perdido como el perfume de la juventud se pierde y no se encuentra jamás. Todo esto, puede. ¡P e r o su v i d a Su vida es una estrofa. Con menor esiuerv. o la resolvería si quisiera resolverla. N o quiere, r í a entrado en un irmndn fahuln- o, por el que camina tonto de esquinas, fantasma del asfalto y del farol de gas. Todo esto que hace, dormir donde puede, alimentarse cuando ios demás se lo permiten, vagar como un condenado y asomar su perfil de medalla gastada por todos los cafés, no es un medió, no es un compás ric espera, El momento es emocionante. Acaban de darle a nuestro hombre el pasaporte del día.