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LA CAÍDA DE TRONO UN Me he leído de un tirón, o, como vulgarmente se dice, de una sentada, el nuevo l i bro de A l v a r o Alcalá Galiano que lleva como titulo el mismo que encabeza estas líneas. E l noble entusiasmo con que el gran escritor defiende a la Monarquía derrocada no puede menos de despertar la simpatía de todo espíritu sincero. E l estudio de las causas que determinaron el cambio de régimen merece especial atención y contiene aciertes indudables. Ellos me han recordado esta frase del diputado D Joaquín Faujul d i r i giéndose a la m a y o r í a N o es que vosotros hayáis traído Ja República; es que los monárquicos han tirado a la M o n a r q u í a Y o me permito, sin embargo, hacer una indicación (me g u a r d a r é muy bien de decir sugerencia) al culto autor de este precioso libro. L a principal causa de la caída de la Monarquía está, a mi entender, en que v i v i ó siete años sin la doble defensa de un Gobierno constitucional y de un Parlamento. Cánovas, Sagasta, Maura y Canalejas, con una mayoría detrás de ellos, eran una trinchera inexpugnable que defendía eficazmente al jefe del Estado. E l general Primo de Rivera no podía cubrir é! solo la responsabilidad de la Corona. Y o lo dije desde un principio, pero era demasiado modesto para que nadie me hiciese caso. Como tampoco se escuchó la voz autorizada de A VJ C en algunos editoriales que propugnaban, impacientes, el restablecimiento de la normalidad constitucional. Cánovas y Sagasta asumían la responsabilidad de todo lo malo, de todo lo antipático, de todo lo impopular que las necesidades políticas les obligaban a hacer. Todo lo bueno procuraban que se atribuyese a la Monarquía. Recuérdese cómo procedió Sagasta en el caso de Villacampa. Durante la Dictadura ocurrió precisamente lo contrario. L a ocupación de Alhucemas, que fué un acierto de Primo de Rivera, a él exclusivamente se le atribuyó. E n cambio se culpó a D Alfonso de la disolución del Cuerpo de Artillería. Pero, en fin, ¿p a r a qué discutir a estas alturas, como en la vieja zarzuela, si se debió o no se debió perder la batalla de L é rida? L o que más me ha impresionado en el hermoso libro de Alcalá Galiano es su coincidencia con otro libro reciente de autores sindicalistas, Los mártires de C. N. T. sobre las causas del predominio socialista en la República española. E n el libro de los sindicalistas se presenta el contraste cutre las persecuciones que sufrieron durante la Dictadura las organizaciones obreras de C. N T y el trato de favor que tuvo siempre la U G T Y en el libro de Alcalá Galiano se lee lo siguiente: Porque para comprender ¡a trayectoria de la revolución es preciso recordar que el general Primo de Rivera había sido víctima de un engaño por parte del socialismo obrero. L a U G. T. afiliada a las Casas del Pueblo, ai encargarse del Poder el dictador había declarado hipócritamente que era un partido apolítico, únicamente preocupado de sus problemas económicos. Creyéndolo así de buena fe, el general, deseoso de dar trabajo a las masas obreras y paz y prosperidad a España, extendió su protección a estas organizaciones, mientras dislocaba y perseguía a los Sindicatos revolucionarios y a los pistoleros rojos de siniestra memoria. De ese modo el socialismo pudo filtrarse turante la Dictadura en las altas esfera; oficíale penetrando sus agentes en el Cornejo do l stado, en el ministerio de Trabajo, en la delegación española de la Sociedad de Naciones, en Ginebra. Su aparente actitud pacífica hacía creer al dictador y a Sus ministros que la U G T sólo anhelaba justas concesiones al bienestar de 1: clase oL- rera, y éstas se le prodigaron ge- nerosamente a cambio de evitar huelgas revolucionarias, lográndose una tranquilidad pública que no había disfrutado el país en muchos años. F u é como un convenio mutuo entre la Dictadura y el elemento obrero adicto a la II Internacional. Pero con notorias ventajas para el partido socialista español, que, sobre conseguir del Gobierno todo género de reformas, dio un formidable empuje a su organización, alcanzando una prosperidad y firmeza que le valdría bien pronto ser el arbitro supremo de los destinos del país. E n efecto; sin prever el peligro, el general Primo de Rivera había llegado a escribir entonces con ciego optimismo, que sólo existían dos grandes fuerzas políticas bien organizadas en España: la Unión Patriótica y el partido socialista español. P o r desgracia, aquella afirmación fué sólo una verdad a medias, pues, al caer el dictador, la U P se desvaneció, esparciéndose sus numerosos afiliados como hojas secas arrastradas por el viento. M i e n tras tanto, sucedió lo que podía suponerse: quedaba en pie, intacta, la formidable Unión General de Trabajadores, disciplinada y reorganizada para triunfar en la lucha social. Ese fué el error de Primo de Rivera. Persiguió a todos los partidos políticos, desterró a ex ministros y senadores vitalicios, a ex diputados y ex alcaldes monárquicos, clausuró toda clase de circuios políticos, conservadores y liberales, demócratas y republicanos, pero, en cambio, respetó, protegió y hasta mimó a las Casas del Pueblo. Qué tiene de particular que al venir la República sólo estuviesen en pie las organizaciones socialistas? Afortunadamente, l a Historia y la P r o videncia dirigen las vicisitudes políticas, marcando sus destines inescrutables. Los socialistas han incurrido en ei mismo error de Primo de Rivera. Se han dormido en la susrte. S i el dictador se hubiera ido a casa al día siguiente de la ocupación de Alhucemas no hubiese muerto prematuramente, amargado por el desengaño y por la ingratitud. S i los socialistas hubieran abandonado el Gobierno al día siguiente de votarse la Constitución no verían quebrantada su popularidad, ni hubieran dado lugar al crecimiento, tan notorio como sensible, del extremismo comunista y sindicalista. ANTONIO R O Y O V I L L A N O V A Mas, de pronto, descubrimos un letrero significativo. ¿Q u é dice en este letrero? S o bre una tabla gris, en torpes caracteres, leemos Casa del Pueblo ¿Casa de qué pueblo? pensamos. Porque aquí, en este pueblo, y nunca mejor empleado el vtscablo, cada uno tiene su casa, mejor dinamos, sti choza. Seguimos caminando y advertimos otro letrero: Centro Republicano Radical Y a en la plaza, y no en la tabla, sino sobre la cal. que se cae en desconchones, esos desconchones de pobreza que muestran l a carne del adobe, una nueva indicación política: Casino radical- socialista Esto ya es otra cosa que el paisaje; aquí advertimos que ha llegado la República, y que na llegado con ímpetu cuando en un pueblo tan chico ha podido establecerse esta diferenciación republicana. Este Casino tiene un mástil para colocar una bandera, y pensamos ¡o que será en esta plaza desierta, cuyas casas se sostienen en virtud de un d i fícil equilibrio, la bandera desplegada. A l fin nos encontramos a un habitante. Viene a nosotros con ese paso lento, de elegancia romana, que tiene el castellano, seguro de sí mismo- Hablamos con él. -Díganos- -inquirimos- ¿E n este pueblo hay ricos? Nos mira de alto abajo y tiende después la mirada en derredor, como para mostrarnos el panorama. A l fin nos responde. -H a y alguna familia acomodada, pero aun éstas no sacan ni para mal vivir. E l campo está muy malo. Ahora los sorprendidos somos nosotros. E n este pueblo hay familias acomodadas, y estas familias acomodadas, que no sacan para mal vivir, constituirán aquí las clases conservadoras, serán las familias cavernícolas del pueblo. E s decir, que en este pueblo existe un capitalismo que no tiene, para vivir. -Nunca ha habido aquí tanta falta de trabajo- -continúa nuestro informador- Mucha miseria. Antes salían a trabajar para donde pedían, donde se necesitaba trabajo; hoy no pueden trabajar fuera del t é r m i n o municipal, y aquí no hay trabajo para todos. Y aun así, los que somos propietarios de un poco de tierra hemos de pagar uno, dos y aun tres obreros, a los que no hay labor que dar. S i esto sigue no podremos pagar la contribución. L a cosecha fué buena, pero el trigo no se vende o hay que darlo a precio muy bajo. Hay un acento tan patético en las palabras que nos sentimos emocionados. Estamos frente a un capitalista español, y contra este capitalista se ha creado en este pueblo una institución que se llama Casa del Pueblo. Este hombre, que en cualquier país del mundo militaría en los partidos de reivindicación social m á s extrema, en este pueblo es un conservador, un hombre de derechas que desea el orden y todo género de garantías jurídicas para mal vivir y seguir pagando puntualmente la contribución. ¿Cuántos pueblos como éste existen en E s p a ñ a? A ellos no llegará nunca una reforma agraria, porque la tierra no puede estar más distribuida de lo que está, y no admite otro cultivo. Son pueblos perdidos, se dirá. Pero en estos pueblos perdidos existen hombres que hoy llevan dentro de sí las ideas que pugnan y luchan en los pueblos ricos, donde las diferencias económicas son evidentes. Salimos del pueblo silenciosos y entristecidos. De nuevo la carretera recta, ya sin sol. L a República ha llegado al campo, pensamos, pero sería conveniente que el Parlamento hiciese excursiones colectivas en grandes autobuses por el campo español, que contemplase estos paisajes y estos pueblos, que hablase con estas gentes, y que moderase en ellos la lucha de clases, ya que en pueblos así no existe sino una sola clase. Con titules de propiedad y sin ellos cu cuanto puede vivir. FRANCISCO D E COSSIQ LA REPÚBLICA E N E L CAMPO ¿P o r qué no salimos al campo? Hace f r í o pero aquí, en Castilla, el frío es un estímulo para caminar. E l sol es tan evidente, corre tan bien por los caminos sin que le estorbe ninguna sombra, que engaña con su luz al cierzo, que se lo lleva en j i rones, como si en vez de sol fuese niebla. Las nubes corren también, como espantadas, agrupándose unas veces, disgregándose otras, hasta alcanzar c! horizonte. Campo pobre, de secano, barbechos, cascajales, d i ficultad hasta para las plantas p a r á s i t a s Decididamente, pensamos, la República no ha llegado al campo. Son fantasías de los periódicos, elucubraciones del Instituto de Reforma Agraria, cosas que dicen en el Congreso. ¿Pero dónde están los hombres de este campo? L a carretera trata de abreviar las distancias. Es una carretera clara, sin curvas, que no vacila en su destino, que no titubea. E l aire la lia descarnado, y sus piedras parecen heladas. Llegamos, al fin, a un pueblo de tierra v de paja. Calles con profundas roderas y. en ellas, un agua negra, helada. L a iglesia parece un palomar, y no advertimos en torno ni un vestigio suntuario, ni una casa principal que nos advierta que allí existe un rico. Todas las casas, de una sola planta, muestran la misma austeridad y la misma pobreza.
 // Cambio Nodo4-Sevilla