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arrancarse del fondo del ser su raíz española? Recuérdese aquel episodio que el propio general cuenta en sus Memorias. Se hallaba conversando en la Corte de Rusia, y en esto oyó que un caballero francés se lanzaba a decir impertinencias ultrajantes a propósito de las mujeres españolas. M i r a n da replicó al francés con viveza, hubo palabras nada convenientes, y faltó poco para que el percance acabase en duelo. L a crueldad española... Perobie, n; yo creo que este punto no debemos ya discutirlo nosotros no debemos concederle beligerancia. Sobre todo no es posible que sigamos defendiéndonos de una acusación extranjera de la que hoy se conocen todos los resortes interesados. L o s acontecimientos ocurridos en los últimos años privan a esas naciones extranjeras del derecho a erigirse en jueces. Hemos presenciado todos los horrores, todas las mortandades, todos los asolamientos y vilezas, todos los excesos de crueldad e infamia, y los que se han mezclado en semejantes maniobras son los que necesitan disculpa y perdón, y no nosotros. Pero además hemos asistido en los últimos tiempos a la codicia conquistadora de las grandes naciones. Sabernos cómo se ametralla a los i n dígenas con las poderosas armas modernas, y cómo se les convierte en vasallos por ley de conquista, y cómo se les hace morir en las explotaciones de las selvas o los pantanos. Y esto no se realiza a impulso de una idea religiosa, como los españoles del siglo x v i los conquistadores creían que, en el peor de los casos, redimían a los miserables indios de la tiniebla pagana; los Gobiernos y colonos modernos sólo aspiran a que los ne- gros de África b los amarillos de A s i a trabajen para ellos lo más barato posible. Y que marchen en vanguardia, convertidos en soldados, cuando haya que guerrear en E u ropa. Pie ahí un negocio que a E s p a ñ a no se le ocurrió nunca practicar, no obstante haber poseído bajo su dominio a tan d i versas y numerosas gentes de color. Aquello de considerar la conquista y colonización de América por E s p a ñ a como una especie de crimen estaba bien en los siglos pasados; se comprende que el oro del P e r ú y la plata de Méjico que aportaban los galeones hicieran poquísima gracia a los pueblos que tenían que guerrear contra E s p a ñ a el odio y la calumnia eran en ellos explicables. E n el siglo x v m había la razón del exceso de racionalismo de la E n c i clopedia. Y los españoles, como Quintana, que escribían al dictado de los extranjeros, no podían hacer otra co a que repetir las mismas ideas. Pero hoy ha cambiado todo. Tenemos, por ejemplo, el caso de Norteamérica, que se ha convertido a la causa hispanista con un entusiasmo conmovedor. E s cierto que puede suceder que un embajador yanqui pague a un artista mejicano para que pinte en el palacio de Cortés, en la ciudad de Cuernavaca, todas las imbecilidades que Ja falsedad histórica ha acarreado sobre los conquistadores españoles; pero tienen más fuerza otros ejemplos. E l Instituto de las Españas, en Nueva Y o r k la propagación del estilo arquitectónico español en los Estados del Pacífico; el hecho de regalar a la ciudad de T n i j i l i o una arrogante estatua de Pizarro. como en una vindicación ostentosa del conquistador más comba- tido. Todavía era posible antiguamente acusar a E s p a ñ a de la exterminación de los i n dios. Los indios de las Antillas, en efecto, desaparecieron. ¿Pero no han desaparecido igualmente los indígenas de Nueva Zelanda bajo la gobernación de Inglaterra, y no se hallan en trance inevitable de extinguirse los de Australia? H o y sabemos que ciertas razas débiles no pueden resistir ei contacto con la civilización europea; decaen, se agotan, -desaparecen. Cuando los españoles tropezaban con razas indias de probada resistencia, no solo no las exterminaban, sino que se mezclaban con ellas y hacían que la masa de población aborigen aumentase en número. Cuando tropezaban con rizas belicosas, como los araucanos, las combatían, naturalmente, con todo el rigor de la guerra. Pero hay que advertir que los españoles no fueron quienes exterininjron a los araucanos; de su- exterminación se han encargado, en pleno siglo x i x los chilenos y los argentinos. Tampoco los norteamericanos han pedido ayuda a los españoles para hacer desaparecer a los indios de su territorio; ellos solos, los yanquis, se lian bastado para esa operación de limpieza racial. Y cuando los argentinos emprendieron su Campaña del Desierto, no fué para evangelizar a los indios de la Pampa, sino para exterminarlos y utilizar luego sus tierras. L a civilización moderna tiene sus leyes inexorables. También las tenia la civilización española, que dio el resultado que todos hoy pueden comprobar: dieciocho naciones ganadas para la cultura y para el porvenir. JOSÉ M S A L A V E R R I A 1
 // Cambio Nodo4-Sevilla