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le explicaré sus causas. Y o v conmigo todas los escritores modestos que aún no tenernos una fama rutilante, somos las verdaderas, las auténticas víctimas de lo que está ocurriendo aquí. Porque hoy día todo es política, todo se ha convertido en politica la literatura ha muerto a manos de ía, política. Antes- ¡oh, sobre todo aquellos hermosos tiempos de censura, en que los periódicos y revistas, ávidos de originales tranquilos e intrascendentes, acogían y absorbían toda nuestra producción literaria! -publicábamos nuestras cositas, editábamos nuestros libros, j hasta estrenábamos núestras obras I Pero llegó la política, acaparó la atención de todo el mundo, convirtió a todo el mundo en políticos activos y actúantes... i y no hay quien publique una eroniquita ni un cuentecitol Los periódicos dedican todo su espacio a las sesiones de Cortes, a las huelgas, a los mítines, a los discursos dominicales, a los disturbios, a los atracos, a los proyectos de leyes, a las discusiones ideológicas... Las revistas necesitan todas sus páginas para la parte gráfica espectacular y truculenta de todas las cosas que ocurren derivadas de la pasión política... Los libros, oh, qué libros son los que únicamente se editan hoy! Mire y contemple el escaparate de las librerías: no encontrará novelas, ni tomos de poesías, ni l i bros de cuentos, ni volúmenes de ensayos; no tropezará usted más que con títulos como éstos: El sindicalismo, en ocho ediciones; Hágase usted comunista, en tres capítulos; Construcción, estructuración e hinmo de Rxego; Constituyentes y Reconstituyentes; Res- S c a ponsabilidad de los guardas del Retiro durante la Dictadura; Estatuto de la calle de Mesón de Paredes; Federación, Confederación y Aglomeración; El separatismo y u tratamiento; La jornada de tres horas descanso; El problema del reparto y los carteros; Colección completa de los Estatutos regionales, en ochenta tomos; El paro forzoso en las paradas del tranvía. Y en cuanto al teatro, hace falta ocupar una elevada posición política para estrenar algo, Como ve usted, el panorama es horrendo, trágico, desconsolador... Aprovechando otra pausa del escritoratracador pude decir: -Bien, amigo mío. Todo eso es verdad, L o lamento por usted y por sus amigos, Pero, francamente, no veo qué relación puede guardar todo ello con que esté usted ahora ante mí con esa pistola en la mano... -i Oh -exclamó sarcástocamente- No lo comprende, ¿eh? No lo comprende. Eso les ocurre a todos los que atraco. Pues va usted a comprenderlo en seguida. Llevo tres meses parado, tres meses sin publicar nada, Y escribo j todos los días! M i producción me desborda, me rebosa, crece diariamente l no poder darle salida ni colocación. ¿Usted sabe de lo que puede ser capaz un escritor en estas condiciones? Se convierte en un ser agrio, desesperado; audaz, violento, iracundo. Los Originales inéditos que va amontonando en casa pesan horriblemente sobre él y amenazan matarlo por congestión de las meninges todas las ideas que se van almacenando en su cerebro. Entonces todos sus esfuerzos, todos sus empeños, todas sus o n actividades se concentran sobre un solo punto: hay que buscar la forma de dar salida a todo aquello... Aunque no sea en periódicos, ni revistas, ni libios, ni escenarios... Y éste es mi atraco, señor. No quiero dinero; no quiero más que lectores o auditorio. Bajo la amenaza de mi pistola, todo aquel a quien yo atraco tiene que escuchar la lectura de algunas de mis producciones. Es un desahogo enorme para mí... Luego le dejo marchar. Sonrió, complacido en sus recuerdos. -A veces tengo suerte... L a otra noche cogí un grupito: dos señoras, dos señores y un niño. Les leí tres comedias íntegras. Me aplaudieron y me felicitaron mucho. A otro señor le leí una novela de trescientas cuartillas, enterita. Acabamos ya de día. V ahora usted estése quieto y escuche. Le voy a leer una crónica para empezar. Como intente usted huir le abraso. Confieso que no me esperaba aquella crueldad. Yo estaba dispuesto a darle todo: dinero, ropas y efectos. Pero aquello, aquello que ouería hacer conmigó era demasiado. ¡Eso no! -grité, indignado- Aunque me mate t Eso nunca. ¡Socorro, socorro! Acudieron unos serenos, unos guardias. Pero el hombre había empezado ya a leer. Y todos huímos ante el peligro. Uno de los serenos resultó, sin embargo, gravemente contusionado al alcanzarle por la espalda una larga parrafada lírica... GABKIEL G R E I N E R i v. (Dibujos de Bohea.
 // Cambio Nodo4-Sevilla