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NOVELA D E S T E F A N ZWEIG T r a d u c i d a p o r Máximo José K a h n y M i g u e l Pérez P e r r e r o (CONTINUACIÓN) comprometerse antes de que ja declaración esté exenta de peligros y sea propicia a la ganancia. Sabe que hay situaciones en los momentos decisivos que domina un diplomático, lo más sabiamente, eludiéndolas. Así es que prefiere ausentarse del ruedo de la Conivención durante la lucha y no volver a pisarlo hasta que ésta se Jiaya decidido. Para fundar y justificar su retirada tiene la suerte de que se le presente con oportunidad una excusa honorable: la Convención elige doscientos delegados, de su seno para que mantengan el orden en las, provincias. Fouché que no se, encuentra bien en la atmósfera volcánica del salón de. sesiones, hace tedo lo posible por ser uno de los enviados y consigue, ser elegido. Se le concede así. una tregua. Puede tornar aliento. ¡Que luchen mientras tanto unos con otros, que se aniquilen entre sí haciendo lugar, haciendo sitio, con su apasionamiento, fara él, soberbio y ambicioso! ¡Pero ahora. alejarse, evadirse, no tomar partido entre los partidos! Unos meses, unas semanas son mucho en aquellos tiempos en que el reloj del Universo corre frenéticamente. Cuando llegue el momento de volver estará decidida la suertl y entonces p- ídrá situarse tranquilamente y, sin peligro al lado del vencedor, en su partido de siempre: en la mayoría. Se ha estudiado poco la Historia provincial de la revolución francesa. Todas las descripciones concentran la atención pasmada en la esfera del reloj de París, donde sólo es visible el signo de la hora. Pero el péndulo que regulariza su marcha sostiene su eje en el país y en el. Ejército. París no es más que la palabra, la iniciativa, el motor; pero el país inmenso es la acción, la fuerza decisiva y continua. Pronto reconoce la Convención que el tempo revolucionario de la capital y el del país no coinciden. Los lugareños, los habitantes de las aldeas y de las montañas no piensan en la misma rapidez que las gentes de la capital. Absorben más despacio y con más cuidado las ideas y se apropian de ellas a su manera. L o que en la Convención se convierte en ley en una hora, se filtra despacio, gota a gota, por el país, y casi siempre adulterado y diluido por la burocracia realista provincial, por el Clero, por los hombres del antiguo régimen. Por eso hay siempre una hora de atraso en las regiones respecto a París. Si gobiernan en la Convención los girondinos, aún elige la provincia realista; cuando los jacobinos triunfan, empieza apenas el acercamiento espiritual de la provincia a la Gironde. Inútiles son contra esto todos los decretos patéticos, pues sólo lenta y tímidamente se abre paso la palabra impresa hasta la Auvergne y la Vandée. t Así acuerda la Convención desplazarse en verbo y presencia activamente a la provincia para avivar el ritmo de la revolución en toda Francia, para dar jaque al tempo vacilante y casi anturevolucionario de las comarcas rurales. Elige de su propio seno doscientos delegados que deben representar su voluntad y les da poderes casi ilimitados. Quien lleva la banda tricolor y el sombrero de pluma rojo tiene derechos de dictador. Puede cobrar contribuciones, pronunciar sentencias, pe dir reclutks, destituir generales: ninguna, autoridad puede oponerse al que representa con su persona, santificada simbólicamente, la voluntad de la Convención Nacional íntegra. Su poder es ilimitado, como antaño el de los procónsules de Roma, que llevaron a todos ¡os países sometidos la voluntad del Senado. Cada uno un dictador, un soberano, contra cuyo fallo no se puede apelar ni recurrir. Enorme es el poder de estos embajadores escogidos; pero enorme también su responsabilidad. Dentro de 3 a provinica que se les asigna parece cada uno un Rey, un Emperador, un autócrata. Pero detrás de su nuca manda su destello siniestro la guillotina. L a Comisión de la Salud pública vigila cada queja y pide impla- cablemente a cada uno cuentas exactas sobre la administración de los fondos. Contra el que no muestre suficiente energía se aplicarán duras sanciones; quien, por otra parte, se deje arrastrar por una furia excesiva también ha de esperar su castigo. Si prevalece el terrorismo, toda medida de este género se considerará acertada; sise inclina la balanza hacia la clemencia, se juzgará, en cambio, como improcedente. Señores, en apariencia, de todo un país, son en realidad verdaderos siervos, de la Comisión de la Salud pública, y están sometidos a la tendencia que rige la hora. Por eso miran de soslayo, con el oído atento a las señales de París. Mientras deciden sobre la vida y la muerte de los demás han de estar alerta para conservar la propia vida. No es, ni mucho menos, un cargo fácil el que aceptan. Igual que los generales de la revolución ante el enemigo saben todos que sólo una cosa les salva de la afilada cuchilla: el éxito. En el momento en que Fouché es enviado como procónsul se inclina la balanza del lado de los radicales. Así, pues, matiza Fouché su acción en el departamento de la Loire inférietirc. en. Nantes y Nevers y Moulins, con un tono rabiosamente! radical. Truena contra los moderados, inunda el pais con un diluvio de manifiestos, ...amenaza a los ricos, a los timoratos, de la manera más cruel; pone en pie regimientos enteros de voluntarios bajo presión moral o efectiva y los manda contra el enemigo. E n fuerza organizadora, en rápido conocimiento de la situación, iguala, por lo menos a cada uno de sus compañeros; en audacia verbal los supera a todos. fl Porqué- -y esto hay que anotarlo- -José Fouché no permanece en un margen de cautela, como los célebres campeones de la revolución, Robespierre y Danton, ante la cuestión de la propiedad eclesiástica y privada, que aquéllos. declaran aún respetuosamente, invulnerables Fouché se traza decididamente un programa ra- dical, socialista y comunista. E l primer manifiesto comunista claro de la época moderna no es, por cierto, el célebre de Carlos Marx, ni el Héssische Lañábate, de Jorge Buechner, sino la tan descono- ¡cida Instruction de Lyon, intencionadamente olvidada por la his- toriografía socialista, y que lleva las firmas de Collot d Herbois y Fouché; pero que, sin duda alguna, fué redactada sólo por Fouche. Este documento enérgico, que se adelanta en sus postulados a. su época en cien años- -y que es uno de los más sorprendentes de la revolución- bien merece la pena de ser sacado de la sombra. Aunque pretenda atenuar su significado histórico el hecho de negar desesperadamente más tarde al duque de Otranto las palabras es- critas como el simple ciudadano José Fouché, siempre definirán éstas su credo de antaño. Visto como documento de la época, se nos presenta Fouché como el primer socialista verdadero, como el primer comunista de la revolución. N i Marat, ni Ghaumette Han formulado los más audaces postulados de la revolución francesa, sino José Fouché. Con mayor claridad y agudeza que la mejor ¡descripción, ilumina su texto el retrato espiritual de Fouché; en otras ocasiones- -casi siempre- -parece desleírse en una zona dé penumbra... áj Esta Instruction comienza audazmente con. tina declaración dé infalibilidad justificativa de todas las osadías: Todo les está permitido a los que actúan en nombre de la Revolución. Para el republicano sólo existe un peligro: desobedecer las leyes de la República. Quien se excede en cumplirlas, quien aparentemente pasa del límite, aún puede decirse que no ha llegado al fin ideal. Mientras quede sobre la tierra un solo desgraciado, debe proseguir el avance de la libertad Después de este preludio enérgico, en cierto sentido ya maxirnalista, de Fouché, la siguiente definición del espíritu revoluci t v n H íCovttKusrá. y i
 // Cambio Nodo4-Sevilla