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salieron a la calle, después de haber celebrado en una taberna de arrabal el encuentro inesperado tras de largos años de ausencia, los dos poetas vieron clavada en el cielo una luna redonda, redonda y grande como ana diana tentando a los fusiles de la inspiración. Los dos poetas se quedaron quietos en mitad del arroyo con los ojos fijos en el astro y sólo cuando el ruido de un lejano tranvía rompió el éxtasis de la contemplación, tuvieron fuerzas para exclamar: ¡Oh! L a luna. -Sí... L a luna. Después caminaron emparejados, con las cabezas gadhas, sintiendo sobre las nucas la ledhe luminosa que unas manos de nube ordeñaban al negativo del sol. L a noche era fría, con ese frío quieto y sin viento, que da a las personas la conciencia de su olvidado esqueleto. Se había paralizado la circulación de la savia en los árboles y los perros, con licencia municipal o sin ella, ladraban sus poemas de amor y de esperanza, de muerte y desesperación, con ese algo exacto, aunque inconcreto y sutil, que quisiéramos alcanzar todos los que escribimos, por algo más que por cumplir un oficio. Los dos poetas iban a separarse con un suspiro hondo y resignado- -como hicieron algunos años atrás- -para atender al dia siguiente a las necesidades del subsistir. Suspiros de los que desinflan el corazón hasta convertirlo en vacía cartera de la vida... E n los bolsillos se despabilaban ya las llaves que substraerían los cuerpos al frío UANDO C eléctrico, a la maléfica luz literaria, a los horizontes elásticos, próximos o lejanos, según la ambición. Había en todo como una burla para los tímidos corazones de los. hombres. La Naturaleza entera, disfrazada de fantasma, subvertidos los valores de la luz solar, como si diera en aquel instante la radiografía del mundo, convertía a los dos poetas- -para su vergüenza; -en cadáveres de hombre... Cadáveres enemigos de sí mismos lejos de aquel sueño feliz y juvenil dé convertirse en cadáveres de poeta amigos de sí mismos. Y a estaba próxima una de las puertas de evasión- -puerta sin sentido figurado, puerta de material madera- cuando un gato fugitivo de no sé sabía qué clase de persecución, les indicó la ruta de otra taberna trasnochada bajo la Pentecostés de un farol de gas... Ambos alzaron los vasos de vino ensangrentando la despedida. Ambos dejaron patinar su pensamiento por el frío hielo de los días consumidos. En un mismo punto de reloj, como si sus almas estuviesen conjuntamente ensartadas en la saeta grande, se dieron cuenta de que sólo eran medio poetas... porque alternaban la poesía con la prosa machacada diariamente a costa de los corazones y en beneficio de los estómagos. Tenían sangre de vino cuando volvieron a la calle, y la luna continuaba quieta en su puesto, redonda, redonda y grande como un impacto de cañón que amenazaba inundar la tierra de luz ce estial. Era imposible taponar aquel boquete que desangraba la- Gloria... En cambio parecía posible dejarse caer en aquel pozo sin brocal. Así lo expresó un poeta: -L a luna indica al hombre la posibilidad de volar. -Sí- -continuó el ctro- con sólo dejarse caer hacia ella. A la luna se le caía la baba escuchando a los poetas. Parecía animarles en la busca y rebusca de imágenes que concretaran el misterio de su forma y de su esencia. Sólo cuando los poetas encontraran la imagen feliz, caería ella muerta de gusto en los rubios brazos del día. -L a luna es el salvavidas circular que tiende el bombero celeste para las almas arrepentidas. -L a luna es la pastora de las estrellas. Los dos poetas iniciaron un duelo feroz de frase contra frase, de imagen contra imagen. Sus bocas disparaban a cada instante con puntería más afinada, v el uno esperaba después de su réplica ver caer al otro mal herido de certero disparo sin contestación. E n sus bolsillos las llaves comenzaban a desesperarse de olvido... Suspiraban por las distanciadas cerraduras con temor de no volverse a casar con ellas. Los dos poetas, sin cejar en su posición de disparo contra disparo, llegaron al extremo del arrabal. Dijeron adiós al último (farol, que quería escaparse hacia las costas arremangándose su ceñida sotana verde, y dieron el primer paso en la carretera que les prometía la noche sin luces de competencia. Las imágenes estallaban en el campo abierto como fastuosas bengalas. L a polvo-