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MEMORIAS DE ANATOLE FRANCE Su gran amor León Carias ha dado de mano a la publicación de las Memorias de Anatole France y todo anuncia que no tarden en aparecer en una volumen aparte. Nada tan lejos del ánimo del gran escritor como la preocupación de la posteridad al redactarlas. Son páginas íntimas, secretas, que él no pensó nunca comunicar a nadie. Desahogos de una sensibilidad, condenado, por pudor, a no repercutir en el corazón ajeno, ni aun en esos momentos de desolación entrañable en que una confidencia parece aliviar al ser humano del peso de todas sus penas. Pero la necesidad de la expansión sentimental es evidente. L a sienten todos, y aquellos que la reprimen sufren como si reabsorbieran sus propias toxinas. ¿Q u é fin podían tener esas breves notas que puntualizan nada más, sin ahondar en ellas, las emociones amorosas del gran escritor? ¿Destruir la leyenda de temperamento glacial que le acompañó en vida, como siguen las imágenes de las ribera del rio a la corriente de las aguas? ¿Q u é interés puede tener para él y qué añade a su gloria literaria el que sepamos que amó y padeció por una o varias mujeres? Pero no es eso. L o que necesitaba Anatole France era desprenderse de una parte de sus sinsabores, depositándolos en un corazón amigo, 3 como no tenía confianza en nadie, porque, hay personas que no se desnudan espiritual- mente más que a solas, él se confesaba todas las noches ante una hoja de papel, que, por ser blanco, le ofrecía una garantía de pureza superior a la de cualquier amistad. Guardar para sí, impenetrablemente, aquellos recuerdos le habría sido intolerable. ¡Q u é sana es la confesión! Tan poderosos son sus medios como paliativo del dolor espiritual, que los médicos la han adscrito a su repertorio terapéutico con el nombre de psicoanálisis ¿Q u é vale, como sistema de curación? Sobre eso mis informes son contradictorios. E n las pequeñas neurosis de angustia suele prestar estimables servicios, pero cuando la perturbación nerviosa es tan profunda que ha roto el sincronismo endccrinológico, sus éxitos son más aparentes que efectivos. Entonces hay que acudir a la revulsión termal, que puede hacer milagros. ¡L o que se reirán algunos neurólogos de estas apreciaciones mías, totalmente exentas de autoridad! M u y bien, señores; ustedes, a seguir ensayando sus hipótesis, y yo, a mantener vivos los optimismos de los que sufren. Estos están siempre a tiempo de acudir en alzada a la ciencia, cuando el empirismo no les dé ningún resultado. A l través de las Memorias de Anatole France percibimos los latidos de la sensibilidad de un hombre que vivió y m u r i ó con reputación de impasible. E r a según la leyenda, un egoísta de genio, un escéptico de perfil intelectual ateniense, al que podríamos situar filosóficamente entre Epicuro y Pirron. ¿Y no era m á s que eso? Nada tan arduo como definir una personalidad que se renueva todos los días. E l procedimiento puede ser certero con los espíritus adocenados, con las inteligencias en serie que pululan en tocios los lugares. Pero hay en el ser excepcional algo de inconsútil que varía en cada minuto, inaprehensible, como el éter, y que es precisamente lo que sazona sus obras, como una sal que, al adherirse al manjar, no dejase residuo. Bergson ha entrevisto esa particularidad misteriosa de la creación en el eterno fluir de la corriente vital. Casi toda la psicología, excluido lo meramente funcional, está pendiente de revisión. ¿Q u é queda ya en pie de todo lo que acreditaron hace cuarenta años en ese campo un Wundt, un Bain o un Richet? ¿Q u é crédito disfrutan ahora las páginas de un Ribot, pese a su apresto científico? Los sabios- -ésa es su misión- -siguen reconstruyendo l a psicología fisiológica, después de haber desmontado la obra de sus predecesores. E s t á muy bien. Pero nuestra posibilidad de invadir la esencia del ser, lo que llamaba Kant la cosa en sí, es actualmente tan limitada como hace medio siglo. Podemos hallar relaciones nuevas entre los hechos y entre las ideas, vestir las hipótesis viejas a la moda que ahora priva; ¿pero es que eso basta para saciar nuestra sed de conocer, nuestra ansiedad de certidumbres? ¿N o es mejor, para nuestra paz íntima, permitir a la imaginación que llene los huecos que dejó vacía nuestra ignorancia? Desconocer los derechos de la sensibilidad inteligente- -que eso viene a ser la imaginación- -es declarar ilícita la fe, lo cual vale tanto como arrebatarnos las llaves del único jardin encantado que alegra nuestra vida. Y o tuve el honor de saludar a Anatole France, hace más de veinticinco años, en el hotel de la Paix, de Madrid. Dos letras de E m i l i o Echadilla me impusieron aquella grata obligación. Venia el gran escritor acompañado de madame Armaud de Caillavec, que era entonces, y ha sido siempre, la pasión dominante de su vida. Aquella señora no era un prodigio de belleza; pero su distinción, su finura de espíritu y su elegancia suplían con ventaja otros dones físicos que, dicho sea de pasada, pueden llegar a estomagarnos si coexisten con las aptitudes intelectuales de una jumenta. ¿A qué temperatura estaba entonces su amor? M i curiosidad se abstuvo de formular una tan atrevida interrogación. H a y en todo amor, por fuerte que sea, zonas vacías, como en la atmósfera, que dan a los interesados la i m presión de que su intimidad está amenazada. Los que han viajado en avión me comprenderán mejor. Pero los unos y los otros, los que se embarcan en el amor y los que toman pasaje en el aeroplano, saben que no hay tales peligros. U n amor, el m á s hondo, abre entre dos ráfagas de entusiasmo una tregua de bostezo. Los enamorados tienen el mismo derecho que nosotros a unas horas de aburrimiento, que acaso sean necesarias para que la función sentimental interrumpida se restablezca con más brío. L o mismo ocurre en la amistad. Con qué placer, hipócritamente disimulado, nos incomunicamos de ciertos amigos, a los que, en el fondo, queremos! Pero es que el amor, la amistad y toda clase de relaciones regulares y seguidas adquieren, con el tiempo, un no sé qué de tiránico que se hace insoportable. ¡Delicioso aislamiento del cuarto de un hotel! ¿Cuándo podremos vivir individualmente en un globo cautivo... L o más patético de aquel gran amor de Anatole France no se manifiesta mientras vive madame Armaud de Caillavec, sino mucho m á s tarde, cuando la muerte la ha abierto las puertas de la nada. N o se ama de veras m á s que lo que se ha perdido para siempre- -dice Shakespeare, creo que en el Antonio v Cleopatra, anticipándose a Ibsen, que repetirá siglos después las amargas palabras. ¿Y qué imposible puede crear el Destino que supere la reciedumbre indestructible de la muerte? N o se debe v i v i r en la adoración muda de unas cenizas o en la absorción de un recuerdo, porque el corazón se consume estérilmente. U n a idea fija agota lo mismo que una hemorragia irrcstañable. Olvidar es obedecer al Destino. Anatole France, que tiene, como todo escéptico, una buena dosis de estoicismo, hace lo posible por resignarse. Las remembranzas del pasado se disuelven en las impresiones del presente. Lee, viaja y ama. Parece monstruoso, ¿v e r d a d? Pues así nos hizo la Naturaleza de frágiles y de inconstantes. Amar es mucho decir; se da a la emoción de! eterno femenismo, que puede ser voluptuosa ó simplemente sentimental. Pero no olvida. Cuando viaja, cualquier incidente, cualquier circunstancia fortuita, suscitan la presencia irreal de la ausente. U n día es en un museo. Otro día, en una iglesia. A l siguiente, en la calle, ante una escena popular, un poco pintoresca. Y el corazón del escritor, transido de nostalgia, parece romperse, como si fuera a dejar de latir. E l l a era tan tierna, ter sugestiva y tan inteligente! Nadie necesita del amparo femenino, que implica siempre un amor, como el descreído, que se está muriendo espiritualmeníe de trío. Todo amor sin fases maternales, sin acentos de protección, es una vana orgía de la carne, predestinada a no durar. Las nuevas aventuras de Anatole France son tan fugaces que no le dejan otra huella que una infinita desesperación. Sin que él se dé cuenta de ello, la vida de su espíritu se le va lentamente por! a herida del recuerdo. ¿Escéptico? ¿F r i v o l o? Es cierto; la pasión cíe las bellas cosas subsiste en él. porque es un temperamento de artista. Nadie sabe acariciar un bibelot con m á s delicadeza que el gran escritor. Nadie abre su sensibilidad tan ampliamente como él, al encanto del rayo de sol, del color del paisaje, de la seductora imagen de una mujer que pasa a su lado, de la obra de arte que solicita su curiosidad. Pero la ausente le signe a todas partes, se asocia a todas sus emociones, interviene en todos sus caprichos de vagabundo que busca el olvido. Su existencia, pese a su ostensible serenidad, es un tormento, porque la añoranza del amor perdido adultera todas sus sensaciones. E l mundo sin ella le parece un páramo. ¡Quién lo diría leyendo las páginas del imposible e impersonal escritor! Cómo va a poder sobrevivirla? ¡Q u é sé y o! Porque la materia, indiferente a los temporales de nuestro corazón, no se hace pasiva e inerte hasta que ha agotado sus últimas energías orgánicas. Con un gran dolor se puede vivir v envejecer v andar por el mundo sin que los extraño? nos compadezcan, a condición de oue envolvamos nuestro drama en un pudor bien educado... Y en eso, Anatole F r a n ce era un maestro. MAXCT. L BUENO TEMAS ECONÓMICOS ¡Sí, una dozava! Pero... E l parto ha sido laborioso, fatigante. Pero... por fin aprobó el Parlamento francés una dozava vestida esto es, con medidas de saneamiento; la de marzo. Tras forcejeos inauditos e interminables. E n el dintel ya del día i. de marzo, a las cuatro v pico de la madrugada. ¿Quiere acompañarme el lector a repasar en síntesis retrospectiva los antecedentes de esta dozava? Ante todo, recordemos los proyectos sucesivamente sugeridos o presentados. Primero. E l de los ministros Germain Martín y Palmade, en el Gobierno Herriot. Segundo. E l plan de los expertos, que designó M d i e r o n Tercero. E l proyecto de M Chéron, en el Gabinete P a ú l Boncour. Cuarto. E l proyecto autóctono redactado por la Comisión de Hacienda de la C á mara de Diputados, bajo los auspicios del famoso contraproyecto de Vicente A u r i o l y otros socialistas. Quinto. E l proyecto de los ministros Lamoureux y Georges Bonnet, en el G a binete Daladier. Y a es bastante, ¿v e r d a d? Este último proyecto es el que, en definitiva, p r o s p e r ó ¡pero a través de infinitas transformaciones! H e aquí, en efecto, sus distintas fases: Primero. E l dictamen de la Comisión de la Cámara. Segundo. E l texto aprobado por la Cámara. Tercero. E l dictamen de la Comisión de Hacienda del Senado. Cuarto. E l texto aprobado por el Senado. Quinto. Nuevo texto de l a Cámara.
 // Cambio Nodo4-Sevilla